Beirut (AsiaNews) - A cinco meses de que Hezbolá entrara en guerra contra Israel el pasado 2 de marzo, el Líbano sigue viviendo, o mejor dicho, avanzando a duras penas, a dos velocidades: por un lado, un país en guerra, cuyo extremo sur está devastado —algunos dicen «rediseñado»— por las orugas de los tanques israelíes; por otro, una nación que está viviendo, de la forma más normal posible, una temporada de verano que concluye con un regreso tormentoso a la «normalidad» laboral y escolar, caracterizado, entre otras cosas, por un movimiento de protesta de los jubilados del ejército. Estos últimos exigen que se dupliquen sus prestaciones de 600 dólares al mes y cuestionan la afirmación de que el Estado «no tiene ingresos», mientras que los diputados se acaban de aumentar los sueldos de 3.000 a 5.000 dólares mensuales y la evasión fiscal sigue campando a sus anchas.
La vuelta a la normalidad viene marcada, además, por la urgencia de realojar a decenas de miles de desplazados y por la consiguiente liberación de los colegios públicos convertidos en centros de acogida, ante la llegada del invierno. En el plano militar, dado que el ejército de ocupación israelí «asumió el control operativo» el 3 de septiembre de la cresta de Ali Taher, un «punto estratégico» de Hezbolá abandonado por sus defensores, ahora queda abierta la vía para una posible ocupación de la gran ciudad de Nabatiyeh. Una localidad de unos 100 000 habitantes, capital del distrito del mismo nombre, bastión del movimiento Amal e importante centro económico del sur del Líbano.
De hecho, la población de la ciudad teme una ofensiva terrestre a gran escala por parte del ejército israelí. Sin embargo, según noticias de prensa no verificadas, el presidente Joseph Aoun habría advertido a los estadounidenses de que una ofensiva terrestre contra Nabatiyeh supondría un golpe fatal para la credibilidad del acuerdo con Israel. Por ello, al menos de forma provisional, los mandos de Tel Aviv habrían renunciado a esta posibilidad. No obstante, la fuerza de ocupación no ha interrumpido por ello los bombardeos —aunque sean esporádicos— sobre la ciudad o las localidades circundantes. Así, el pasado 8 de septiembre, Kfar Roummane enterró a 13 personas, en su mayoría pertenecientes a la misma familia, asesinadas la noche anterior por ataques israelíes. Estas incursiones sin previo aviso suelen llevarse a cabo a partir de denuncias. De hecho, de los trece ataúdes alineados en la plaza del pueblo, dos estaban envueltos en una bandera de Hezbolá.
La cuestión militar
En respuesta a la caída de Ali Taher, el ejército ha intensificado su despliegue y su presencia en Nabatiyeh. Sin embargo, su misión excluye por el momento cualquier desarme de Hezbolá, en aplicación de la ley que declara ilegal cualquier actividad militar y de seguridad del partido proiraní. El acuerdo trilateral negociado bajo los auspicios de Estados Unidos y firmado el 26 de junio entre el Líbano e Israel obliga al ejército libanés a desarmar al movimiento proiraní y a impedirle mantener una presencia militar en determinadas «zonas piloto». No obstante, dado que en estas zonas los avances se han estancado debido a las divergencias sobre las modalidades de verificación del desarme de Hezbolá, el doble proceso de retirada y desarme se ha atascado.
Para salvar el proceso diplomático que aún es viable en Nabatiyeh, una ciudad que, por otra parte, ya ha sufrido mucho, los habitantes y los diputados han recurrido (de nuevo) al Estado. El 7 de septiembre, un manifiesto firmado por destacadas personalidades locales pidió que la ciudad fuera declarada «abierta al ejército y libre de armas (de Hezbolá)», con el fin de protegerla de los ataques israelíes. Al día siguiente se unieron a ellos no solo los habitantes de Arab Salim (en la misma caza, la subdivisión administrativa), sino también los de la gran ciudad de Tiro, que, cien días antes, habían lanzado un llamamiento similar, sin lograr que se hicieran realidad sus reivindicaciones.
