Milán (AsiaNews) - La Feria Internacional de Damasco nunca ha sido solo un espacio de stands comerciales y acuerdos económicos. En la memoria colectiva siria siempre ha sido una ventana al mundo. Desde su escenario, en los años sesenta y setenta, la gran cantante árabe Fairuz cantaba: «Damasco, ¿qué es la gloria? Tú eres la gloria que nunca se pone». Este recuerdo contrasta claramente con algunas escenas de la 63.ª edición de la Feria, celebrada del 26 de agosto al 4 de septiembre pasados. Presentada como prueba del relanzamiento económico de Siria, según los comunicados oficiales reunió a unas 1.000 empresas y organizaciones procedentes de casi 60 países. Cifras que no deben pasarse por alto, pero que por sí solas no bastan para decretar su éxito. De hecho, la Feria Internacional es también un escaparate: refleja la forma en que un país se ve a sí mismo y desea ser visto. Y es precisamente desde este punto de vista que la última edición ha suscitado inquietantes interrogantes.
De las canciones dedicadas a la ciudad a las canciones de venganza
En un vídeo que se ha difundido ampliamente en las redes sociales, un grupo de hombres actúa en un escenario que luce el logotipo del Ministerio de Cultura sirio. Cantan versos que maldicen las almas de Hafez al-Assad y de su hijo Bashar, mientras parte del público aplaude. La actuación se difundió como parte de un programa de canciones revolucionarias interpretadas por el grupo Sayhat Hurriya, «Grito de libertad».
Los sirios no necesitan que nadie les recuerde los crímenes atribuidos a los gobiernos de los Assad, ni el sufrimiento de los detenidos, los desplazados y las familias de los asesinados o desaparecidos. Tras décadas en las que incluso una leve crítica al presidente podía acarrear consecuencias devastadoras, la ira hacia el antiguo régimen no es ni sorprendente ni ilegítima. Pero la cuestión se centra en el papel que debería desempeñar un Ministerio de Cultura a la hora de dar forma a dicha expresión. Existe una diferencia sustancial entre un arte que documenta la represión, devuelve la voz a las víctimas y afronta un pasado violento, y un espectáculo que se sustenta en maldiciones, insultos y amenazas formuladas en términos genéricos contra los supuestos vestigios del antiguo régimen.
El término que se utiliza habitualmente para definirlos, «fulul», no distingue entre quienes cometieron crímenes, un antiguo funcionario público, un ciudadano de a pie que en el pasado se adaptó a la autoridad y quienes, sencillamente, no apoyan a los nuevos gobernantes del país. Cuando una institución cultural pone su escenario al servicio de la retórica de la venganza, no contribuye necesariamente a determinar las responsabilidades. Por el contrario, corre el riesgo de convertir la cultura en un instrumento de movilización política. Reduce de nuevo el país a sus gobernantes, limitándose a invertir los signos. Entre el culto a un líder y la maldición del anterior, el arte pierde la capacidad de imaginar una sociedad que vaya más allá del poder y la venganza.
Cuando el deporte se convierte en una lección religiosa
Un segundo vídeo procedente de la Feria mostraba a varios jóvenes realizando ejercicios físicos y acrobáticos, mientras un orador sostenía que el entrenamiento constante no era suficiente: sin la fe y la confianza en Dios, el deportista no podría alcanzar el éxito. Las imágenes avivaron el debate sobre por qué una exhibición presentada como deportiva se había transformado en una lección religiosa. Para muchos deportistas, la fe representa una auténtica fuente de fuerza, y cada uno tiene derecho a explicar su importancia en su propia vida. Pero el mensaje adquiere un significado diferente cuando es una institución pública la que presenta el éxito deportivo como algo que depende de la fe religiosa. Dar a entender que quien no cree, o concibe la fe de manera diferente, no puede tener éxito ni siquiera en la actividad física significa convertir un espacio común en una prueba indirecta de conformidad religiosa.
También las imágenes de la oración colectiva en la Feria han suscitado un acalorado debate. En el material difundido, hombres y mujeres aparecían situados en sectores completamente separados. Todas las mujeres visibles llevaban el velo, mientras que en la sección masculina predominaban religiosos y figuras con una vestimenta claramente atribuible al ámbito confesional.
La vestimenta no permite determinar la pertenencia religiosa de una persona, del mismo modo que una fotografía no puede demostrar que fuera del encuadre no hubiera miembros de minorías. Pero las imágenes públicas generan significados. En aquellas escenas concretas, la pluralidad religiosa y social de Siria no era visible; predominaba un único modelo de identidad pública.
El problema no es la oración, ni el velo ni la vestimenta religiosa. Poner a disposición un espacio de oración dentro de una gran exposición es totalmente razonable, y la libertad de culto constituye un derecho fundamental. Pero la preocupación surge del efecto acumulativo: la oración colectiva, los cánticos religiosos, la predicación insertada en un espectáculo deportivo y un programa público cuyos elementos más visibles parecían expresarse todos en el mismo registro ideológico.
