Milán (AsiaNews) - El 30 de septiembre de 2026 es una fecha que en Bagdad siguen con atención. Es el día que marca la conclusión formal de la misión militar de la coalición internacional liderada por Estados Unidos contra el ISIS y la finalización de la retirada de las fuerzas extranjeras de Irak. Al día siguiente, al menos según las declaraciones del Gobierno de Bagdad, el país debería estar por fin libre de la presencia militar extranjera.
Es el final de una etapa que comenzó en 2003, con la invasión estadounidense que derrocó a Sadam Husein. Una etapa que parecía haber concluido en 2011, cuando las últimas tropas estadounidenses abandonaron Irak, y que, en cambio, se reanudó tres años después, con el avance del ISIS y la conquista de Mosul y de amplias zonas del país. Hoy en día, el autodenominado Estado Islámico ya no controla ningún territorio, y la lucha contra el yihadismo recae principalmente en manos de las fuerzas iraquíes.
Las armas bajo el control del Estado
Pero el 30 de septiembre llega en un momento que dista mucho de ser tranquilo. Porque, mientras los estadounidenses se preparan para la retirada militar, el Gobierno de Bagdad intenta hacer lo que ninguno de los gobiernos anteriores ha logrado realmente: volver a poner bajo la autoridad del Estado todas las armas presentes en el país.
El primer ministro Ali al-Zaidi había señalado precisamente este camino: las formaciones armadas que operan al margen de la cadena de mando estatal deberían integrarse en las estructuras oficiales, mediante una reorganización de las Fuerzas de Movilización Popular (PMF), creadas en 2014 para combatir al ISIS y que posteriormente se convirtieron en un componente estable del aparato de seguridad iraquí.
Sin embargo, el plazo corre el riesgo de quedarse en papel mojado. Algunas formaciones combatientes han aceptado la vía marcada por Bagdad. Otras, sobre todo las más cercanas a Irán —desde Kata'ib Hezbolá hasta Harakat al-Nujaba y Kata'ib Sayyid al-Shuhada— han dado largas al asunto o han rechazado el desarme. Para ellas, la cuestión no es solo iraquí. Mientras continúe el enfrentamiento entre EE. UU., Israel y Teherán, sostienen, la presencia armada sigue siendo una forma de defensa de la soberanía nacional.
Ahí radica precisamente la paradoja iraquí. La retirada estadounidense debería reforzar la soberanía de Bagdad, pero, por el contrario, también podría dificultar la tarea del Gobierno de imponer su autoridad sobre las milicias. Hasta ahora, la presencia de las fuerzas estadounidenses ha servido en muchos casos como elemento disuasorio. ¿Pero y ahora? El problema, por tanto, no es solo cuántos soldados estadounidenses permanecerán después del 30 de septiembre, si es que permanecen. Se trata de comprender qué equilibrio se formará tras su retirada.
Nuevo orden regional
Un análisis reciente del Carnegie Middle East Center invita a interpretar lo que está ocurriendo en el contexto más amplio de una transformación del orden regional. Las guerras de Israel en Gaza y contra Irán, las dificultades de Estados Unidos para garantizar una seguridad estable a sus aliados y la búsqueda de nuevos acuerdos por parte de las potencias regionales están poniendo en tela de juicio lo que durante décadas ha sido el papel de Estados Unidos en Oriente Medio. No es casualidad que, en los últimos dos años, Bagdad haya firmado acuerdos de seguridad con Turquía, Irán y Arabia Saudí, construyendo una red de cooperación que abarca desde el entrenamiento hasta la seguridad fronteriza, pasando por la inteligencia y la lucha contra el terrorismo. El problema es que ninguno de estos acuerdos equivale a lo que garantizaba la presencia estadounidense, especialmente en el ámbito de la defensa aérea, las capacidades tecnológicas y la inteligencia. En definitiva, se trata de la lenta pero constante erosión de la llamada Pax Americana.
El fenómeno se observa también más allá de Irak. En el Líbano, Hezbolá se ha visto debilitado, pero sigue siendo un actor político y militar decisivo. En Yemen, los hutíes siguen controlando una parte importante del país y representan una amenaza para las rutas del Mar Rojo y para la seguridad del Golfo. Siria sigue marcada por frágiles equilibrios internos e intereses extranjeros. E Irán, a pesar de haber sufrido duros golpes, sigue considerando la red de sus aliados regionales como un componente de su propia seguridad.
La importancia central de Irak
En este contexto, Irak es hoy más importante que nunca, porque se encuentra exactamente en el punto donde confluyen las distintas líneas de fractura: Irán y Estados Unidos, el mundo árabe y las potencias regionales, el Gobierno central y las milicias, la soberanía nacional y la influencia externa.
La pregunta es, pues, si Bagdad logrará aprovechar la retirada estadounidense para consolidar el Estado o si el vacío militar será llenado por otros. Porque un vacío, en Oriente Medio, rara vez permanece como tal durante mucho tiempo.
Hay que tener en cuenta una última cuestión. El 3 de noviembre se celebran en Estados Unidos las elecciones de mitad de mandato, para renovar la Cámara de Representantes y una parte del Senado. La retirada de Irak no puede atribuirse automáticamente a las necesidades electorales, pero la política interna estadounidense influye inevitablemente en las decisiones de política exterior, sobre todo tras la apertura de un nuevo frente con Irán. La promesa de Donald Trump de reducir las «guerras interminables» se pone ahora más que nunca a prueba en una región que sigue exigiendo presencia, disuasión y protección.
El 30 de septiembre, por lo tanto, no marca en absoluto el fin de la presencia estadounidense en Oriente Medio. Más bien marcará el fin de una forma de actuar. Las fuerzas estadounidenses abandonan Irak tras más de veinte años de guerras e intervenciones, pero Washington cuenta con mantener la situación bajo control, sobre todo a través de la palanca económica: energía, comercio, inversiones e infraestructuras. ¿Será suficiente para evitar que el país vuelva a verse contagiado por el sectarismo regional y caiga de nuevo en una espiral de violencia?
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