Nueva York (AsiaNews) - Por primera vez desde que la comunidad internacional se fijó el objetivo de erradicar el hambre para 2030, hace diez años, Asia ha quedado por detrás de África en número absoluto de personas que padecen hambre. No se trata de una crisis repentina en el continente africano —que, por el contrario, empieza a mostrar tímidos signos de recuperación tras una década de empeoramiento—, sino más bien de un reflejo de la tendencia en Asia, que sigue mejorando, casi sin interrupción, desde que la pandemia de 2020 provocó un aumento drástico de las cifras. Así lo confirma la última edición del informe más autorizado en la materia, The State of Food Security and Nutrition in the World (SOFI, El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo) elaborado por las agencias de las Naciones Unidas que se ocupan de alimentación y salud: FAO, FIDA (Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola), UNICEF, Programa Mundial de Alimentos y Organización Mundial de la Salud (OMS).
Los datos de Asia
En 2010, casi dos de cada tres personas desnutridas del mundo vivían en Asia. Hoy la proporción prácticamente se ha invertido: el 45 % de las personas que padecen hambre se encuentra en Asia y el 48 % en África. En términos absolutos, el continente asiático ha reducido la cifra de 396 millones a 292 millones en quince años, mientras que África ha pasado de 171 millones a 309 millones. América Latina y el Caribe también siguen esta tendencia positiva: el porcentaje de personas que padecen hambre ha bajado al 4,8%, por debajo de los niveles previos a la pandemia. Oceanía constituye un caso aparte, estancada en el 8,0% sin ninguna señal de mejora.
Dentro de Asia, sin embargo, no todas las regiones avanzan a la misma velocidad. El motor de la mejora es el sudeste asiático, donde la prevalencia del hambre cayó del 5,6 % en 2021 al 5,1 %, y sobre todo el sur de Asia, que en cuatro años ha pasado del 13,9% al 9,3%, aunque sigue siendo el epicentro del problema en Asia, con casi 195 millones de personas que padecen hambre. Sin embargo, hay una excepción que pesa más que las otras: Asia occidental —que comprende los países del Cáucaso y de Oriente Medio—, donde el hambre está aumentando en vez de disminuir, y ha pasado del 9,3% de 2015 al 13% actual, el porcentaje más elevado de toda Asia.
El impacto de la guerra en Oriente Medio
Las causas están estrechamente relacionadas con el conflicto en Oriente Medio. Los investigadores de la FAO han elaborado tres escenarios para evaluar cuáles podrían ser las consecuencias sobre los niveles de hambre en el mundo en los próximos años. Si los mercados energéticos volvieran rápidamente a la normalidad, el número de personas desnutridas en el mundo se reduciría a entre 503 y 511 millones. Pero si la crisis se prolonga, con precios altos de petróleo, gas y fertilizantes —como consecuencia de los daños en las infraestructuras de los países exportadores del Golfo Pérsico—, esa cifra podría aumentar a 522 millones para 2030, una diferencia de entre 11 y 19 millones de personas.
Asia es la región que pagaría el precio más alto. En un escenario de crisis prolongada, el continente tendría aproximadamente 10 millones más de personas que padecerían hambre para 2030. A modo de comparación, para África, el mismo escenario supondría un incremento de 8 millones. La razón es sencilla: Asia en su conjunto es un importador neto de combustibles fósiles, mientras que América Latina, exportadora de recursos, saldría incluso beneficiada.
Oriente Medio, por tanto, ofrece un anticipo de lo que podría suceder en el resto de Asia si la crisis en el estrecho de Ormuz (o de Bab el-Mandeb) se prolongara. Al mismo tiempo, el informe recuerda que la Franja de Gaza sigue representando, junto con Yemen y Afganistán, la situación más grave de crisis alimentaria aguda del mundo.
Un continente a distintas velocidades
Los datos sobre el acceso a los alimentos también muestran una mejora desigual. En 2025, el 20,3% de la población asiática padeció inseguridad alimentaria moderada o grave, frente al 22,1% en 2024: casi 77 millones de personas menos en apenas doce meses. Un progreso importante, aunque el problema sigue afectando a una quinta parte de la población del continente más poblado del mundo.
