El pasado y el futuro del Donbass
Más allá de las efectivas reconquistas militares y la destrucción de los centros habitados, ¿hasta qué punto la población de las llamadas "repúblicas independientes" quiere volver a unirse a Rusia?

Cada sábado, el análisis de Stefano Caprio sobre lo que se mueve en Moscú, con especial atención a las repercusiones que la larga y sangrienta guerra en Ucrania está teniendo en la sociedad, la cultura y la religiosidad rusa

Más allá de las efectivas reconquistas militares y la destrucción de los centros habitados, ¿hasta qué punto la población de las llamadas "repúblicas independientes" quiere volver a unirse a Rusia?
El ruscismo es el nuevo ideal de conquista del mundo posglobal en el cual, en vez de la homologación de todos los pueblos, cada uno trata de ganar una guerra total. Vuelve a imponer la actualidad de las armas que parecía haber quedado superada hace casi un siglo. Como a fines de la Belle Époque decimonónica, cuando la invención de la iluminación eléctrica, la radio y el automóvil parecían haber sacado definitivamente a la humanidad de las cavernas.
Los miembros de la intelligentsia del siglo XIX lo acuñaron con el llamamiento a "ir al pueblo" tras la abolición de la servidumbre. Pero hoy en día, la dictadura del "hombre simple" está destruyendo a Rusia mucho más que a la atormentada Ucrania, e incluso más que el ateísmo militante soviético en setenta años.
En la espiritualidad rusa hay una categoría especial de santos, los strastoterptsy, "los que sufrieron la pasión", generalmente perseguidos por motivos políticos, que supieron vivir la prueba dando testimonio de una fe profunda. Tal como los sacerdotes ortodoxos que hoy están dispuestos a pagar un precio por pedir que termine la agresión a Ucrania: "No he muerto ni me fui volando a Marte, no abandono el sacerdocio, pero no puedo rezar por la guerra".
En una de las novelas de Dostoievski de 1864, un funcionario imperial de baja estatura está sentado en el sótano de su casa, ofendido con el mundo entero y deseoso de venganza. En "La Guerra y la Paz" de Tolstoi -frente a la letanía bélica del sacerdote- Natacha rezaba a Dios “para que perdone a todos y a ella con ellos". Dos caras que nos hablan del inestimable valor de la cultura rusa -hoy, víctima de la difusión de la propaganda y la ideología- para entender realmente lo que está pasando en esta guerra.
En la mezcla de desconfianza y hostilidad que mantuvo congeladas durante mucho tiempo las relaciones entre católicos y ortodoxos en Rusia, la acusación de proselitismo se fue "neutralizando" progresivamente. Sin embargo, se mantuvo otra acusación, mucho más incisiva e históricamente fundamentada en sus diversas interpretaciones: la del uniatismo en Ucrania. La historia de una Iglesia que desde 1596 es reacia a rendir pleitesía a la "tercera Roma" moscovita.
Las reinterpretaciones de la historia y los reclamos a la conciencia popular ya no pueden justificar un sistema contra otro, un país contra otro, una ideología contra otra. Cualquiera que sea el resultado de la guerra, será un mundo diferente para todos, no solo para Rusia y Ucrania.
La grotesca y trágica Rusia descrita en 2006 por Vladimir Sorokin en su novela "El día del gendarme" presenta el alma atormentada de un país que siempre es su primer enemigo, y que por tanto necesita sentirse en guerra con todos los demás. Casi parece que los líderes políticos y religiosos de la Rusia actual se sienten en el deber de confirmar con hechos las pesadillas de la literatura.
Desde los "viejos creyentes" hasta el samizdat, la disidencia siempre ha sido una característica de la sociedad rusa. Y a pesar de toda la fuerza de la censura y la represión impuesta por Putin en los últimos años, está emergiendo de nuevo “de abajo de las piedras”, según la célebre expresión de Solzhenitsyn.
Lo que vaya a quedar del régimen de Putin después de esta guerra no tiene mayor importancia: ha logrado su objetivo, que no era la conquista de Kiev, sino la desintegración del orden mundial llamado "globalización", que tanto odia. Pero Ucrania también marca un punto de no retorno para la Ortodoxia, que ahora será puesta a prueba por la imposición militar del dogma putiniano.
El conflicto entre Moscú y Kiev vuelve a empezar de cero cada siglo en una "guerra de familia", como la describió en la extraordinaria novela "Tarás Bulba" el joven Nikolai Gogol, proveniente de la llanura ucraniana y cobijado por el ala protectora de los grandes poetas imperiales de San Petersburgo. El sueño de los cristianos y de todos los hombres de buena voluntad es que el abrazo pacificador entre el Papa Francisco y el Patriarca Kirill hoy pueda evitarla.
Parece ser imparable la hemorragia de sacerdotes "alejandrinos" que deciden pasarse al Patriarcado ruso. Hoy, la verdadera "guerra canónica" en el seno de la Ortodoxia se juega en África. Allí, Moscú tiene todo tipo de intereses en simultáneo: tanto espirituales como materiales, pastorales y políticos, litúrgicos y militares.
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