Beirut (AsiaNews) - De cara al inicio del próximo curso escolar, previsto para antes de julio - fecha límite para la renovación tácita o el despido del personal docente -, se avecina un período difícil para los centros educativos, los profesores, el personal escolar y las familias. De hecho, en los últimos días, el fondo de la ONU dedicado a la infancia ha dado la voz de alarma: la escolarización de al menos 100.000 niños libaneses se verá gravemente comprometida durante el curso académico 2026/27, sobre todo debido a la falta de reconstrucción de los centros dañados por la guerra entre Israel y Hezbolá. En concreto, UNICEF hace referencia a un informe del Ministerio de Educación que recoge 340 edificios escolares dañados, de los cuales 17 quedaron completamente destruidos. Los daños más graves se registran en los distritos (cazas) de Nabatiye, del sur del Líbano, de la Bekaa y de Baalbeck-Hermel.
La decisión de cerrar la gran escuela evangélica de Nabatiye (en la foto), anunciada a principios de semana, ilustra a su manera la crisis de la educación. Sus 1.200 alumnos deberán ser reubicados en otros centros, mientras que el centenar de profesores se verá obligado a buscar otras escuelas o, probablemente, a resignarse al desempleo. En televisión, los padres de los alumnos han expresado su desconcierto y su desacuerdo ante una decisión que afecta a su futuro y que la dirección del centro no ha explicado ni justificado.
El cierre de este gran colegio plantea un problema: de hecho, no es seguro que los demás centros que siguen abiertos puedan acoger a los alumnos que se han quedado sin aula donde recibir clases, ya que existe el riesgo real de que se saturen. A esto se suman las dificultades logísticas relacionadas con los desplazamientos - y los desalojos - de la población y con la ocupación de una parte del sur. En otras palabras, el efecto es sistémico: cuando cierra un colegio, muchos otros deben acoger a sus alumnos, lo que genera rápidamente un hacinamiento y problemas de traslado. En numerosos colegios se recurre al sistema de turnos para hacer frente a las aulas abarrotadas, pero esto, a su vez, plantea un problema en lo que respecta al profesorado.
Estos datos se refieren, ante todo, a los colegios públicos, subraya Anne-Marie Hage, experta en la materia del diario L’Orient-le Jour (LOJ), entrevistada por AsiaNews. Además de la cuestión de la capacidad de acogida de los centros, la analista atribuye la elevada tasa de abandono escolar a la inestabilidad y a la enseñanza a distancia. «Muchos niños —observa— se sienten desanimados por esta situación y acaban por no poder recuperar el estado de ánimo indispensable para el aprendizaje. Así es como acaban convirtiéndose en aprendices en el mercado laboral. Sus padres - añade - se resignan a ello, sobre todo porque a menudo ellos mismos están en paro».
Desplazamiento permanente
En realidad, el desplazamiento de la población del sur del Líbano ha adquirido desde hace meses un carácter permanente. A causa de la guerra, numerosas infraestructuras civiles y servicios públicos esenciales han quedado destruidos, lo que impide a decenas de miles de libaneses regresar a sus hogares. Aunque sus casas siguen en pie, los habitantes no pueden volver al carecer de agua, electricidad, telecomunicaciones e infraestructuras sanitarias. Además, los habitantes de una treintena de pueblos situados más allá de la «línea amarilla» trazada por el ejército israelí saben que están condenados a un exilio de larga duración. «Las tiendas y los restaurantes —exclama Ali H., vecino de Nabatiye— han desaparecido, los bancos han desaparecido, las tiendas de alimentación han desaparecido, todas las farmacias han desaparecido. Nadie puede volver ahora, ¿cómo y dónde podrían vivir?».
Por supuesto, no todos los colegios cierran. Por ejemplo, en el Liceo franco-libanés de Habbouche (Nabatiye), fundado por la Mission laïque française, ya están abiertas las inscripciones para el curso escolar 2026-2027. «Sea cual sea la evolución de la situación, estamos preparados —asegura el centro— para acoger y acompañar a nuestros alumnos en las mejores condiciones, garantizando al mismo tiempo la continuidad de su trayectoria formativa». Sin embargo, al igual que muchos colegios, y a pesar del optimismo manifestado, la dirección del centro desconoce cuántos alumnos estarán presentes al inicio del curso escolar, cuántos pagarán la matrícula ni con cuántos profesores podrá contar. Y, sobre todo, desconoce qué les deparará la evolución de los combates entre el ejército israelí y Hezbolá.
