Estambul (AsiaNews) - En una mezcla de “exaltación e instrumentalización” de los acontecimientos, Turquía conmemora el décimo aniversario del intento de golpe de Estado que, la noche del 15 al 16 de julio, hizo tambalear durante algunas horas el poder de Recep Tayyip Erdogan. Fue un ataque al corazón del sistema político e institucional turco, del que el “sultán” salió aún más fortalecido, impulsando en los años siguientes una serie de reformas —entre ellas la controvertida implantación del presidencialismo— que le han permitido consolidar aún más su control sobre el país. Un liderazgo fuerte —como lo demuestra la presencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la reciente cumbre de la OTAN, “solo porque fue invitado por Erdogan”, según explicó la Casa Blanca— y respaldado por una fuerte apuesta por la industria armamentística y de defensa, que ha alcanzado cifras y contratos récord. Erdogan también ha logrado extender la influencia de Turquía en Oriente Medio, desde Siria hasta el Golfo, a pesar de las numerosas sombras internas en materia de derechos y libertades —recientemente se reunió con referentes cristianos, pero continúan las violaciones y abusos contra la libertad de culto— y el nudo sin resolver de la cuestión kurda.
Erdogan: Un país más fuerte
El presidente recordó las dramáticas horas del golpe en un artículo publicado estos días con motivo del décimo aniversario, en el que celebra una nación más fuerte que en el pasado gracias al “espíritu de resistencia” que demostró entonces, un patrimonio que, sostiene, debe ser preservado. El sultán afirma que el 15 de julio fue una gran victoria, porque el pueblo defendió “su voluntad, la democracia y la independencia”. “Han pasado 10 años desde aquella noche funesta, cuando una gran nación —continúa— luchó, incluso a costa de su propia vida, por su independencia y su futuro”. Erdogan añade que el llamamiento que hizo a los ciudadanos para que salieran a las calles y ocuparan los aeropuertos en esas horas decisivas fue una expresión de su confianza en la conciencia democrática, la visión de futuro y el coraje de la nación.
“Nuestro pueblo no traicionó esa confianza. Defendió una vez más su independencia y su futuro”, prosigue. El presidente recuerda asimismo que 253 personas murieron y más de 2.000 resultaron heridas durante el intento de golpe de Estado. “Cada una de estas vidas es un ejemplo único del sacrificio, el coraje y el heroísmo demostrados para proteger la patria, la bandera y la voluntad nacional”. Asegura luego que Turquía continuará la lucha tanto dentro como fuera del país, que ha emprendido en la última década contra el movimiento de Fethullah Gülen, FETÖ, al que considera "la organización terrorista responsable del intento de golpe”. “Hemos erradicado a FETÖ —concluye Erdogan— en todos los ámbitos, desde la burocracia hasta el ejército, el poder judicial y el mundo de los negocios”.
Una fuente diplomática de AsiaNews en Ankara, bajo condición de anonimato por razones de seguridad, afirma que las autoridades turcas están conmemorando el décimo aniversario del golpe con “una enorme exaltación y una instrumentalización llevada al extremo”. El objetivo, explica, es “convertirlo en un llamamiento al nacionalismo con un enfoque providencialista y religioso islámico". En estos días, añade, se suceden marchas, conciertos, programas especiales de televisión con reconstrucciones épicas de los hechos. Por último, también se hace referencia al Mevlid [la celebración del nacimiento del profeta Mahoma, que en la tradición turca también designa un género literario poético], con “una vigilia fúnebre con la recitación del poema, como se hace el día del nacimiento del Profeta”.
Caza de brujas
Durante las convulsas horas del fallido golpe murieron 270 personas y miles resultaron heridas. En los días posteriores, los líderes del gobierno y el presidente Erdogan emprendieron una campaña de purgas contra intelectuales, políticos, militares y funcionarios que se consideraban cercanos a Fethullah Gülen, fallecido en octubre de 2024 y que siempre negó cualquier implicación en los hechos. Antiguo aliado de Erdogan y posteriormente convertido en el enemigo número uno, Gülen vivía exiliado en Estados Unidos y era considerado por Ankara el líder de una red que las autoridades calificaron como organización terrorista. Aunque siempre rechazó cualquier responsabilidad, tanto él como su movimiento fueron objeto de una auténtica caza de brujas.