Pero mientras el hambre disminuye, alimentarse de forma saludable, por otro lado, resulta cada vez más caro. El precio medio de una dieta sana en Asia aumentó a 4,33 dólares diarios (ajustados por paridad de poder adquisitivo) por persona en 2025, frente a los 3,00 dólares de 2017, con picos máximos de 5,19 dólares en el sudeste asiático. La buena noticia es que, a pesar del aumento de los precios, cada vez más asiáticos pueden permitirse una alimentación adecuada: la proporción de quienes no pueden costearla cayó del 43,1% al 28,9% en ocho años, registrándose también en este caso la caída más pronunciada en el sur de Asia, que pasó del 57,9% al 39,0%. Al mismo tiempo, sin embargo, dado que en Asia vive la mayor parte de la población mundial, el continente sigue siendo el que cuenta con el mayor número de personas en absoluto que no pueden acceder a una dieta saludable, es decir, 1.400 millones de individuos, más que África y América Latina juntas.
Un sistema que aún es frágil
Además de las guerras, los fenómenos climáticos extremos y las crisis económicas que disparan los precios de un año a otro también tienen un impacto muy fuerte en la posibilidad de acceder a una alimentación saludable. El informe cita algunos ejemplos: entre 1998 y 2012 los tifones tropicales en China hicieron subir los precios minoristas una media de 2,3%, y las verduras frescas registraron los mayores aumentos (+6%). En 2024 una ola de calor en Corea del Sur hizo que el precio de las coles subiera un 70% en pocas semanas. Y en Sri Lanka la crisis económica de 2021-2022 duplicó el precio de las legumbres e incrementó en más del 50% el de los cereales, el pollo, el pescado y los huevos. Estos episodios ilustran hasta qué punto afecta la fragilidad del sistema alimentario a países de ingresos bajos y medios, e incluso a China.
El informe también presenta ejemplos concretos de la relación entre los precios de los alimentos y otros factores. En Indonesia, por ejemplo, los investigadores comprobaron que una mejora de apenas un 1 % en la calidad de las carreteras hace bajar los precios de los alimentos perecederos casi en la misma proporción, porque a veces el problema no es la producción agrícola, sino la dificultad para transportar las cosechas hasta los mercados. De manera similar, un proyecto en Nepal que conectó a los pequeños productores de las zonas montañosas occidentales con los mercados urbanos hizo bajar el precio de las frutas, verduras y proteínas de origen animal y, al mismo tiempo, aumentó los ingresos de los agricultores.
El (todavía) largo camino para las mujeres y los niños
Asia también mira hacia 2030 en materia de nutrición infantil, y ya ha superado la mitad del camino. El continente está bien encaminado para alcanzar los objetivos relacionados con el retraso en el crecimiento infantil y el sobrepeso, una meta que ni África ni América Latina alcanzarán por completo, según las previsiones actuales. Asia también presenta buenos resultados en el indicador de la lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses de vida, que pasó del 39,1% al 51,4% entre 2012 y 2024, aunque difícilmente alcanzará el umbral del 60% fijado por la Organización Mundial de la Salud para 2030.
Más preocupantes son los datos sobre la emaciación aguda y, sobre todo, sobre la anemia en las mujeres en edad fértil. El porcentaje de emaciación en niños menores de cinco años disminuyó levemente, del 9,7% al 9,1% entre 2012 y 2024, cuando la meta era alcanzar el 5%. La cifra más elevada es, una vez más, la del sur de Asia, con un 13,6%, el valor más alto entre todas las subregiones del mundo. Pero en la anemia la tendencia se ha invertido por completo: en vez de reducirse a la mitad como se esperaba, la tasa entre las mujeres asiáticas de 15 a 49 años pasó del 30,6% de 2012 al 33,6% de 2023, situándose en el sur de Asia en el 49,3%, lo que significa que casi una de cada dos mujeres padece anemia. El informe prevé que esta brecha seguirá ampliándose en los próximos años.
Las causas de esta desproporción radican en la naturaleza propìa de la anemia, una afección que puede tener múltiples causas, entre ellas diferentes deficiencias nutricionales y distintos tipos de infecciones. A esto se suma el problema de la escasa disponibilidad de suplementos de hierro y ácido fólico durante el embarazo, que sigue siendo insuficiente en todo el mundo, lo que deja a millones de mujeres expuestas al riesgo de anemia y de complicaciones durante el embarazo.

