Daou: «Sin concesiones»
«El 29 de mayo de 2026 nos sumamos al llamamiento de Tiro, que advertía de la llegada de la guerra y la destrucción a la ciudad e instaba al Estado a actuar antes de que fuera demasiado tarde. Pero desde entonces la situación no ha hecho más que empeorar», se lee en estos momentos en un texto difundido por los activistas de la ciudad. Al ser consultado por AsiaNews sobre el tema, el diputado druso de Alev, Marc Daou —que ha sumado su voz a la de los activistas— subraya que «ya no hay soluciones de compromiso posibles». «Que el ejército envíe 400 o 500 soldados a Nabatiyeh —espera el líder druso— para patrullar la ciudad e impedir la circulación de armas y combatientes, de conformidad con la decisión gubernamental del 2 de marzo, que considera ilegal el arsenal de Hezbolá. Si es necesario, incluso se puede declarar esta ciudad zona militar, para que el ejército pueda actuar con firmeza, controlar las entradas y salidas y registrar las propiedades privadas». Según Daou, el Líbano podría solicitar entonces que Nabatiyeh se añada a la lista de «zonas piloto», en las que el ejército debe desplegarse para desmantelar el arsenal de Hezbolá y facilitar la retirada israelí.
La situación en la zona es emblemática de cómo el poder en el Líbano se ve doblemente paralizado por Israel e Irán, a través de los milicianos de Hezbolá. Con amargura, el portavoz de las Fuerzas Libanesas, Charles Jabbour, ha subrayado que «Hezbolá ha preferido abandonar su posición estratégica en la cresta de Ali el-Taher, conquistada por el ejército israelí, antes que cederla al ejército libanés». Para el abogado y activista Majd Harb, el Partido de Dios centra sus esfuerzos en la escena política interna libanesa más que en Israel. «Su guerra contra el Estado judío —declaró en una entrevista a L’Orient-Le Jour (LOJ)— es una coartada que Hezbolá utiliza para conservar sus armas, mientras que su principal adversario es el surgimiento de un Estado libanés fuerte que lo desarmaría».
El ejército en una situación delicada
El panorama actual pone además de manifiesto la delicada situación —y posición— del ejército: el frente militar puede valerse del apoyo incondicional que le brindan el poder y gran parte de la población; al mismo tiempo, es consciente de sus límites y teme las consecuencias que un desarme forzoso tendría sobre la paz civil y su propia cohesión interna, ya que está compuesto, al menos en un 25 %, por reclutas y oficiales musulmanes chiítas.
Según analistas y observadores, si el ejército sigue dando largas al asunto es también porque parte de su equipamiento y de su arsenal data de los años 50 del siglo pasado y porque faltan piezas de recambio para sus blindados y sus vehículos. El general retirado y ex diputado Chamel Roukoz va aún más lejos: «El ejército libanés —explicó el 8 de septiembre en una intervención en la cadena de televisión Al-Jadid— nunca ha sido equipado por el Estado, sino que se ha conformado, a lo largo de las décadas, con el apoyo condicionado que le han brindado algunas grandes potencias, como Francia y Estados Unidos». Por lo demás, es bien sabido que el ejército libanés nunca ha contado con una fuerza aérea, salvo algunos helicópteros, y que carece además de cualquier arma —como los misiles tierra-aire— capaz de amenazar la supremacía aérea de Israel.
El próximo 17 de septiembre se celebrará en París, en presencia del jefe de Estado libanés Aoun, una conferencia en apoyo del ejército libanés, cuya fecha se ha pospuesto en varias ocasiones, pero existen serias dudas sobre si esta cumbre podrá cambiar la situación. Por su parte, el jefe de Gobierno, Nawaf Salam, representará al Líbano en la Asamblea General de las Naciones Unidas que se celebrará a finales de septiembre. En dicha ocasión, sin duda planteará la cuestión de la sustitución de la FPNUL, cuya misión llega a su fin a finales de este año.
La improbable retirada de Israel
Por último, cabe destacar que, en el plano militar, tras haber conquistado Ali Taher y consolidado sus posiciones en profundidad, en los últimos días se ha hablado de una «retirada» voluntaria de Israel hacia una «línea gris» situada a tres o cuatro kilómetros de la frontera. Una posición que reduciría considerablemente la superficie de la zona bajo su control, que pasaría de unos 600 a 250 km cuadrados. Sin embargo, según los expertos militares libaneses, esta hipótesis militar sigue siendo muy incierta. Por último, el contexto político refuerza aún más esta duda: ante la proximidad de las elecciones generales en el Estado judío el próximo 27 de octubre, una retirada daría a la opinión pública israelí la impresión de que las posiciones conquistadas pueden abandonarse. Y esta decisión sería difícil de defender políticamente por parte del primer ministro Benjamin Netanyahu, que ve en juego su propio destino político en las urnas y no solo desde la perspectiva del liderazgo del país. Sin contar, además, con las elecciones de mitad de mandato estadounidenses del 3 de noviembre.

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