Milán (AsiaNews) - Hay una pesa de piedra, pequeña, aparentemente humilde, que cuenta más de lo que podría revelar una larga crónica. Fue encontrada en Hillit, un antiguo asentamiento minero en la gobernación de Al-Dawadmi, en la región de Riad, durante la cuarta campaña de excavaciones que llevó a cabo la Heritage Commission saudita. En ella está grabada la palabra: ratl, una antigua unidad de peso. La inscripción corresponde a lo que los arqueólogos denominan escritura jazm, una forma arcaica de escritura árabe. La pieza data probablemente del siglo I o II de la Hégira, el acontecimiento que marca el comienzo de la era islámica.
Evidentemente, no se trata de una reliquia relacionada con la vida de Mahoma. Y precisamente por eso el interés que reviste es tal vez mayor. Una pesa estándar, utilizada en un asentamiento minero, habla de la vida cotidiana: del comercio, del trabajo, de las mercancías, de una economía que necesitaba medir y regular los intercambios. Junto con ese pequeño objeto, los arqueólogos sacaron a la luz 18 viviendas: habitaciones, pasajes y estructuras que formaban un asentamiento estable. Cerámicas esmaltadas y no esmaltadas, vidrio, adornos, cuentas, pulseras, piedras para moler y morteros completan el cuadro de una comunidad que no vivía únicamente de desplazamientos, sino que disponía de espacios organizados, actividades productivas y una vida doméstica compleja.
Ese es precisamente el aspecto en el que hoy se concentra una parte cada vez más importante de la arqueología en Arabia Saudita: reconstruir, a través de los vestigios materiales, la Arabia donde nació y se difundió el islam. No solo La Meca y Medina, por tanto, ni únicamente los lugares directamente vinculados con la biografía del Profeta, sino también las minas, los oasis, las aldeas, las rutas de las caravanas, los mercados y los lugares de descanso. En otras palabras, el entorno humano, económico y social que constituía el entramado real de la península arábiga entre la era preislámica y los primeros siglos de la Hégira.
Durante mucho tiempo, el conocimiento de la antigua Arabia y de los primeros siglos del islam dependió sobre todo de las fuentes escritas: el Corán, la tradición islámica, las biografías del Profeta, las crónicas posteriores, la literatura geográfica e histórica. Fuentes valiosas, por supuesto, pero a menudo redactadas mucho tiempo después de los acontecimientos que narran y, que en muchos casos, se centran en los principales protagonistas de la historia. La arqueología añade ahora otra voz: la de las casas, las calles, los utensilios, las inscripciones, los sistemas de medida y las rutas.
En Hillit esa voz es la de una comunidad minera. En otros lugares, es la de peregrinos y comerciantes. En el yacimiento de Al-Juhfah, uno de los lugares de parada ritual de la ruta de peregrinación, una misión de la Heritage Commission y de la Universidad de Exeter desenterró más de 1.700 objetos: cerámica, vidrio, objetos de piedra, conchas, hornos, un canal de agua e inscripciones funerarias de la época omeya y abasí. La procedencia de algunos materiales —del Levante, Egipto y Etiopía— devuelve la imagen de una península atravesada por personas y mercancías mucho más allá de los límites de las comunidades locales. Al-Juhfah era un punto de paso de la red de rutas de peregrinación (que tenía a La Meca como centro de cultos preislámicos) y su crecimiento en el siglo II de la Hégira muestra que el nacimiento del islam también fue organizando progresivamente nuevos espacios tanto religiosos como económicos.
Lo mismo ocurre con Qurh, en la zona de Al-Ula, un importante centro comercial situado sobre las antiguas rutas que unían el sur de la península con el norte. Las excavaciones están sacando a la luz edificios, mercados y caminos de la época islámica temprana, mostrando la función que cumplían las ciudades y los oasis en la red de intercambios que atravesaba Arabia. De esta manera, la historia de la primera expansión islámica empieza a observarse también desde abajo: no solo a través de los califas, las batallas y las conquistas, sino también a través de las infraestructuras que hicieron posible los desplazamientos, el abastecimiento y el comercio.
Es una perspectiva que modifica una imagen a menudo demasiado simplificada de la Arabia del siglo VII. La península no era un desierto uniforme poblado exclusivamente por tribus nómadas. La movilidad pastoril era sin duda un componente fundamental de la sociedad árabe, pero coexistía con oasis agrícolas, ciudades, centros artesanales y mineros, puertos, mercados y redes comerciales de larga distancia. Las investigaciones arqueológicas más recientes muestran, además, que la transición de la movilidad al sedentarismo fue un proceso largo y complejo. En el noroeste de la Península, por ejemplo, las excavaciones en el oasis de Jaybar han documentado una ciudad fortificada de la Edad del Bronce, datada entre el 2400 y el 1300 a. C., evidencia de una historia de asentamientos estables y de organización urbana bastante más antigua que el islam.
El objetivo, por lo tanto, no es buscar en la arqueología una confirmación material de los episodios narrados por las fuentes (religiosas o no). Sería una pretensión —o una tentación— metodológicamente frágil. Pero la arqueología sí puede ayudar a reconstruir el mundo en el que tuvieron lugar esos acontecimientos: la geografía de los desplazamientos, la densidad de los asentamientos, las relaciones económicas, las tecnologías, la circulación de personas y de ideas.
En este sentido, la Hégira —el 622 de la era cristiana, cuando Mahoma y sus seguidores dejaron La Meca para trasladarse a Medina— no es solo una fecha, sino también el comienzo de una nueva geografía histórica. Las rutas que recorrían las primeras comunidades musulmanas, los lugares de descanso, los pozos, los oasis y los centros de intercambio pasan a formar parte de una historia que la arqueología puede contribuir a hacer visible.
Es significativo que precisamente en estos años Arabia Saudita esté invirtiendo con creciente intensidad en la investigación de su propio patrimonio. El programa de excavaciones y prospecciones no se limita a los yacimientos más famosos, como Al-Ula y Hegra, sino que se extiende por un territorio inmenso y en gran parte aún inexplorado.
Desde esta perspectiva, incluso la pequeña pesa que se encontró en Hillit adquiere un significado especial. La palabra ratl grabada en la piedra no cuenta una batalla ni conserva el nombre de un soberano o de un caudillo. Habla de la necesidad profundamente humana de medir, intercambiar y organizar el trabajo. Es una huella mínima, pero fundamental, de una sociedad en proceso de transformación.
La investigación arqueológica saudita busca precisamente esto: no un único origen, sino un entramado de muchos orígenes. Y, a través de esa trama, un fundamento histórico más sólido para comprender cómo, en el siglo VII, el islam pudo nacer en Arabia y transformarse rápidamente en una de las grandes experiencias religiosas, culturales y políticas de la historia.
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