Desastres en China. Lo que ocurría "cada cien años" ya es rutina

Las lluvias torrenciales y las inundaciones ya se repiten todos los veranos. Detrás de fenómenos que las autoridades califican de "excepcionales" hay graves problemas estructurales: una urbanización descontrolada, infraestructuras obsoletas, presas envejecidas y una gestión política de las emergencias cada vez menos transparente.

por Andrew Law

Beijing (AsiaNews) - La temporada de lluvias de 2026 apenas ha llegado a la mitad, pero el continente asiático ya ha sufrido varios episodios de precipitaciones torrenciales que han provocado inundaciones, aludes de lodo y crecidas repentinas de los ríos en muchas localidades. El 6 de julio colapsó el embalse de Liulan, en Guangxi, junto con otros embalses pequeños y medianos. El 28 de julio, la localidad de Chunyang, en la provincia de Jilin, y otros lugares registraron graves incidentes en varios embalses e inundaciones, con un número de víctimas que no ha sido precisado. En junio se produjo una inundación en el desierto de Taklamakán; en julio, más de diez personas murieron por una crecida repentina en Shuangshimengou, en Gansu; en mayo, cerca de veinte personas murieron en Yongchuan, Chongqing, debido a las lluvias excepcionalmente intensas; también en julio, un deslizamiento de tierra provocó la muerte de más de 60 personas en Pengshui, Chongqing. El 14 de julio, Shenyang sufrió las peores inundaciones de su historia reciente: las aguas tardaron 48 horas en retirarse y dejaron graves daños en pueblos y tierras agrícolas de Liaoning y Jilin. Cinco días después, el 19 de julio, las inundaciones también afectaron amplias zonas de Yangpu, en el centro de Shanghái.

Al mirar lo ocurrido en años anteriores, resulta inevitable recordar otros desastres igualmente graves. El 20 de julio de 2021, en Zhengzhou, provincia de Henan, las lluvias extremas pusieron en peligro un embalse y la posterior descarga de agua provocó graves inundaciones en esa ciudad —que se autodefinía como una "ciudad esponja"—, con un saldo de 380 muertos. A finales de julio de 2023, las lluvias torrenciales asociadas al tifón "Doksuri" anegaron la región de Jing-Jin-Ji y convirtieron Zhuozhou en un inmenso mar. El 1 de agosto de 2024, en Zixing, provincia de Hunan, el tifón "Gaemi" produjo un récord de precipitaciones que provocaron crecidas repentinas y el colapso de pequeños embalses de montaña.

Las autoridades atribuyen estos desastres a fenómenos meteorológicos extremos que ocurren "una vez cada cien años". Sin embargo, la repetición de estos episodios demuestra que el problema va mucho más allá del clima y pone de manifiesto una crisis profunda y estructural que sigue sin ser afrontada con la seriedad que requiere. Por un lado, numerosas áreas naturales de drenaje y espacios ecológicos destinados a absorber las crecidas han sido transformados por la acción humana a lo largo de los años. Es el caso de la zona de Baiyangdian, que históricamente desempeñaba un papel clave en la evacuación y el almacenamiento de las crecidas de ríos como el Yongding. Allí se construyó desde cero la Nueva Área de Xiong'an, alterando directamente el equilibrio hidrológico de la región y favoreciendo que la zona de Jing-Jin-Ji sufra inundaciones casi todos los años. Por otro lado, el rápido proceso de urbanización ha privilegiado las grandes obras visibles, pero ha quedado gravemente rezagada la construcción de redes subterráneas de drenaje. Como consecuencia, la capacidad de las ciudades para evacuar el agua y prevenir inundaciones queda desbordada cada vez que se producen lluvias intensas. Más preocupante aún es que, en nombre del "gran país de las infraestructuras", algunas regiones siguen impulsando el crecimiento económico mediante la construcción de proyectos similares.

Aún más grave es el bloqueo de la descarga de agua causada por la actividad humana y el deterioro de las infraestructuras destinadas a controlar las inundaciones y a gestionar el drenaje de las aguas. Según el censo hídrico chino y las correspondientes estadísticas oficiales sobre desastres, de los cerca de 98.000 embalses existentes en el país, el 91,8 % tiene presas de tierra y roca, y a lo largo de la historia se han registrado 3.558 colapsos. Además, 42.000 embalses llevan más de cincuenta años en funcionamiento y 21.000 superan los sesenta años; más del 80% fueron construidos durante las décadas de 1950 y 1960, en la época del llamado "Gran Salto Adelante" y los años posteriores. Tras décadas de uso intensivo, muchas de estas infraestructuras, dañadas y peligrosas, hace tiempo que superaron su vida útil. Su enorme número y el riesgo que representan para cientos de millones de personas constituyen un problema de enormes proporciones.

Lo más preocupante es que, mientras se superponen los desastres naturales y los provocados por el hombre, la opinión pública y la propaganda de la burocracia oficial están sufriendo silenciosamente una profunda transformación.

En el pasado, cada vez que ocurría un desastre importante —ya fueran inundaciones, nevadas o lluvias torrenciales— este servía para exhibir la capacidad de movilización, para mostrar la cercanía de los funcionarios a la población y reforzar la imagen de unidad entre el ejército y el pueblo. Hoy todo eso ha desaparecido. Las imágenes de Jiang Zemin supervisando personalmente los diques de Jiujiang durante las inundaciones de 1998, de Wen Jiabao visitando repetidamente las zonas más afectadas o de Li Keqiang recorriendo aldeas cubiertas de barro han pasado a ser un recuerdo.

Hoy ya no se ve a los altos funcionarios acudir de inmediato al lugar donde se ha producido una gran catástrofe, ya sea una inundación o una epidemia. Incluso esos gestos simbólicos cuidadosamente preparados para la opinión pública han desaparecido gradualmente. Las primeras noticias sobre los desastres se conocen a través de breves videos grabados por particulares y difundidos en las redes sociales. Los equipos de protección civil no pueden acceder a las zonas afectadas sin autorización oficial, y aunque la medida se justifica como una forma de coordinar mejor los recursos y evitar actuaciones aisladas, en la práctica también termina desalentando la iniciativa de quienes participan en las tareas de rescate. Mientras tanto, buena parte de la población sigue cegada por la narrativa entusiasta de "creer en el país, creer en el Partido" y "convertir un funeral en un acontecimiento alegre".

Para muchos chinos, la verdad sobre la muerte de 240.000 personas tras el colapso de la presa de Banqiao, en Henan, hace cincuenta años —una tragedia que llegó a figurar entre los diez mayores desastres provocados por el hombre en el mundo contemporáneo— solo empezó a conocerse poco a poco en este siglo gracias al desarrollo de internet. Lo que pocos imaginaban era que, apenas una década después, el país daría la impresión de haber retrocedido cincuenta años en algunos aspectos.

Las lluvias torrenciales y las descargas de agua de los embalses terminan convirtiéndose con frecuencia en una decisión destinada a proteger a las grandes ciudades a costa de sacrificar a las pequeñas y medianas. Al mismo tiempo, detrás del acelerado proceso de urbanización apenas se percibe una planificación seria de los sistemas de drenaje y de prevención de inundaciones, capaz de responder a los desafíos del futuro. El agua y el fuego son implacables y la vida de la población está plagada de dificultades. Pero la indiferencia de las instituciones y los peligros latentes que se han descuidado durante años hacen que el sufrimiento de millones de personas sea inmensurablemente profundo.


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