Loikaw, la Iglesia en el largo camino de regreso

En la diócesis del estado de Kayah, sacerdotes y fieles regresan a edificios destruidos, terrenos sembrados de minas antipersona y aldeas desiertas. El obispo Celso Ba Shwe relata a AsiaNews la reconstrucción de la comunidad católica y la difícil búsqueda de la paz tras cinco años de guerra civil.

por Alessandra De Poli

Milán (AsiaNews) - Mientras la diplomacia sigue debatiendo planes de paz que hasta ahora han quedado en letra muerta, la guerra civil birmana sigue dejando a su paso edificios destruidos, minas antipersona, aldeas desiertas y millones de desplazados. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean) ha pedido a la junta militar birmana que demuestre “avances concretos” en la aplicación del plan de paz de cinco puntos, una propuesta para poner fin al conflicto que presentó el bloque regional y que en más de cinco años de guerra nunca llegó a implementarse. Pero la realidad sobre el terreno demuestra que resulta muy complicado hablar de reconciliación incluso en las zonas liberadas.

La catedral devuelta, un regreso a medias

En la diócesis de Loikaw, capital del estado de Kayah, los militares han abandonado el complejo de la catedral de Cristo Rey y el centro pastoral, que ocupaban desde noviembre de 2023, lo que ha permitido el regreso de dos sacerdotes, cuenta Mons. Celso Ba Shwe, de 61 años, obispo de Loikaw desde 2023. “Ahora podemos volver —explica a AsiaNews—. Pero es un regreso parcial, porque el centro pastoral presenta graves daños y todavía no tiene agua ni electricidad. Por ahora, la diócesis solo ha reparado la planta baja, destinada a alojar sacerdotes ancianos o enfermos, y las primeras obras en la catedral han permitido reabrirla al culto, aunque “de forma provisional”, aclara Ba Shwe, “solo para poder utilizarla”.

Los fieles también están regresando poco a poco, sobre todo las familias que se habían refugiado en Taunggyi, la capital del estado de Shan, o en Mandalay, una de las ciudades controladas por los militares, donde el costo de vida se ha vuelto insostenible para aquellos que han perdido sus fuentes de ingresos. Sin embargo, volver no significa recuperar sus hogares. “Muchas casas han sido quemadas”, explica el obispo. A menudo los que vuelven tienen que alquilar otra vivienda, más barata que la que ocupaban en las grandes ciudades, pero aún así alquilada. Y, sobre todo, tienen que hacer frente a un enemigo invisible: las minas antipersona. Un sacerdote que volvió hace poco al centro diocesano para restablecer la electricidad, sigue diciendo el obispo, encontró varias de ellas dentro del perímetro de las instalaciones. Cuando alguien descubre una mina, el procedimiento consiste en avisar a los soldados para que la retiren, pero el costo de la operación corre por cuenta de quien solicita la limpieza del terreno y resulta especialmente complicada porque nadie conoce la ubicación exacta de todas las minas. En los primeros tiempos de la guerra, los más cruentos para Loikaw, que en pocos meses quedó prácticamente vacía de sus 50.000 habitantes, sembraron los alrededores de toda la ciudad con minas.

Por eso la mayoría de los católicos de la diócesis permanece en la selva, en unos 300 campos de desplazados internos donde viven más de 150.000 personas. Allí, en una parroquia levantada en medio de la vegetación de la selva birmana, es donde todavía vive el obispo. Llegar hasta allí desde el centro diocesano hoy requiere dos días de viaje en lugar de la hora y media que llevaba recorrer la carretera principal, ahora intransitable.

La resignación después de las elecciones

Las elecciones que organizó la junta militar a principios de año y llevaron a la presidencia al general Min Aung Hlaing, no han modificado la esencia de la crisis. Tras cinco años de conflicto, predomina en la población un sentimiento de mera resignación. “Las personas están sufriendo de verdad y ya no quieren volver a casa en las condiciones en que la que se encuentran. Pero, por el momento, no podemos hacer nada al respecto”. El miedo sigue acompañando a mucha gente: aquellos que en el pasado se adhirieron al Movimiento de Desobediencia Civil (Civil Disobedience Movement, CDM), una protesta pacífica de los empleados públicos tras el golpe de Estado de 2021, corren el riesgo de ser arrestados si regresan a la ciudad. Lo mismo ocurre con aquellos que tienen familiares que se han unido a la resistencia. Por eso a muchos jóvenes no les queda más remedio que emigrar a Tailandia o a otros países vecinos.

El cansancio hoy también predomina entre aquellos que se unieron a la lucha, sobre todo a las Fuerzas de Defensa del Pueblo (People’s Defence Forces, PDF), las milicias que se formaron después del golpe de Estado. “Muchos pensaban que esta revolución duraría dos o tres meses, tal vez un año, como mucho dos. Ya van cinco años y están cansados de luchar”, sigue explicando Mons. Ba Shwe. A las divisiones internas de los grupos armados se suma la preocupación por mantener a sus familias: “Si sigues luchando no tienes un salario, no tienes dinero para mantener a tu familia”.

