Líbano Sur. El ritmo lento y la provisoriedad como forma de vida

El ingreso de Arabia Saudita en la guerra tendría graves consecuencias para el País de los Cedros. En las zonas piloto, la retirada israelí y el traspaso del control al ejército libanés avanzan con lentitud y entre numerosos obstáculos. Incluso muchos chiítas están cansados de la guerra. En Nabatiye, toda una generación corre el riesgo de ser "sacrificada".

por Fady Noun

Beirut (AsiaNews) - Con el posible ingreso de Arabia Saudita en la guerra, atacada y bombardeada por el Yemen proiraní, y el bombardeo conjunto saudita-estadounidense contra Irak —presentado como una acción defensiva—, se perfila un cambio significativo en la situación de Oriente Medio. Para el Líbano, es una mala noticia, porque la inestabilidad regional podría volver a repercutir en un país cuya situación se había estabilizado relativamente tras la iniciativa de paz del presidente libanés, la firma de un acuerdo marco entre el Líbano e Israel bajo supervisión estadounidense y el encuentro entre Donald Trump y Joseph Aoun en Washington, el 21 de julio.

El acuerdo marco, que permitió estabilizar la situación y, entre otras cosas, poner fin a los ataques aéreos, especialmente sobre Beirut, dio inicio a un proceso que está demostrando ser un auténtico "trabajo de hormiga". Una próxima reunión técnica entre el Líbano e Israel, prevista en Roma del 4 al 6 de agosto, evaluará los primeros pasos del ejército libanés en la primera zona piloto que contempla el acuerdo, integrada por Zaoutar Oeste, Srifa y Froun (cerca de Nabatiye). En ella se abordarán tres puntos principales: la continua demolición de viviendas por parte de Israel; los registros de propiedades privadas solicitados por el Estado judío; y, por último, la ausencia de un mecanismo de supervisión sobre el terreno para el proceso conjunto de retirada israelí y desarme de Hezbolá.

Un ataque con drones contra una excavadora israelí, ocurrido el lunes, amenaza con volver a encender la mecha si no se establece de inmediato un contacto trilateral entre el Líbano, Israel y Estados Unidos.

El primer tema que se debatirá en Roma será el drástico aumento de las demoliciones en todas las localidades bajo control israelí. Según Mohannad Hage Ali, investigador del Carnegie Center for Observers, "Israel quiere destruir todas las casas, todas las escuelas, todos los hospitales, todo aquello que permite vivir a esta región, y aprovecha el alto el fuego para llevar adelante ese plan". A su juicio, el objetivo es que la reconstrucción de las localidades fronterizas requiera varias décadas, para alejar durante el mayor tiempo posible la amenaza de que sus habitantes regresen.

Al mismo tiempo, para evitar cualquier enfrentamiento entre el ejército y la población —"el riesgo existe, sin duda", según una fuente del Ministerio de Defensa—, las autoridades libanesas han decidido tener en cuenta que las casas particulares están protegidos por el principio constitucional de la inviolabilidad del domicilio (artículo 14 de la Constitución y disposiciones del reglamento del Ministerio del Interior). El fiscal general ante el Tribunal de Casación, Ahmad el-Hajj, declaró al diario L'Orient-Le Jour que todavía no había autorizado ningún registro.

"Estoy esperando la información que me proporcionará el ejército. Si se solicita un registro, será necesaria una autorización previa de la Fiscalía, que solo se concederá sobre la base de indicios sólidos de la presunta presencia de armas. La información deberá estar debidamente fundamentada", explicó el fiscal.

"En cada registro deberán estar presentes tanto el mukhtar (jefe de la aldea) como el propietario del inmueble", coincide el constitucionalista y exministro Adnane Sayyed Hussein. En la práctica, las autorizaciones se concederán caso por caso, y no mediante una orden general que abarque toda la zona, lo que ralentiza aún más el retorno a la normalidad en esta primera zona piloto.

Todo ello complica aún más la ya difícil misión de las tropas, que operan bajo la mirada escéptica de los israelíes y sin la presencia de una fuerza neutral de supervisión y observación prevista en el acuerdo marco. Estados Unidos se ha negado a asumir ese papel, ya que eso lo expondría a convertirse en un blanco fácil para Hezbolá, y todavía no se ha alcanzado un consenso sobre una eventual fuerza multinacional que reemplace a la FINUL y desempeñe esa función.

Disminuye el apoyo a la guerra

Originario del sur del Líbano, Adnane Sayyed Hussein se muestra, sin embargo, moderadamente optimista. "La inmensa mayoría de los habitantes del sur considera que el ejército es quien garantiza su protección y desea volver a una vida normal", afirma.

