Roma (AsiaNews) - Paso a paso, caminando entre la gente por las rutas de los antiguos peregrinos en el corazón de Oriente. Retomando cada verano desde el punto en el que se quedó el año anterior. Es la experiencia que lleva viviendo desde hace ya doce años el P. Hyacinthe Destivelle, dominico francés, director del Instituto de Estudios Ecuménicos (Œcumenicum) de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino (Angelicum) en Roma y oficial del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. El P. Destivelle llegó a Roma desde San Petersburgo en 2013. «Entre otras muchas cosas, cuando fui nombrado, me pregunté adónde iría para mi retiro anual». La inspiración para la respuesta le llegó a través de una palabra de Jesús: «Yo soy el camino», iluminada por la tradición dominicana de peregrinar, inaugurada por el propio santo Domingo.
Así, en 2014, el P. Destivelle comenzó la experiencia del camino con la Vía Francígena. La idea es recorrer cada año, durante las vacaciones de verano, un tramo del camino, estrictamente a pie (a menos que sea imposible, como en el caso del trayecto marítimo), y retomar al año siguiente desde el mismo punto para continuar.
«Lo importante no es el destino, sino el camino en sí», cuenta, y esto se nota especialmente en su experiencia. Al principio, de 2014 a 2016, el destino era Roma. Pero, como suele ocurrir, una vez allí, el gusto por el camino se apoderó del peregrino francés. Así, en 2017, la idea pasó a ser continuar con la Francigena del Sur. «La ruta del norte hacia Roma está bien organizada en cuanto a la acogida; al dirigirme hacia el sur fue un poco más difícil porque no hay lugares preparados para ello. Pero, como sacerdote en Italia, pedir acogida en monasterios o parroquias es sencillo, incluso sin avisar con antelación».
Tras las huellas de San Pablo
Al llegar a Ostuni, el padre Destivelle es recibido por la comunidad monástica de Bose y, en un encuentro con Sabino Chialà, actual prior de la comunidad, descubre la existencia de la Vía Egnazia, de época romana, que atravesaba Apulia para unir Roma con la entonces Bizancio. Y ahí surgió la idea de un nuevo destino y de continuar el camino.
Desde 2019, pues, ha atravesado Albania, Macedonia y Grecia: el itinerario de San Pablo —que se ha convertido en su compañero de viaje— y de las comunidades que él fundó y a las que visitaba. «Durante el recorrido era el único peregrino y la gente con la que me encontraba no entendía exactamente qué estaba haciendo. A veces me preguntaba si no sería imprudente, sobre todo en algunos tramos del camino expuestos en las montañas o cuando me encontraba con perros callejeros», continúa el P. Destivelle. También cuenta que no se preparó especialmente para el camino: durante el año no se entrena físicamente para esta experiencia, por lo que, concluye, «cada día, cada año es un regalo, porque no sé si seré capaz de recorrer la distancia que me propongo y la edad avanza».
Al llegar a Estambul en 2022, el padre Destivelle solicitó una audiencia con el patriarca Bartolomé, a quien ya había visto en varias ocasiones por su labor en el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos. «Para mí, Estambul era el final de mi recorrido. Pero el patriarca me dijo: “¿Por qué no ir hasta Jerusalén?”». Esa pregunta, junto con la riqueza del camino, hizo que el recorrido continuara con un nuevo destino. Este año, pues, cuando nos encontramos con el padre Destivelle tras su recorrido de verano, lo encontramos de vuelta de Antakia, la antigua Antioquía, en la frontera con Siria.
Le preguntamos cómo se ha organizado para el alojamiento durante el camino. «Si hay lugares cristianos —responde el dominico francés—, les pido hospitalidad y, a veces, descubro esos lugares y a esas personas sobre la marcha, como ocurrió con los frailes capuchinos indios en Antakia, o con un fraile marista en Tarso. Sin embargo, normalmente voy al bar del pueblo al que llego, donde se reúnen los hombres para tomar té y jugar, y allí pregunto si hay posibilidad de quedarme una noche y siempre se encuentra a alguien: es la experiencia de una providencia total. A menudo quieren ofrecerme un chai [el té local, nota del editor] y algo de comer».