La represión también alcanzó a periodistas, medios de comunicación cercanos a la oposición, docentes y funcionarios públicos. Todos los ámbitos de la vida política e institucional se vieron afectados por el hostigamiento policial y de los servicios de inteligencia, en una campaña represiva sin precedentes en Turquía que cosechó fuertes críticas en Occidente y marcó un progresivo distanciamiento entre Ankara y Washington. Decenas de miles de personas fueron arrestadas y cientos de miles perdieron su empleo como consecuencia de la línea dura impuesta por Erdogan, que desvirtuó profundamente la impronta laica del fundador de la Turquía moderna, Mustafa Kemal Atatürk, así como el orden social que durante décadas habían garantizado los militares. Una deriva de carácter nacionalista e islamista impuesta por el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del presidente.
Dos monumentos situados en la Gran Asamblea Nacional de Turquía (TBMM), uno de los principales objetivos del fallido golpe, recuerdan hoy los dramáticos acontecimientos de la noche del 15 al 16 de julio de 2016. Uno de ellos, con forma de obelisco, se construyó cerca de la Puerta de Dikmen, donde cayó la primera bomba contra el complejo del Parlamento. El lugar del impacto, protegido por una estructura de vidrio, se conoce como el “Monumento a los Mártires del 15 de Julio de la TBMM” (en la foto). Según la versión oficial, el intento de golpe de Estado no fue fruto de un plan improvisado en una sola noche, sino la culminación de meses de preparación, que se aceleró tras las elecciones generales del 1 de noviembre de 2015 y tuvo como protagonista al movimiento gülenista FETÖ. Desde entonces, el 15 de julio se convirtió en fiesta nacional y el antiguo Puente del Bósforo pasó a llamarse "Puente de los Mártires del 15 de Julio", en memoria de quienes perdieron la vida aquella noche.
El brazo largo de la represión
Según datos oficiales, entre 2016 y 2025, cerca de 390.000 personas fueron detenidas por supuestos vínculos con el movimiento gulenista y alrededor de 113.000 fueron puestas en prisión preventiva. También se cerraron 2.761 instituciones —entre ellas escuelas, asociaciones, fundaciones y medios de comunicación— y al menos 4.130 personas fueron condenadas a cadena perpetua o cadena perpetua agravada. Sin embargo, el aniversario es algo más que una simple conmemoración de las víctimas, también marca el profundo giro político del país, con la expansión del poder del gobierno, el desmantelamiento del movimiento de Gülen y la masiva campaña de arrestos y expulsiones. Seis días después del intento de golpe, el Parlamento declaró el estado de emergencia, que oficialmente concluyó el 19 de julio de 2018, pero cuyos efectos siguen siendo visibles hasta el día de hoy. Durante esos dos años, el presidente Erdogan gobernó principalmente mediante decretos de emergencia, emitiendo 32 en total, pero su forma de ejercer el poder se ha mantenido inalterada.
El politólogo Ersin Kalaycoglu sostiene que el impacto del estado de emergencia perdura hasta la actualidad. Aunque se levantó formalmente en 2018, las prácticas de aquel período en cierta medida se han institucionalizado. El Estado ha experimentado una transformación permanente y el recurso constante a los decretos ha dado lugar a una estructura extremadamente centralizada. La administración pública también ha sufrido cambios fundamentales: la burocracia ha pasado de ser un aparato con sus propios estándares profesionales y competencias científicas a convertirse en una administración que principalmente se limita a aplicar directivas políticas. Al mismo tiempo, los partidos de la oposición acusan al gobierno de haber extendido las purgas mucho más allá del movimiento de Gülen, porque no solo se ha perseguido y despedido a los presuntos simpatizantes, sino también a los activistas y voces críticas.
Por último, está el capítulo de los medios de comunicación y la libertad de prensa. Desde aquella fatídica noche de hace 10 años, Turquía ha asistido al progresivo desmantelamiento de los medios independientes mediante una combinación de encarcelamientos masivos, clausuras, sanciones administrativas y censura en internet. A esto se suma la creciente concentración de la propiedad de los medios en manos afines al gobierno. La represión, que al principio se centró en periodistas y medios acusados de tener vínculos con el movimiento de Gülen, se ha ido extendiendo gradualmente hasta alcanzar a cualquier voz crítica del gobierno.


