Por su parte, la oficina de la Unesco en la capital ha puesto de relieve otro aspecto nada desdeñable de la crisis: 431 centros educativos se han habilitado como centros de acogida, lo que afecta a más de 250.000 alumnos. Al combinar estos dos análisis, se comprende que el inicio del curso escolar 2026/27 depende de dos condiciones esenciales: la rápida rehabilitación de las escuelas dañadas y la liberación progresiva de los edificios utilizados como refugios, para que puedan retomar su función educativa.
Colegios cristianos al límite
También los colegios cristianos, que representan el 20 % del sector educativo, están al límite, asegura el secretario general de los Colegios Católicos, el padre Youssef Nasr. «No creáis que el caso del colegio evangélico sea una excepción. Muchas escuelas católicas —confiesa— se ven tentadas a hacer lo mismo». El sacerdote cita el ejemplo de la escuela del pueblo cristiano de Alma el-Chaab, gestionada por las hermanas de la Sagrada Familia. «¿En qué condiciones —se pregunta— podrá reabrir esta escuela, sabiendo que su población se ha visto obligada a abandonarla?».
El Líbano cuenta con 320 colegios cristianos, de los cuales 90 son parcialmente gratuitos, a los que acuden algo menos de 200.000 alumnos. Estos centros, al igual que en el sector público, tienen dificultades para contratar profesores, además de incertidumbres respecto al número de matriculaciones. «Existen fundaciones, como L’Œuvre d’Orient, que ayudan a las escuelas cristianas —recuerda el padre Nasr—, pero ¿qué representan estas ayudas? Entre el 1 % y el 2 % de las necesidades de la escuela. Son las matrículas las que permiten que las escuelas funcionen, y en este aspecto hay un problema».
Para frenar la hemorragia, los colegios cristianos han creado un «fondo de solidaridad», invitando a los padres a complementar en dólares el sueldo de los profesores. «Una bonificación de entre 50 y 350 dólares al mes, dependiendo de su ubicación y del número de alumnos», explica el padre Youssef Nasr. Además, para que los institutos puedan seguir funcionando, la administración está recortando gastos. Así, las pizarras blancas han desaparecido de las aulas, lo que ha supuesto el regreso de la pizarra negra y la tiza. El coste de los paquetes de rotuladores borrables (que asciende a 120 dólares) equivale, de hecho, a dos matrículas escolares.
La deuda del Estado
«Estamos entre la espada y la pared», resume la hermana Marie-Antoinette Saadé, superiora de la congregación de las Hermanas Maronitas de la Sagrada Familia. «Estamos viviendo —añade— una caída sin fondo. A día de hoy, no tenemos ninguna perspectiva». Fundada en 1895 en Jbeil, a 45 km de Beirut, la congregación acoge a 12.096 alumnos en 23 centros, de los cuales siete tienen la categoría de colegios semigratuitos, que deberían recibir subvenciones del Estado. Pero en septiembre, la escuela de Terbol, en la Bekaa, cerrará sus puertas, con lo que ascenderá a cinco el número de centros cerrados por la congregación desde 2019 debido a la falta de fondos. Otros, situados en regiones aisladas, penden de un hilo.
«Ya no podemos mantenerlas: la gran mayoría de los padres trabaja en el sector público o en el ejército, con sueldos en liras [libanesas] que ya no valen nada. No pueden pagar», lamenta la hermana Marie-Antoinette Saadé. La religiosa no oculta su preocupación por el futuro de «estas escuelas que son un reflejo del Líbano, ya que acogen —concluye— a niños de todas las confesiones. «Si cerramos, ¿adónde irán?».
Son 90 estos centros cristianos semigratuitos que suplen la falta de colegios públicos en algunas regiones. «El Estado —precisa el padre Youssef Nasr— no ha abonado ninguna subvención a estos colegios desde el curso 2017-2018; no se han desembolsado cientos de miles de millones de liras». «Este dinero ya no vale nada debido a la devaluación» y acabaría representando solo «10 dólares por niño por curso escolar», frente a los 700 dólares de antes de 2019.
«El sector educativo está minado desde la raíz. Las ONG y Francia nos financian en lugar del Estado, pero ¿hasta cuándo?», se pregunta la hermana Marie-Antoinette. Una preocupación justificada para el director de L’Œuvre d’Orient del Líbano y Siria. De hecho, Vincent Gelot destaca «el cansancio de los donantes, dada la falta de reacciones ante el abandono por parte del Estado y la ausencia de una estrategia común, a pesar del agravamiento de la crisis». «Con la dolarización del país, podremos ayudar a la mitad de los alumnos. ¿Quién pagará —se pregunta para concluir— la diferencia?».

















