El cinismo como efecto de la propaganda

Para la socióloga Anna Kuleshova, el principal resultado de la propaganda no es el entusiasmo ni el apoyo a la guerra. Más bien, "aleja sistemáticamente a las personas del juicio moral", porque esto resulta mucho más rentable para las autoridades.

por Vladimir Rozanskij

Existe la opinión generalizada de que el principal resultado de la propaganda rusa es el apoyo a la acción militar. La narrativa más difundida sostiene que la televisión ha lavado el cerebro a millones de personas, convirtiéndolas en partidarias agresivas e ideologizadas del conflicto armado. Sin embargo, si observamos atentamente la realidad social, vemos que las principales consecuencias destructivas de la actividad propagandística son muy diferentes, como señala la socióloga Anna Kuleshova, autora de numerosas investigaciones y colaboradora de diversas asociaciones dedicadas al estudio de los comportamientos.

Partiendo de que el concepto de "apoyo" en las encuestas rusas es muy controvertido, los investigadores intentaron identificar a quienes apoyan la guerra de manera estructurada: son aquellos que respaldan simultáneamente las operaciones militares, se oponen a la retirada de las tropas y a las negociaciones, y están a favor de dar prioridad al gasto militar. En febrero de 2023, este porcentaje se situaba en el 22%, pero en octubre del mismo año este "núcleo" se había reducido casi a la mitad, y era del 12%, mientras que la proporción de quienes apoyaban un rápido fin de las operaciones militares se mantuvo relativamente estable: en torno al 20%, frente al 18,5%. En 2025, los investigadores registraron porcentajes casi iguales de "partidarios convencidos de la paz" (21%) y "partidarios convencidos de la guerra" (18%). Esto significa que hay aproximadamente tantos partidarios convencidos como opositores convencidos; entre esos dos extremos se encuentra una mayoría silenciosa.

El principal producto de la propaganda no es el entusiasmo ni el apoyo a la guerra, observa Kuleshova: la propaganda "aleja sistemáticamente a las personas del juicio moral", porque esto resulta mucho más rentable para las autoridades. Una de las herramientas más poderosos es el cultivo del whataboutism, (una variante del inglés “what about...?”, ¿y qué pasa con...?). Prácticamente de manera recurrente, los medios estatales demuestran triunfalmente que el mundo occidental no es perfecto, que también atraviesa crisis y está marcado por injusticias y doble moral. No lo hacen para afirmar una realidad, sino para introducir una sustitución lógica: "como ellos no son perfectos, significa que nosotros podemos hacer cualquier cosa, que estamos haciendo todo bien". En la vida cotidiana, una lógica semejante resultaría absurda: si descubro que una persona aparentemente respetable ha mentido o ha ensuciado un edificio con grafitis, eso no significa que yo también vaya a hacer algo despreciable frente a su puerta, siguiendo la lógica de "si él puede hacerlo, yo también". Una persona sana no orienta su brújula moral en función de los vicios ajenos. Pero, a nivel estatal, esta sustitución funciona a la perfección: al convencer a las personas de que el mundo entero está corrompido, la propaganda les concede indulgencia por su propia falta de escrúpulos y crueldad.

El psicólogo Albert Bandura, al investigar la "desconexión moral", identificó un mecanismo similar, al que llamó "comparación ventajosa". La propia conducta parece aceptable cuando se la compara con algo peor. Bandura destaca que este mecanismo es particularmente peligroso porque no suprime los principios morales, sino que simplemente libera determinadas acciones de estar sujetas a ellos. La propaganda misma atribuye a los críticos la creencia en una sociedad ideal: si dices que aquí hay algo que no funciona, significa que piensas que en algún otro lugar, en Europa o en Estados Unidos, es diferente. Y como demostramos constantemente que allí también hay pobreza, violencia, corrupción e hipocresía, significa que estás equivocado y nosotros estamos haciendo las cosas bien.

El exdirector del Centro Levada, Lev Gudkov, escribe desde hace muchos años sobre la "identidad negativa" del pueblo postsoviético, ese "nosotros" colectivo que se define no por sus propios logros y valores, sino por su oposición a un "ellos" exterior. Esta identidad no tiene por qué ser necesariamente buena; le basta con que los otros no sean mejores. Y cualquier exposición de las imperfecciones ajenas se percibe como una prueba de la propia rectitud. La devaluación de la vida humana ha conducido paradójicamente a su cínica reducción a un valor monetario: la propaganda juega hábilmente con las concepciones patriarcales, según las cuales el hombre debe ser el "principal sostén de la familia", y en este sistema proporciona protección fundamentalmente a través del dinero. Ante nuestros ojos ha surgido una aterradora matemática social, en la que un hombre muerto o herido vale más que uno vivo. La muerte se convierte en una ventaja social y en una forma de saldar deudas, mientras que la tragedia de una vida se transforma en una transacción bancaria.

