Katmandú (AsiaNews) - "Ser médica para todos, al servicio de los más pobres en las aldeas más remotas". La hermana Lenita D'Souza, de 57 años, originaria de Mangalore, cuenta que este era su mayor deseo desde su noviciado. Ahora lo está cumpliendo en las carreteras de Nepal que quedaron cubiertas el 26 de agosto por los aluviones provocados por el desbordamiento del río Bhotekoshi.
Religiosa de las Hermanas de la Caridad, más conocidas como Hermanas de la Virgen Niña, la hermana Lenita es también médica ginecóloga y desde 2024 ejerce su profesión en las montañas de Nepal desplazándose en las cuatro ruedas de su clínica móvil, un vehículo equipado con el que llega hasta aldeas remotas que no cuentan con atención médica. Durante las inundaciones no esperó a que terminaran las lluvias para partir con su equipo de tres enfermeras, el conductor y un funcionario de salud pública del gobierno. El 3 de septiembre ya había logrado llegar a comunidades que seguían aisladas en la zona más afectada de Rasuwa, en el norte del país —un área a la que hasta entonces solo habían llegado los helicópteros del ejército—, tras recorrer durante dieciséis horas caminos cubiertos de barro y escombros mientras todos los demás vehículos volvían atrás.
"No partí con grandes cantidades de ayuda —cuenta la hermana Lenita—, pero gracias a uno de nuestros donantes compré suministros médicos básicos y material para la atención esencial, además de algunos alimentos y artículos de primera necesidad. En el camino vimos el río desbordado y encontramos a personas afectadas por las inundaciones. Hablamos con ellas y les pedimos que contaran su experiencia. Escuchar sus historias fue desgarrador y, como médica, he presenciado cosas muy dolorosas —continúa la religiosa de las Hermanas de la Virgen Niña—. Vi que transportaban personas en camillas, con fracturas, y muchas sufrían complicaciones secundarias: fiebre, infecciones respiratorias debido al frío en los refugios e hipertensión causada por el estrés y el trauma. Los helicópteros y el ejército nepalí realizaron un trabajo excelente en las operaciones de rescate. Al comprobar que en algunas zonas la ayuda ya había llegado por pedido del gobierno local de Rasuwa, seguimos avanzando durante varias horas más por una carretera muy accidentada hasta la localidad de Uttargaya, que solo había recibido una ayuda mínima. Allí, las casas estaban sepultadas bajo un metro y medio de barro y los caminos y puentes estaban dañados. Esas familias habían perdido todo: sus casas, las cosechas de los campos, la esperanza".
Los niños, los más vulnerables
Un mes después del fenómeno climático extremo que golpeó al país, el balance de la hermana Lenita es positivo en cuanto a la ayuda que ha llegado a la población: "Me alegra poder decir que el mundo entero ha estado junto a Nepal y le ha ofrecido una gran ayuda. Al ver más de cien vehículos recorrer las carreteras cargados de ayuda, alimentos y artículos de primera necesidad, tuve la sensación de que se estaba haciendo lo suficiente. Percibí que la humanidad todavía existe como una gran comunidad". "En la mayoría de las localidades se han restablecido los servicios esenciales —continúa la religiosa—. Sin embargo, para una recuperación completa persisten necesidades urgentes. En primer lugar, carreteras transitables —no solo las vías principales, sino también las internas—, agua potable segura y viviendas".
Los niños son los más vulnerables: "Informamos sobre los pequeños que habían quedado solos, sin sus padres, para que fueran trasladados a un albergue en la ciudad, donde pudieran estar protegidos y recibir ayuda para encontrar a sus familias. Pero las escuelas están dañadas y los libros quedaron destruidos. ¿Cómo pueden estudiar si están viviendo en los edificios escolares o en tiendas de campaña? Si no hacemos que vuelvan pronto a la escuela, aunque sea en estructuras temporales, perderemos a toda una generación. Tenemos que reconstruir no solo las casas, sino también las vidas. Si hoy les ofrecemos una escuela segura, mañana serán ellos quienes reconstruyan Nepal".