La exclusión no comienza necesariamente con una ley que impida la entrada a un lugar determinado. Puede comenzar cuando cambia su naturaleza, cuando sus actividades se dirigen repetidamente a un único sector de la sociedad, cuando el mismo tipo de oradores ocupa sus escenarios y los mismos rostros definen su imagen pública. No es necesario decir explícitamente a los ciudadanos que no pertenecen a ese lugar. Puede ser la propia atmósfera la que transmita el mensaje.
El peso de la expresión «régimen alauita»
Esta transformación cultural coincide con el uso persistente de la expresión «régimen alauita» para referirse al anterior Gobierno. Es cierto que la familia Assad se apoyó en gran medida en redes familiares y de seguridad en las que los alauitas ocupaban puestos destacados. Sin embargo, sus estructuras políticas, militares y de inteligencia también contaban con figuras destacadas procedentes de otras comunidades. El principio que definía el sistema era la lealtad a la familia en el poder y a sus redes clientelares, no la representación de los alauitas como comunidad religiosa.
Reducir todo el régimen anterior a una confesión religiosa borra la distinción entre los responsables de los crímenes y los ciudadanos de a pie. Convierte la responsabilidad política y penal en una culpa colectiva atribuida desde el nacimiento. El riesgo aumenta cuando a esta definición se asocia un uso elástico de la palabra «fulul». Si quienes ostentan el poder pueden redefinir el término según sus necesidades políticas inmediatas, cualquier disidente puede, tarde o temprano, ser incluido en esa categoría.
Una auténtica justicia de transición no necesita cánticos de maldición. Necesita pruebas, expedientes, investigaciones independientes y juicios justos. Sobre todo, exige una distinción precisa entre responsables, víctimas, testigos y ciudadanos que han vivido bajo un sistema autoritario sin convertirse en responsables de sus crímenes.
Las minorías entre la violencia física y la exclusión simbólica
Los temores expresados por las comunidades minoritarias no son abstractos. La región costera siria ha sido escenario de actos de violencia generalizados que han afectado a civiles alauitas, mientras que en Suwayda se han producido abusos mortales contra las comunidades drusas y beduinas, en los que han participado diversos grupos armados. Una investigación de las Naciones Unidas sobre los actos de violencia ocurridos en Suwayda en julio de 2025 reveló que más de 1.700 personas fueron asesinadas y unas 200.000 se vieron obligadas a abandonar sus hogares. Según la investigación, los actos cometidos por las fuerzas gubernamentales, los combatientes tribales y los grupos armados drusos podrían constituir crímenes de guerra o crímenes contra la humanidad.
Las minorías sirias —alauitas, cristianos, drusos, ismaelitas, chiítas y kurdos— no se encuentran todas en las mismas condiciones. Los riesgos varían en función de la comunidad, el lugar y las circunstancias individuales. Pero lo que las une es la necesidad de un Estado que no convierta la identidad religiosa o étnica en la base de los derechos, la sospecha o el castigo.
La seguridad no consiste únicamente en la ausencia de asesinatos y secuestros. También significa que una mujer sin velo pueda entrar en una institución pública sin sentirse en conflicto con el modelo social que esta parece privilegiar. Significa que un cristiano, un alauita, un druso o un musulmán laico pueda subir a un escenario cultural sin ocultar su identidad ni tener que hacer una declaración de lealtad. Significa, además, que los ciudadanos religiosos puedan practicar libremente su culto sin que su fe sea apropiada y transformada en teatro político.
¿Un nuevo gobierno o un nuevo lenguaje de la lealtad?
Durante décadas, el Estado baasista gobernó a través de rituales familiares: los retratos del líder, las manifestaciones obligatorias, las muestras de lealtad en las escuelas, las universidades y los lugares de trabajo. Muchos no creían en lo que decían. Recitaban lo que creían que las autoridades querían oír. El peligro, hoy en día, es que este mecanismo sobreviva, limitándose a cambiar de contenido.
El retrato del líder puede sustituirse por un elemento religioso que se considere preferible. Los elogios al presidente pueden dar paso a maldiciones públicas dirigidas a su predecesor. La manifestación obligatoria del partido puede sustituirse por un acto en el que la participación se mida en función de la conformidad con una identidad aprobada.
La Feria Internacional de Damasco no puede reducirse exclusivamente a sus vídeos más polémicos. Es posible que haya acogido conferencias e iniciativas serias que hayan recibido menos atención. Pero la responsabilidad institucional también incluye el deber de impedir que una única corriente ideológica acabe eclipsando cualquier otro aspecto del evento.
El Ministerio de Cultura podría haber aprovechado la Feria para presentar la música, el teatro, la literatura y el patrimonio de las distintas regiones de Siria. Sobre todo, podría haber recuperado lo que Fairuz representaba en su día: un arte que no preguntaba a los oyentes a qué confesión pertenecían y no exigía una declaración de lealtad política antes de permitirles entrar en la sala.
El éxito del nuevo orden sirio no se medirá únicamente por la caída de las estatuas de Assad o por el número de empresas presentes en una feria. Se medirá por la capacidad del país para crear un espacio cívico compartido en el que todos los sirios puedan reconocerse.


