Otra victoria de la propaganda está relacionada con la idea de que la vida fuera de la guerra es imposible. El proceso histórico se presenta como una sucesión interminable de conflictos, porque "siempre hubo guerras". Este sencillo razonamiento lógico borra el concepto mismo de desarrollo humano: como las guerras siempre existen, los actuales conflictos militares no son más que otro resultado inevitable. Por lo tanto, "si no hubiéramos atacado nosotros, nos habrían atacado ellos", la justificación más recurrente que utilizan Putin y sus colaboradores para explicar la invasión de Ucrania

Se priva a las personas de la convicción de que una vida en paz y la búsqueda de una vida mejor son una norma alcanzable, y no una anomalía histórica. La sociedad está impregnada de ideas fatalistas y se resigna a pensar que nada depende de los seres humanos.

Junto con el fatalismo, la propaganda rusa impone un cinismo absoluto y niega magistralmente cualquier valor idealista o humanista. Los llamamientos a la paz mundial, la defensa del valor de la vida humana, la empatía y la compasión comienzan a percibirse como atributos propios de personas "patéticas", ingenuas o hipócritas. Si alguien habla de salvar vidas humanas o de que la la violencia es inadmisible, queda como un tonto ante los ojos de esta nueva norma. Putin respondió al llamamiento del papa León XIV para salvar la ciudad asediada de Oleshky afirmando que "fueron los ucranianos quienes empezaron". El sistema ha dado prioridad al dinero, la brutalidad y el beneficio material, mientras que todo lo demás se descarta como "cuentos de hadas para idiotas".

Es significativo que incluso los ideales soviéticos, tan venerados por la retórica oficial, hayan quedado completamente vaciados de contenido: la "lucha por la paz mundial", la "amistad entre las naciones" y el "valor del trabajo" se han convertido en una mera fachada, y quien se los toma en serio parece excéntrico. El filósofo y ensayista alemán Peter Sloterdijk definió esta condición como "falsa conciencia iluminada": las personas ven claramente que los eslóganes están vacíos y, sin embargo, siguen actuando como si no lo supieran. El cinismo se convierte en un medio para sobrevivir dentro del sistema. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, observó que el sujeto ideal de la propaganda totalitaria no es un fanático convencido, sino una persona que cree simultáneamente en todo y en nada, convencida de que todo es posible y nada es verdadero. Juri Levada describió al hombre soviético como un "hombre astuto", que había aprendido a vivir en la doble conciencia y a adaptarse a cualquier autoridad sin comprometerse con ninguna convicción.

En realidad, la propaganda crea una sociedad que ha perdido la costumbre de vincular sus juicios morales con sus acciones y que ha dejado de creer en la verdad del mundo y en la existencia de valores e ideales elevados, porque a su alrededor todos mienten. La vida humana es una mercancía y la bondad se considera una forma de ingenuidad y estupidez. Las autoridades no necesitan que todos crean firmemente en la necesidad de la guerra; se conforman con que nadie crea en nada: ni en que se pueda vivir de otra manera, ni en que la propia conciencia sea más importante que el mal ejemplo ajeno, ni en que la paz sea mejor que la guerra. A un opositor acérrimo se lo puede persuadir, pero con los cínicos es más difícil: no tienen nada que reconsiderar porque nunca han apostado por nada. Recuperar la confianza en los hechos es relativamente rápido; mucho más difícil es recuperar la capacidad de juicio moral, ese pensamiento tan sencillo de: "Yo no lo haré, aunque los demás lo hagan".

Este es, entonces, el verdadero significado de los "valores tradicionales", que resultan cada vez más paradójicos en sociedades modernas completamente redefinidas por el secularismo, el individualismo y el anonimato del mundo virtual. Y es sin duda mucho más evidente en el mundo postsoviético, heredero de la destrucción sistemática de cualquier tradición "moral y espiritual". Son los valores de un mundo que ya no tiene valores y que sirven únicamente para sostener a personajes amorales y grotescos, desde Putin hasta Trump y muchos otros en todo el mundo. Rusia ha impuesto nuevamente una revolución como la de hace cien años, destruyendo la conciencia del hombre y del pueblo para imponer un poder hipócrita y cada vez más destructivo.

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