Milán (AsiaNews) – Mientras continúa en las cercanías del paso de Gyirong el triste recuento de víctimas y la carrera contrarreloj para intentar rescatar al menos a algunos de los 600 trabajadores que siguen desaparecidos en los túneles de las centrales hidroeléctricas, en Nepal también se empieza a hablar abiertamente de lo que vendrá después. Es decir, de las lecciones que esta gran tragedia, que desde hace días golpea a esta parte del mundo, debería dejar para las políticas de la región del Himalaya. Porque, si bien es cierto que el colapso de un glaciar es un fenómeno natural, la destrucción generalizada de la red de infraestructuras construidas en los últimos años en el valle afectado por lo que las autoridades nepalesas no dudan hoy en calificar de tsunami de gran altura pone de manifiesto que el modelo de desarrollo adoptado resulta insostenible.
Quizá el símbolo más elocuente sean los mapas que todavía se pueden ver en los sitios web de promoción turística del Tíbet para mostrar la futura línea ferroviaria de alta velocidad que, según los planes de Beijing, debía unir Lhasa con Katmandú, pasando precisamente por el paso de Gyirong y el valle que se encuentra debajo. Esta línea debía ser una extensión de la que desde 2014 une Lhasa con Shigatse, la segunda ciudad del Tíbet, situada a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, en un recorrido de dos horas y media. Desde allí, Beijing proyectaba una extensión de más de 500 kilómetros hasta la frontera con Nepal, cuyo tramo final habría atravesado precisamente la zona que quedó completamente arrasada por la furia del hielo, el agua y las rocas. Beijing también había afirmado que estaba dispuesta a ayudar al Gobierno de Katmandú a construir los otros 120 kilómetros para llegar hasta la capital nepalesa. Afortunadamente, los elevados costos del proyecto ya habían hecho inviable la iniciativa, que, de haberse concretado, habría aumentado aún más el número de víctimas de la tragedia.
La cuestión es que la catástrofe de estos días debería impulsar un salto cualitativo en las relaciones entre los países que rodean el Himalaya, con la adopción de políticas coordinadas y consensuadas. Mucho se ha hablado en las últimas horas de la falta de datos compartidos sobre los sistemas de detección y alerta en un ecosistema cada vez más frágil como el del Himalaya. Pero el problema es mucho más amplio: desde 1983 existe el International Centre for Integrated Mountain Development (ICIMOD), una institución con sede en Katmandú de la que forman parte los ocho países de la región del Hindu Kush Himalaya (Afganistán, Bangladés, Bután, China, India, Myanmar, Nepal y Pakistán). Sin embargo, sus advertencias sobre la sostenibilidad son ignoradas sistemáticamente. Uno de sus estudios, por ejemplo, ya había identificado en 2020 47 lagos glaciares potencialmente peligrosos, 21 de ellos en Nepal, 25 en China y uno en la India. Pero en lugar de afrontar el problema, en los últimos años se ha seguido construyendo infraestructuras en zonas expuestas a estos riesgos.
Ahora, ante la tragedia que está viviendo, Nepal debate abiertamente cómo cambiar de rumbo. En una entrevista publicada hoy por el Kathmandu Post, el ministro de Relaciones Exteriores, Shisir Khanal, anunció, por ejemplo, la intención de llevar la cuestión al ámbito internacional y reclamar una "compensación climática" por el desastre. "Las emisiones de gases de efecto invernadero de Nepal son prácticamente insignificantes —explicó—. Sin embargo, estamos pagando el precio más alto por una crisis global que no hemos provocado. El rápido deshielo de los glaciares y estos catastróficos tsunamis de montaña son consecuencias directas del cambio climático global. Estamos pasando de un enfoque diplomático basado en la 'ayuda' a otro basado en la 'justicia y la compensación'. No es una cuestión de caridad, sino de responsabilidad jurídica y moral. Los principales emisores industriales —como China, que ocupa el primer lugar en el mundo, Estados Unidos, en segundo lugar, e India, en tercero— tienen la responsabilidad histórica de compensar a países vulnerables como Nepal. Si nuestros glaciares del Himalaya desaparecen, la seguridad hídrica de más de 2.000 millones de personas en Asia meridional —que depende de ríos como el Ganges y el Trishuli— se verá comprometida de forma permanente. No estamos defendiendo solo a Nepal, sino la supervivencia de la civilización del sur de Asia".
Y en otro artículo publicado por el Himalayan Times, el empresario nepalés Rajendra Bajgain también criticó la excesiva confianza depositada en las centrales hidroeléctricas. Invitó a Nepal a superar una visión de la energía centrada casi exclusivamente en la hidroelectricidad y a considerar los ríos, glaciares, lagos glaciares, el sol, los bosques y las montañas como un único patrimonio estratégico, con el objetivo de no tener en cuenta únicamente el número de megavatios producidos, sino de desarrollar un sistema energético renovable, resiliente y diversificado, que también sea capaz de generar comercio regional. Para Bajgain, el desarrollo no debe detenerse, sino replantearse. En las zonas montañosas hay que evaluar alternativas a las carreteras, como los teleféricos y otros sistemas de transporte por cable, y considerar toda la cuenca fluvial, y no un proyecto aislado, como la unidad fundamental de la planificación.


