De hecho, el apoyo a la guerra dentro de la comunidad chiita está disminuyendo. Según una encuesta reciente realizada por Rabih Habré, de Lebanon Files, el 40 % de los chiitas libaneses apoya el plan del presidente Joseph Aoun para salir de la guerra, y su popularidad crece rápidamente, incluso dentro de esa comunidad. Desde el entorno presidencial se insiste en que "corresponde exclusivamente a la población civil decidir a quién ser leal y liberarse del papel perverso que desempeñan la propaganda y las armas".

En consonancia con esa línea, el presidente del Parlamento, Nabih Berri, considerado el "hermano mayor" del eje chiita Hezbolá-Amal, visitó el martes el palacio presidencial por primera vez en cuatro meses. No hizo declaraciones al salir, pero diversas fuentes consideran que se muestra "más abierto" a la opción representada por Joseph Aoun, temiendo —como muchos— que colapse el memorando de entendimiento entre Irán y Estados Unidos, firmado en Ginebra el 19 de junio de 2026. Además, la visita tuvo lugar en vísperas del viaje del jefe de Estado a Turquía, aliado de Estados Unidos y actor cada vez más activo en la región, especialmente en Siria.

En numerosos círculos políticos se repite, por otra parte, que "la guerra volverá y esta vez habrá un vencedor y un vencido". Al mismo tiempo, frente al bloqueo del estrecho de Ormuz y las amenazas de los hutíes de cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb, los países del Golfo y sus aliados están acelerando el desarrollo de infraestructuras terrestres para garantizar el transporte de petróleo hacia el mar Rojo, el mar de Omán y el Mediterráneo. Esta estrategia podría beneficiar, entre otras cosas, a la terminal petrolera de la IPC en Trípoli, actualmente fuera de servicio, cuya restauración se está considerando.

La provisoriedad que se prolonga

Mientras tanto, el impacto humano de la guerra no es menos grave que sus repercusiones militares y económicas. Muchos temen que sus efectos sean irreversibles. Según el Banco Mundial, el primer conflicto de 2023-2024 tuvo un costo económico estimado en 14.000 millones de dólares, de los cuales 7.000 millones corresponden a pérdidas directas, y unos 166.000 puestos de trabajo se vieron afectados o desaparecieron. ¿Qué ocurrirá con las pérdidas actuales, que aún se están evaluando?

Uno de los mayores peligros que amenazan al sur del Líbano es que los jóvenes universitarios y profesionales recién graduados están abandonando la región. "La reubicación temporal de las familias fuera de la zona de guerra se está convirtiendo poco a poco en definitiva, a medida que el conflicto se prolonga", explicó a AsiaNews Katia Kahil, docente en Marjeyoun y corresponsal local del sitio Ici-Liban.

"Quizás la palabra 'sacrificada' sea demasiado fuerte", señala la periodista, "pero ¿cómo definir, si no, a una generación privada de sus años de aprendizaje, experimentación y desarrollo personal? La provisoriedad que se le impone se refleja en los proyectos abandonados, las partidas que terminan siendo definitivas, los estudios interrumpidos y las decisiones aplazadas una y otra vez. Existe el riesgo de una fuga de cerebros motivada no por la ambición, sino por la falta de alternativas".

En el plano estrictamente escolar, los daños son relativamente limitados y todavía es posible compensarlos. Mientras el Colegio Evangélico, con 1.200 alumnos, está a punto de cerrar sus puertas, las Hermanas Antoninas de Nabatiyeh han decidido continuar su misión y reconstruir, en la medida de lo posible, las alas de su gran instituto dañadas por los bombardeos.

"Pero la guerra, que destruyó viviendas, interrumpió los estudios y redujo las oportunidades de empleo —afirma Katia Kahil—, ha golpeado algo mucho más difícil de reconstruir. Está enseñando a una generación a no volver a empezar. En una etapa de la vida en la que se eligen los estudios, se consigue el primer empleo, se forma un hogar y se proyecta el futuro, miles de jóvenes están aprendiendo, sobre todo, a esperar: que terminen los combates, la reapertura de una carretera, un trabajo, el regreso a casa o la reanudación del año académico".

"Algunos aceptan empleos muy por debajo de su cualificación; otros encadenan trabajos temporales o dependen económicamente de sus padres. Para muchos, emigrar ha dejado de ser una opción entre otras para convertirse en la única perspectiva", añade la periodista. En los distritos de Nabatiye y Marjeyoun, los comercios cerrados también dan testimonio de proyectos truncados, bodas aplazadas, compras de viviendas suspendidas e inversiones paralizadas.

"Habíamos planeado nuestra boda para el otoño", cuenta una pareja de novios a la periodista. "Después estalló la guerra. Hoy seguimos esperando. Observamos con amargura lo que está ocurriendo en Gaza y Cisjordania. Ni siquiera sabemos dónde viviremos dentro de unos meses. La provisoriedad ya no es una etapa de transición. Se está convirtiendo en una forma de vida".


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