Una de las consecuencias más duraderas de la guerra es la interrupción de la educación de los más pequeños. “Es muy difícil para los niños ir a la escuela en los campamentos de desplazados”, explica el obispo. La diócesis ha organizado aulas informales, pero son programas que no están reconocidos por las autoridades. Quienes terminan la secundaria en la selva, si algún día regresan a la ciudad, tendrían que empezar de nuevo, “desde quinto grado de primaria”, señala el obispo. Por eso les ha pedido a las religiosas de la diócesis que permanezcan en los campamentos junto a las familias, “para ocuparse de la educación de los niños”. Incluso en Loikaw las escuelas siguen cerradas, mientras que en algunas ciudades bajo control militar “están empezando a reabrir”.

Una comunidad que conserva la esperanza

A pesar de todo, Mons. Ba Shwe vuelve a describir, como lo hizo hace un año, una comunidad que conserva la esperanza y mira hacia el futuro. Los campamentos de desplazados de su diócesis, cuya capacidad va de unas pocas decenas hasta cientos de familias, suelen ser comunidades mixtas donde conviven católicos, cristianos bautistas y budistas en los mismos espacios, pero donde la caridad de la Iglesia, que se ofrece sin distinción de credo o etnia, sigue siendo reconocida incluso por quienes no son cristianos: “Muchos budistas que no ven a sus monjes desde hace tiempo se alegran de encontrarse con los sacerdotes católicos”. Cada vez que una comunidad se traslada a un nuevo campo, lo primero en lo que piensan los fieles es dónde construir una iglesia, “aunque sea temporal, con bambú o plástico”. Allí es donde la gente encuentra “consuelo y esperanza”: estar acompañados por religiosos es para ellos la señal de que “Dios no nos abandona”.

Las iglesias siempre son austeras: una cruz, una lona y algunas tablas de bambú que se deben reconstruir después de cada temporada de lluvias. Sin embargo, algunos campamentos de desplazados han tomado un camino diferente, y lo que antes eran campamentos de desplazados se están convirtiendo en verdaderas parroquias con sacerdotes y religiosas residentes. Muchos, explica Mons. Ba Shwe, han vendido lo poco que les quedaba en Loikaw para trasladarse de manera definitiva: “Al principio pensaban que duraría poco. Después comprendieron que no terminaría pronto y se mudaron”. Es una señal de renuncia al regreso, pero también de la capacidad de la Iglesia para echar raíces incluso en medio del desarraigo.

El camino, aún incierto, hacia la reconciliación

Hace pocas semanas Mons. Ba Shwe fue recibido en Roma por el papa León XIV junto con todos los obispos birmanos. “Por lo general, reunirse con el Santo Padre es muy difícil, disponemos de muy poco tiempo. Esta vez tuvimos una hora y cuarenta y cinco minutos”, cuenta, aún emocionado. Cada obispo pudo exponer las dificultades de su propia diócesis. El Papa alentó a los obispos a ser pacientes y a mantenerse firmes en las enseñanzas sociales de la Iglesia, pero insistió sobre todo en el compromiso con la reconciliación cada vez que se presente la oportunidad. “No debemos apoyar a este o aquel grupo, debemos mantenernos en el medio”, resume el obispo. “Esa es nuestra tarea ahora”.

Es precisamente en el tema de la reconciliación en el que más se centra Mons. Ba Shwe ante la consulta sobre los posibles pasos hacia la paz. En este momento, hay una situación de estancamiento entre posiciones irreconciliables: el gobierno militar exige a los grupos armados que depongan las armas y se rindan; los grupos étnicos armados, por su parte, exigen respeto, comprensión y un diálogo auténtico, y consideran inaceptable que se les pida la rendición. Sin embargo, explica el obispo, en sus contactos con diversos grupos étnicos armados siempre encuentra la misma convicción: “Seguir luchando no es la solución. La guerra no es la solución. Esta guerra solo terminará en una mesa de negociaciones, mediante el diálogo, el encuentro mutuo”. Admite que falta la confianza necesaria para llegar a este punto. Pero es un terreno que la Iglesia en Myanmar ya ha transitado. El obispo emérito de Loikaw, monseñor Sotero Phamo, contribuyó a mediar entre el ejército y los grupos étnicos armados hace treinta años, lo que le valió la reputación de “obispo de la paz”.

La situación actual es diferente. En aquel momento el conflicto enfrentaba únicamente al ejército con los grupos armados étnicos; hoy, con la incorporación a la lucha de un sector más amplio de la población y de las Fuerzas de Defensa del Pueblo, el panorama es más complejo y difícil de resolver. No obstante, Mons. Celso Ba Shwe recibe constantemente de ambas partes el mismo pedido:  que la Iglesia muestre el camino hacia la paz. “Siempre nos están observando, están atentos a lo que dice la Iglesia”, concluye. “Es una tarea enorme. Pero después de cinco años de sufrimiento, la gente realmente lo desea”.

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