La recepción en las mezquitas
Al continuar el camino por Turquía, la presencia cristiana es notablemente menor y, a menudo, el padre Destivelle ha pedido hospitalidad en las mezquitas. «Uno de los imanes, al acogerme para pasar la noche en la mezquita, me mostró el versículo del Corán en el que se dice que hay que acoger al peregrino. Y me recibieron muy bien». En la mezquita, para no molestar durante la oración, el padre Destivelle se situó al fondo de la sala y se orientó con respeto hacia La Meca, como todos los demás. «Recé el oficio de las lecturas —continúa—. Fue una experiencia que me hizo sentir una cierta comunión, diría que cercanía espiritual, con los musulmanes que acudían a la mezquita para rezar».
La cantidad de kilómetros recorridos varía según la etapa que el P. Destivelle organiza cada año; cada día es una sorpresa que se vive con un espíritu abierto a lo imprevisto. «En el camino —comenta— veo la esencia de mi vida: caminar humildemente con Dios. Lo importante no es el destino, sino el camino en sí mismo, las personas con las que te cruzas, los pensamientos que te inspira. Por la mañana rezo por la salida, por la llegada, por las personas con las que me encontraré, y le pido a Dios que mantenga mi corazón abierto a cualquier cosa que suceda a lo largo del camino».
Son muchos los rostros y las historias del camino y, a veces, dejan una huella indeleble en la sencillez de un breve intercambio. «Hace dos años, un hombre musulmán con su puesto de frutas y verduras en el camino quería a toda costa hablar conmigo y ofrecerme sus frutos. Me dijo una frase que se me ha quedado grabada en la memoria: “Si todo viene de Dios, lo único que importa es compartir”».
Otro encuentro tuvo lugar de camino a Konya, cuna del místico Rumi. «A menudo, la gente, al verme caminar solo con una mochila, se detiene para preguntarme si necesito que me lleven, y yo les doy las gracias y les explico que el sentido de mi viaje es precisamente caminar. Pero, una vez, un señor llegó incluso a dar la vuelta para venir a buscarme. Cuando se lo expliqué, me dio su número de teléfono y me dijo que le avisara por la noche al llegar, porque quería invitarme a cenar, y así fue».
El camino es una experiencia de providencia y de don gratuito, acompañada de un intenso esfuerzo físico. «Durante las diez horas diarias de caminata, rezo sin duda por quienes me han pedido una oración y por mi conversión, pero desde el principio mi principal intención de oración es la unidad de los cristianos», misión para la que el P. Destivelle fue llamado al dicasterio vaticano. «Y en estos lugares en particular me siento en comunión con estas Iglesias. Por ejemplo, cuando camino por Cilicia, que fue el reino de los armenios».
«El islam —comenta además— está realmente presente en todas partes en Turquía. Cada pequeño pueblo tiene su mezquita y no hay ningún restaurante que no cuente con un lugar para rezar. Existe cierta desilusión con respecto a Occidente, pero, en cuanto las personas perciben una búsqueda espiritual, enseguida se establece un terreno común» . El P. Destivelle concluye relatando su reciente encuentro con el metropolitano sirio-ortodoxo de Estambul. «La única iglesia nueva construida en Turquía desde el nacimiento de la República fue, en 2023, la iglesia sirio-ortodoxa de Mor Efrem. Quizá haya un poco de esperanza de que los cristianos regresen».
El año que viene, si Dios quiere, el camino podría llevar al P. Destivelle hasta Jerusalén. Un destino, sin duda, pero —en el fondo, a estas alturas— un punto en un camino mucho más largo.


















