Milán (AsiaNews) – Un primer ministro saliente que (con razón) celebra su victoria, a pesar de haber perdido 10 escaños de los 64 que tenía y de haber quedado sin mayoría en la Knéset. Mientras tanto, sus adversarios, que anoche cantaban victoria apenas se empezaron a conocer los resultados, todavía no saben cómo reaccionar ante el (previsto) éxito de las listas árabes. Siempre es difícil decir quién ganó realmente en las elecciones israelíes. Mucho más en este caso tan particular, con todas las consecuencias que suponen las heridas del 7 de octubre de 2023, la guerra en Gaza, el enfrentamiento entre laicos y religiosos y la violencia de los colonos en Cisjordania. En un panorama político complejo, lo que resulta claro es más bien quién sale derrotado: no tanto un líder o un partido en particular, sino una idea, lo que se ha llamado "alternativa sionista" a Netanyahu.
El fracaso de la "alternativa sionista"
El exgeneral Gadi Eisenkot y los otros tres partidos aliados del frente anti-Netanyahu —Juntos, de Naftali Bennett y Yair Lapid; los Demócratas, de Yair Golan; e Israel Beitenu, de Avigdor Lieberman— apelaron exclusivamente al electorado judío israelí para que les ayudara a derrotar a Netanyahu. En gran medida, además, descartaron abiertamente cualquier alianza con las fuerzas políticas que representan a los palestinos con ciudadanía israelí, descendientes de aquel segmento de la población árabe que en 1948 optó por permanecer en Israel, confiando en las garantías sobre el derecho a la ciudadanía consagradas en la Declaración de Independencia proclamada por Ben Gurion. Las urnas demostraron que hoy no existe una alternativa de este tipo al bloque de la derecha nacionalista israelí. Sin embargo, este bloque no es mayoritario en el país: Netanyahu, los partidos religiosos, Smotrich y Ben Gvir obtienen en conjunto alrededor del 40 % de los votos.
Por lo tanto, actualmente hay un 60 % del electorado que quiere un cambio en Israel. Pero, para convertirse en una fuerza gobernante, necesita romper un tabú: el de quienes siguen considerando a la minoría árabe como un cuerpo extraño, pese a que no solo representa el 20% de la población israelí, sino que también es fundamental en muchos sectores de la vida del país. Basta con recorrer los hospitales israelíes y ver a sus médicos y enfermeros para comprobarlo. En definitiva, las elecciones de ayer dejaron un mensaje claro: no se puede ofrecer una alternativa a Netanyahu siguiendo sus reglas, alimentando los mismos temores e ignorando la pregunta fundamental sobre qué quiere ser realmente Israel hoy.
La señal de las dos listas árabes
Al acudir masivamente a las urnas ayer, los electores de las zonas de mayoría árabe y beduina enviaron una señal. Precisamente los abusos y las intimidaciones de la policía bajo las órdenes del ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, el más extremista de los ministros del gobierno de Netanyahu, los convencieron de dejar de lado el boicot a las instituciones israelíes. Apostaron por la democracia israelí y por la posibilidad real de un destino compartido. Al hacerlo, enviaron también un mensaje contundente a Palestina, donde Abu Mazen y las demás facciones palestinas —incluido Hamás— acordaron en estas mismas semanas aplazar hasta el próximo año unas elecciones que podrían haber desafiado a las antiguas estructuras de poder y haber dado un lugar a los líderes de una nueva generación. Tanto en Cisjordania como en Gaza, estos han sufrido en carne propia todos los fracasos de estos años, como la aventura sin retorno del 7 de octubre de 2023.
El éxito sin precedentes de la Lista Árabe Unida —tercera fuerza en el futuro Parlamento— y de Ra'am, que juntas se encaminan a obtener entre 18 y 19 de los 120 escaños de la Knéset, es la verdadera novedad que estas elecciones dejan a la política israelí. Son expresión de dos "listas árabes" que, en realidad, también incluyen en sus filas a representantes del mundo judío. De hecho, recibieron el voto de numerosos electores descontentos con el rumbo actual de los Demócratas, herederos del antiguo Partido Laborista de Rabin y Peres. El más conocido es Yoav Segalovitz, número dos de Ra'am y expolicía israelí, que comenzó a trabajar junto con los árabes para abordar el problema que más los afectaba en sus ciudades: la delincuencia común, que causa muertes pero no le interesa a Ben Gvir, porque no tiene nada que ver con su agenda política, orientada únicamente a generar nuevas tensiones con los árabes y extender los asentamientos en Cisjordania.
Los escenarios para el gobierno
¿Qué sucederá ahora en Israel? Netanyahu ha ganado de todos modos: con los 53 o 54 escaños que finalmente obtendrá su coalición en la Knéset, consiguió el máximo que podía imaginar. No cabe duda de que será el primero en recibir el encargo para formar un nuevo gobierno. Para ello, tratará de atraer a algunos de los diputados elegidos en el bloque de Eisenkot o, al menos, conseguir su apoyo externo. La posibilidad de un llamado "gobierno de unidad nacional" parece más difícil: la oposición ha visto lo que le ocurrió a Benny Gantz cuando aceptó participar en uno. Como volvió a demostrar ayer, Netanyahu es capaz de absorberlo todo y a todos. Y no tiene prisa. Mientras tanto, seguirá siendo primer ministro interino, con el riesgo concreto de que en pocos días, después de las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, reciba la luz verde de Trump para la nueva ronda de ataques contra Teherán que lleva tiempo reclamando.
Es fácil prever cómo se moverá Netanyahu, pero mucho menos claro es el camino que seguirán los diputados elegidos por ese 60% de los israelíes que pidió un cambio. Encontrarán un primer punto de acuerdo dentro de dos semanas, cuando se constituya la Knéset y elija a su presidente: muy probablemente acordarán una candidatura conjunta. También votarán juntos a favor de crear la comisión de investigación sobre el 7 de octubre de 2023, que el primer ministro saliente ha bloqueado sistemáticamente durante estos años. ¿Se detendrán ahí, resignándose a otro gobierno de Netanyahu o a nuevas elecciones dentro de seis meses? ¿O se atreverán a emprender un camino común más ambicioso, con el objetivo de formar un gobierno minoritario que incluya a Ra'am —como ya ocurrió con Bennett entre 2021 y 2022— y cuente con el apoyo externo de la Lista Árabe Unida? El juego político en Israel sigue abierto. Y no parece que vaya a resolverse pronto.



















