Katmandú (AsiaNews/Agencias) - La tragedia de la inundación que se produjo en el paso de Gyirong, en la frontera entre Nepal y Tíbet, está lejos de haber terminado. Las últimas estimaciones hablan de más de mil muertos y el número de desaparecidos sería al menos cuatro veces mayor. El papa León XIV, durante el Ángelus del domingo, también pidió solidaridad y ayuda para las poblaciones afectadas e invitó a rezar por los "socorristas", que trabajan contrarreloj. Entre ellos, los pilotos de helicópteros, tanto militares como privados, están desempeñando un papel fundamental: con las carreteras destruidas, el cielo es, en efecto, la única ruta posible para realizar rescates y llevar ayuda. Para las zonas devastadas, las aeronaves son un verdadero salvavidas, pero prestar este servicio también resulta sumamente difícil en un valle escarpado.
Mientras se investigan las causas de la inundación —el debilitamiento de las rocas, el efecto del calentamiento global y las fallas de las infraestructuras—, hay que hacer frente a un territorio profundamente transformado por la devastadora avalancha de agua y escombros, que ha borrado todos los puntos de referencia, incluso los helipuertos. El Kantipur Daily, un periódico local, dedica un interesante artículo al trabajo que realizan en este difícil contexto unos 30 helicópteros militares y de empresas privadas en el que explica con claridad las dificultades que deben afrontar debido a los problemas de comunicación, el suministro de combustible y los pocos puntos de aterrizaje disponibles.
Sin puntos de referencia, cada descenso es un desafío
En los estrechos y verticales desfiladeros montañosos de Rasuwa y Nuwakot, es imposible establecer contacto por radio con el control del tráfico aéreo: el canal se encuentra abierto solo durante los primeros 15 minutos después del despegue desde Katmandú. Las zonas afectadas por la inundación se consideran "espacio aéreo no controlado". Por lo tanto, los vuelos de rescate dependen de la comunicación constante por radio entre los pilotos y de la pericia de cada uno de ellos. A través de una frecuencia de radio compartida, intercambian información sobre su posición, dirección y tráfico, lo que es crucial para mantener la separación y evitar accidentes sin ayuda externa.
La seguridad de los vuelos en los cielos del Himalaya —dada la particular morfología del territorio— depende principalmente de la "disciplina de vuelo" del piloto. Al atravesar las estrechas gargantas, los pilotos están entrenados para mantenerse a la izquierda y comunicarse sin interrupción con los helicópteros que se aproximan en sentido contrario. Las aeronaves se comportan como si recorrieran carreteras en el aire.
Durante los primeros días del desastre, la prioridad de estos vuelos de socorro fue poner a salvo al mayor número posible de personas que lograban localizar o con las que conseguían establecer contacto. Es una tarea que continúa, aunque solo se puede llevar a cabo teniendo en cuenta las variables asociadas a la operación: las posibilidades de aterrizaje, las condiciones meteorológicas y el combustible. A esta misión se ha sumado ahora la entrega de ayuda humanitaria, sobre todo en las aldeas remotas que siguen aisladas. Las personas rescatadas son trasladadas primero a Trishuli, donde las recibe un equipo integrado por militares, policías y personal sanitario, y después de recibir una primera atención, se las lleva a Katmandú.
Los helicópteros sobrevuelan las zonas cercanas a Syabrubesi, Timure y Bhote Kosi, donde centros, helipuertos, estructuras y vegetación que antes eran visibles han desaparecido en muchos lugares. Incluso las plataformas de aterrizaje han quedado arrasadas. El Kantipur Daily informa que a los pilotos les cuesta reconocer los lugares donde solían aterrizar. Además, el descenso a tierra —cuando se considera posible— es arriesgado debido a la humedad del terreno, que se ha vuelto inestable. Por eso, cada aterrizaje requiere ahora una evaluación minuciosa de todos los factores en juego y va precedido de un primer reconocimiento aéreo. "Es como si cada día tuviéramos un helipuerto nuevo", explica un capitán. "Por eso, en caso de desastre, la experiencia y el criterio del piloto son fundamentales".
El difícil equilibrio entre combustible y ayuda
Otro desafío para las operaciones de rescate aéreo es la disponibilidad de combustible. El regreso a Katmandú para repostar ralentizaría considerablemente el ritmo de las operaciones. Por eso, en la región de Trishuli, el Gobierno ha organizado el suministro de combustible en Rasuwa-Nuwa Kot. El combustible almacenado en Trishuli facilita enormemente la logística. Además, la cantidad de combustible que se decide cargar también varía según la misión: transportar más combustible reduce la carga útil, mientras que llevar menos obliga a realizar otro reabastecimiento.
La movilización aérea de estos días no se limita a las operaciones habituales de rescate en las zonas del Himalaya. Supone un despliegue de los recursos aéreos disponibles para hacer frente a una catástrofe nacional. Varias agencias coordinan las intervenciones, mientras que el sector de la aviación civil desempeña un papel de apoyo proporcionando aviones, helicópteros, aeropuertos y otras infraestructuras. Mientras tanto, en tierra, el ejército y las fuerzas de seguridad se ocupan de llevar adelante las operaciones de ayuda.


















