Nom Pen (AsiaNews) - Miles de camboyanos que abandonaron sus hogares cuando el conflicto fronterizo con Tailandia estuvo a punto de convertirse en guerra se preparan para pasar el segundo año en alojamientos "temporales", en campamentos superpoblados y en condiciones insalubres. Es posible que algunos nunca regresen a sus casas: sus viviendas y las tierras de cultivo de las que obtenían su sustento se encuentran ahora detrás de barricadas y trincheras, ocupadas por soldados tailandeses fuertemente armados. Un año después del comienzo de las hostilidades, el gobierno camboyano informó que más de 20.000 personas siguen desplazadas, y entre ellas hay más de 6.000 niños.
Psicólogos especializados en conflictos, consultados por AsiaNews, consideran que la crisis humanitaria está generando un nuevo trauma intergeneracional en un país que todavía está marcado, en el plano psicológico y emocional, por el genocidio perpetrado por los Jemeres Rojos en la década de 1970 y por la posterior invasión vietnamita. Al igual que el trauma vivido por los supervivientes de los Jemeres Rojos, sostienen los expertos, el que hoy padecen los niños también puede transmitirse a las generaciones futuras. Los desplazados viven en minúsculas chabolas de chapa que dejan pasar el agua o en tiendas de campaña. Las deficientes condiciones de higiene, la limitada atención sanitaria, la falta de alimentos y la escasez de agua potable constituyen los principales problemas, explican los trabajadores humanitarios. “No son lugares dignos”, comenta un trabajador de una agencia occidental, que pide permanecer en el anonimato para evitar publicidad. “El gobierno y las ONG están haciendo todo lo posible, pero no es fácil, sobre todo ahora que ha comenzado la temporada de lluvias”.
La paz todavía está lejos
Bopha Moly, una madre de 42 años con tres hijos que vive en Rong Cham (“La aldea de la espera”), un campamento situado a casi 400 kilómetros al noroeste de Nom Pen, desea desesperadamente volver a su casa. “Es bueno que ahora los niños puedan ir a la escuela. Pero esto no es un hogar. Tengo miedo de que enfermen aquí. Y temo que nunca podamos regresar”.
En el lado tailandés, la mayoría de las personas que tuvieron que abandonar sus hogares durante el período de mayor tensión ya ha regresado. Camboya, mucho más débil en el plano militar, no ha ocupado territorio tailandés. A pesar de los intentos de la comunidad internacional por mediar en una solución, los dos gobiernos no están más cerca de un acuerdo y continúan discutiendo sobre la interpretación de los controvertidos mapas franceses de hace más de un siglo. Por otra parte, la tensión también se alimenta en las redes sociales, donde ciudadanos de a pie de ambos países intercambian insultos y mensajes cargados de odio. “Son más grandes que nosotros, pero nunca nos derrotarán”, dice a AsiaNews Chroeck Chhunieng, un ingeniero informático de 27 años que vive en Nom Pen. “Hemos tenido que soportar abusos a lo largo de toda nuestra historia. Pero nunca nos rendimos”.
En el conflicto ya han muerto más de 100 personas. En el punto álgido de las tensiones, alrededor de diciembre del año pasado, cerca de 1,1 millones de personas se vieron obligadas a abandonar sus hogares en ambos países. Otros 900.000 trabajadores migrantes camboyanos también tuvieron que huir de Tailandia, y muchos de ellos habían contraído grandes deudas para poder conseguir trabajo. Los enfrentamientos a gran escala estallaron el 24 de julio del año pasado, tras un incidente menor ocurrido en mayo. Los episodios de violencia más graves se registraron en diciembre, y desde entonces, ambos países se acusan mutuamente de haber violado el alto el fuego acordado ese mismo mes. El costo económico también ha sido elevado. Las Naciones Unidas estiman que solo la pérdida de las remesas le costará a Camboya casi mil millones de dólares en el bienio 2025-2026, lo que equivale a más del 1,8% del producto interno bruto.
Arteterapia: una luz de esperanza en medio del sufrimiento
En medio de este panorama sombrío, algunas organizaciones se están movilizando para marcar una diferencia significativa. Una de ellas es Phare Ponleu Selpak – "la luz de las artes"–, que está ayudando a miles de niños —algunos de apenas tres años— a adaptarse a su nueva vida y a sus nuevos hogares, con el objetivo de aliviar el trauma que han sufrido.
Fundada por un grupo de personas nacidas en los miserables campos de refugiados de Tailandia durante las guerras de las décadas de 1970 y 1980, la organización aprovecha las duras experiencias de su propia infancia para llevar esperanza y sanación a una nueva generación de niños traumatizados. Lo hace a través de la arteterapia: un nombre sofisticado para una actividad muy sencilla,que ofrece a los niños la posibilidad de dibujar, pintar, aprender música y jugar.
“Empezamos en agosto del año pasado como una intervención de emergencia para las familias que huían de los enfrentamientos en la frontera, pero poco a poco el trabajo se ha orientado hacia un apoyo continuo y de largo plazo”, explicó a AsiaNews Ponlork Van, responsable de comunicación de Phare. “Nos hemos comprometido a mantener abiertos los centros de actividades mientras los niños sigan viviendo en estos campamentos. Este año nuestro equipo sigue buscando nuevos asentamientos donde todavía se necesita ayuda, a medida que las familias son trasladadas".
Hacia finales del año pasado, Phare observó un patrón trágicamente familiar: se cerraban pequeños campamentos, pero sus residentes eran reubicados en asentamientos más grandes y pensados para una permanencia prolongada. “Si no hay una intervención, el trauma provocado por el desplazamiento forzado puede arraigarse de forma permanente”, afirma Van. El desplazamiento prolongado priva a los niños de una infancia normal. “El estrés prolongado puede sustituir la sensación de normalidad por un estado permanente de miedo y de mera supervivencia —añade—. La exposición continua al conflicto y al desplazamiento puede provocar trastornos de salud mental a largo plazo”. Phare fue fundada por personas que crecieron en el que fue el mayor campo de refugiados del Sudeste Asiático y uno de los más grandes del mundo: el Site 2, cerca de Aranyaprathet, en Tailandia.
Cait McMahon, una psicóloga australiana con décadas de experiencia en el trabajo con víctimas de traumas de guerra en el Sudeste Asiático, señala que el arte y la música son herramientas ideales para ayudar a los niños a sanar. “En la arteterapia los niños no necesitan usar palabras ni expresarse verbalmente”, explica a AsiaNews. “No hay ninguna presión y eso favorece que establezcan vínculos con otros niños. También puede ayudar a los más pequeños a aprender a regular sus emociones a través del juego y a sentirse más seguros de sí mismos y de su propio cuerpo. Estos son aspectos fundamentales para los niños traumatizados. El trauma te priva de la sensación de poder y de control. Este tipo de terapia puede ayudar a recuperarla”.


