La misión de las Hermanas de la Virgen Niña
El instituto de las Hermanas de la Virgen Niña, fundado en Lovere, Italia, en 1832, está presente en Nepal con 20 religiosas de diversas nacionalidades distribuidas en seis comunidades, que trabajan en Katmandú (Katmandú, Baniyatar), Palpa (Tansen, Gorbandha) y Chitwan (Khairahani), Banke (Kohalpur). Las comunidades dependen de la provincia religiosa de Nueva Delhi del instituto y desarrollan su actividad civil a través de Nepal Karuna Seva Samaj, una sociedad fundada en 2000 bajo la supervisión del prefecto apostólico, con fines educativos, de salud y de promoción social. La misión en Nepal nació como respuesta al llamado de la Iglesia con ocasión del Gran Jubileo del año 2000, en un país con pobreza extrema y una presencia cristiana muy limitada.
En Nepal, las religiosas prestan servicios en los ámbitos educativo, de la salud, social y pastoral, aunque los cristianos representan el 1,76% de la población. En Palpa, el centro más importante de la congregación, hay una escuela con más de mil alumnos, un dispensario, una clínica móvil, centros para la infancia, estructuras de acogida para niños y espacios dedicados al empoderamiento de las mujeres. En Katmandú, las religiosas trabajan en colaboración con la Iglesia católica local y con Cáritas Nepal, ofreciendo alojamiento, formación profesional, servicios de salud y acompañamiento pastoral. En Chitwan funciona un centro educativo y de formación profesional, con un albergue anexo para las jóvenes procedentes de las aldeas.
La idea de las clínicas móviles nació hace 35 años por iniciativa del sacerdote jesuita Eugene Watrin, fallecido en 2004 después de haber vivido 50 años en Nepal. Actualmente hay cinco vehículos equipados, dos de ellos a cargo de las Hermanas de la Caridad a través de la sociedad Nepal Karuna Seva Samaj, en colaboración con la Nepal Jesuit Society y Cáritas Nepal.
"Muchas comunidades de montaña no disponen de centros de atención de la salud ni de instalaciones médicas y, en algunos lugares, ni siquiera tienen una carretera", explica la hermana Lenita. "Gracias a la clínica móvil podemos llevar medicamentos, material para curaciones y fármacos de emergencia; realizamos controles y derivamos los casos graves a los hospitales. También desarrollamos programas de educación para la salud en las escuelas, nos centramos en la salud de las mujeres y los niños, promovemos la concientización sobre la salud entre los habitantes y brindamos atención domiciliaria a los pacientes postrados".
En emergencias como la actual —aunque Nepal también sufre con frecuencia terremotos—, esta forma ágil de intervención resulta especialmente útil. "Durante las inundaciones, los centros de salud locales resultan dañados o arrasados. Una clínica móvil puede llegar a lugares inaccesibles para otros, incluso hasta la última persona que quizás se ha refugiado en lo alto de una colina".
"La compasión cura el corazón"
La misión de la hermana Lenita no incluye la predicación, pero todo su trabajo se desarrolla a la luz de su doble identidad de médica y religiosa. "Durante nuestras misiones, más que brindar atención médica, escuchamos las historias de las personas y las acompañamos en los momentos difíciles. A veces, el simple hecho de escuchar es ya una forma de curar. Ofrecemos tratamientos completamente gratuitos, con amor y presencia. Como médica, creo que la medicina cura el cuerpo, pero la compasión cura el corazón".
"Durante las inundaciones pude seguir avanzando por caminos que parecían imposibles porque me sentía sostenida por mi comunidad y por mi instituto, que rezaban por mí", cuenta la hermana Lenita. "Cuando llegué, una anciana de Uttargaya me tomó de la mano y me dijo: 'El agua se llevó todo. Mis campos están inundados. Pero usted vino a visitarnos, arriesgando su vida'. En ese momento comprendí que mi difícil viaje realmente había valido la pena.
Otra familia me dijo: 'Estuvimos nueve días sin luz. Una hora después de que ustedes llegaran, volvió la luz. Nos trajeron una bendición'. Al regresar, supe que media hora después de nuestra partida, la electricidad había vuelto a cortarse. Y nunca olvidaré a los niños del refugio habilitado en la escuela: habían perdido sus libros y uniformes y, sin embargo, seguían sonriendo y preguntando: 'Hermana, ¿cuándo volverá a abrir la escuela?'. En sus ojos, a pesar de haberlo perdido todo, todavía brillaba la esperanza de poder estudiar. Es precisamente esa esperanza la que nos da la fuerza para seguir adelante".


















