Milán (AsiaNews) - "Si no les contamos a los niños y jóvenes de hoy lo que sucedió, no les hacemos ningún favor. Si conocen el pasado, sabrán qué hacer y qué no deben repetir". Koko Kondo tenía ocho meses el 6 de agosto de 1945, cuando la bomba atómica estadounidense arrasó Hiroshima. No conserva recuerdos de la explosión, pero creció rodeada de sus consecuencias. Hoy, a los 81 años, sigue viajando para contar esa historia, sobre todo a los jóvenes. Porque, como repitió durante el encuentro con más de 300 chicos y chicas organizado el 29 de octubre por los Jóvenes por la Paz de la Comunidad de Sant'Egidio en el Teatro del PIME de Milán, "los niños son maravillosos: serán ellos quienes lleven adelante el próximo siglo".
La casa de la familia estaba a poco más de un kilómetro del hipocentro de la explosión que destruyó Hiroshima. Su madre logró sacar a la niña de entre los escombros, mientras que su padre, que se encontraba en otro lugar, se dedicó en los días siguientes a ayudar a los sobrevivientes. Koko creció en la iglesia de su padre, a la que también acudían jóvenes que habían sufrido graves quemaduras.
En su testimonio, Koko cuenta que su rabia fue cambiando de dirección con el tiempo: pasó del odio hacia los hombres que habían lanzado la bomba a comprender que, en realidad, el verdadero enemigo es la guerra misma. El cambio comenzó cuando Koko tenía diez años, durante un viaje a Estados Unidos con su padre, el reverendo metodista Kiyoshi Tanimoto.
En 1955, su padre llevó a Estados Unidos a 25 mujeres jóvenes que habían sobrevivido al bombardeo y habían quedado gravemente desfiguradas. Necesitaban intervenciones de cirugía plástica que en aquel momento no estaban disponibles en Japón. Poco después, la familia recibió una invitación para participar en "This Is Your Life", un popular programa de televisión estadounidense dedicado precisamente a Kiyoshi Tanimoto. Entre los invitados sorpresa estaba el capitán Robert Lewis, copiloto del Enola Gay, el avión que había lanzado la bomba sobre Hiroshima.
Koko no sabía con quién se encontraría. Cuando vio a Lewis, su primer impulso fue agredirlo: "Hubiera querido darle un puñetazo, morderlo o patearlo". No lo hizo, en parte porque estaba frente a las cámaras y sabía que su padre, que era pastor, no lo aprobaría. Durante el programa, el conductor le preguntó a Lewis qué había sentido después de lanzar la bomba. El militar contó que había vuelto a sobrevolar la ciudad y la había visto desaparecer. Mientras hablaba, se le llenaron los ojos de lágrimas.
"Lo odiaba. Pero cuando vi que lloraba pensé: si no debo odiar a este hombre, entonces tengo que odiar a la guerra misma, la que los seres humanos hemos provocado". Al terminar el programa, Koko se encontró junto a él y le tomó la mano. No sabía hablar inglés, pero aquel gesto era la única manera que tenía de comunicarle lo que había comprendido: no había que odiar a las personas, sino a la guerra.
"Me cambió", dice hoy. Desde entonces no volvió a encontrarse con Lewis, pero aquel episodio se convirtió en el verdadero sentido de su testimonio. No significa olvidar lo ocurrido ni negar las responsabilidades, sino rechazar que la violencia siga generando más violencia, subraya Koko.
Durante la entrevista también muestra un objeto que sus padres conservaron toda la vida: el vestidito que llevaba puesto el 6 de agosto de 1945. "Naturalmente, estaba todo quemado. No sé durante cuánto tiempo lo usé", cuenta. Mirarlo le recuerda que sobrevivió y, sobre todo, qué valiosa es la vida de cada niño. "Espero que ningún niño del mundo tenga que pasar nunca por una experiencia semejante. Tienen toda una vida por delante: deben poder vivirla. Y nosotros, los adultos, tenemos que apoyarlos".
Hace algunos años, Koko Kondo regresó a Hiroshima para vivir cerca del Parque de la Paz, donde pasea cuando el tiempo y su salud se lo permiten. La ciudad se ha vuelto moderna, pero esos lugares siguen transportándola al pasado. Su fe, que creció junto a su padre pastor, sigue siendo un punto de referencia en su vida cotidiana: "Siempre me pregunto si estoy haciendo lo correcto". Pero el mensaje que transmite a los jóvenes no está dirigido solo a quienes comparten su religión o su historia. Es un mensaje universal, dirigido a los niños de todos los países y a todos los adultos que tienen la responsabilidad de protegerlos.
"Es fácil tomar el camino equivocado", observa. Por eso hay que conocer lo que sucedió y aprender a distinguir aquello que no debe repetirse. Insiste en que no se debe dejar sola a la generación más joven para que cargue con las consecuencias de las decisiones de los adultos. "Ellos son quienes nos harán avanzar en el próximo siglo. Si ellos no están, no habrá nadie".


















