Milán (AsiaNews) - "No me había dado cuenta de lo profundo que era mi dolor". No son solo las palabras de una madre que toma conciencia del sufrimiento de su hija adolescente. También son las palabras con las que esa madre, Liang Hong, profesora de la Universidad Popular de Beijing, comienza el prólogo de su último libro, "Que haya luz" (Yao you guang). Publicado en septiembre de 2025, este ensayo muestra, como nunca antes, la angustia de muchas familias chinas que enfrentan las complejas dinámicas de la relación con sus hijos.
Durante la adolescencia, muchas chicas y varones pueden atravesar situaciones de malestar psicológico, a menudo provocadas por las presiones del entorno, que los llevan a tomar decisiones drásticas, como abandonar los estudios.
Los resultados de una investigación publicada en 2025 por el Instituto de Psicología de la Academia China de Ciencias y Duguo, una plataforma en línea que ofrece apoyo psicológico, muestran que el 53,85% de los adolescentes entrevistados con un diagnóstico confirmado de trastorno emocional había dejado de asistir a la escuela en algún momento. La edad promedio en que esto ocurrió por primera vez eran los 13 años. Por otra parte, datos más recientes difundidos también por Duguo en 2026 indican que el 74,9% de los alumnos de escuela secundaria que participaron en una encuesta del portal había pensado en negarse a ir a clase.
Las historias de los adolescentes
Este fenómeno llevó a la autora a plantearse una pregunta: en una época de relativa abundancia material, ¿por qué tantos jóvenes sufren distintas formas de angustia emocional? Para encontrar una respuesta, Liang recorrió durante tres años distintas localidades de China y recogió testimonios de adolescentes, padres, docentes, psiquiatras y consejeros psicológicos.
Uno de los casos que más la impactó fue el de un alumno de secundaria baja con buenas perspectivas académicas, a quien le asignaban cada semana ejercicios adicionales de inglés, una materia en la que tenía algunas dificultades, para que el docente pudiera supervisar sus progresos. Sin embargo, la carga de estudio llegó a ser tan pesada que, aunque permanecía despierto hasta altas horas de la noche, no conseguía terminar las tareas porque estaba agotado. La sensación de agobio, sumada al temor de decepcionar al profesor, comenzó a provocarle ataques de ansiedad. Finalmente, el malestar se volvió tan grave que dejó de asistir a clases, y después se cambió a otro instituto.
La experiencia de este joven se parece mucho a la de Xiaomi, otra de las protagonistas de "Que haya luz". Durante las vacaciones anteriores al tercer año de secundaria baja, estudió con profesores particulares hasta ocho horas diarias. Cuando comenzaron nuevamente las clases se sentía tan débil que tenía la impresión de que no tenía fuerzas en todo el cuerpo. También estaba obsesionada con la opinión de sus profesores y hasta su madre insistía en que debía preocuparse por lo que pensaran de ella. "¿Será así toda mi vida?", comenzó a preguntarse angustiada. "No puedo afrontar el tercer año. La secundaria superior será todavía más difícil, después vendrá la universidad y, más adelante, ¿cómo haré para encontrar trabajo?".
Cuando la presión se vuelve insoportable, muchos jóvenes, como Xiaomi, llegan incluso a preguntar a sus padres qué sentido tiene vivir y por qué los trajeron al mundo.
En su libro, Liang Hong también relata una conversación que presenció entre un adolescente de Beijing llamado Wu Yong y su madre. El joven no soportaba la idea de pasar los años escolares resolviendo ejercicios repetitivos, con el único objetivo de aprobar el examen nacional de ingreso a la universidad (el ya famoso Gaokao). Una noche les hizo a sus padres esta reflexión: "Mi trauma es el trauma de toda la sociedad y de toda la civilización. [...] No es simplemente el trauma de un adolescente de Haidian [distrito de Beijing], ni algo que se pueda curar con terapia".
En estas palabras tan contundentes, Liang Hong encontró la clave para interpretar el sufrimiento psicológico que afecta a las generaciones más jóvenes. Para la autora, "no debemos preguntarnos qué le pasó a mi hijo o en qué me equivoqué yo. El problema está en las dificultades y los conflictos no resueltos de toda la sociedad. Tenemos que abordarlo desde una perspectiva más amplia".
El sufrimiento de los adolescentes chinos tiene en gran medida su origen en el ámbito familiar y está profundamente arraigado en la cultura de muchas sociedades de Asia oriental. "Las jerarquías rígidas, el sentido de autoridad y la facultad de juzgar y menospreciar arbitrariamente a los hijos entran en profundo conflicto con la conciencia que los jóvenes nacidos en la década de 2010 tienen de su propia vida", afirma la autora.
Desajuste afectivo
Este "desajuste afectivo" reside en la incapacidad de considerar a los hijos como personas completas e independientes, y se hace especialmente evidente cuando su rendimiento escolar no está a la altura de las expectativas de los padres. En esos casos, muchos reaccionan con dureza o enojo e incluso recurren al castigo físico, sin detenerse nunca a considerar la situación desde el punto de vista del joven. El amor termina reducido a una mera transacción: "Nosotros te damos casa y comida; tu única obligación es sacar buenas notas".
Esto ocurre porque muchos padres, que construyeron su propia trayectoria profesional gracias al éxito académico a pesar de las situaciones económicas a menudo difíciles, tienden a juzgar a sus hijos a partir de su experiencia personal y esperan que sigan el mismo camino.
Sin embargo, advierte la autora, imponer a los hijos estándares sociales rígidos puede tener efectos perjudiciales y contraproducentes en su personalidad. Decirle a un niño que todavía no ha desarrollado plenamente la capacidad de percibir el mundo que lo rodea ni ha descubierto la belleza de la vida, frases como "si no ingresas en una universidad prestigiosa, no conseguirás un buen trabajo; si no tienes un buen trabajo, no encontrarás una buena pareja; y si no encuentras una buena pareja, nunca tendrás una vida feliz" termina imponiéndole una presión abrumadora.
Liang Hong también señala que, en ocasiones, son los propios padres quienes obstaculizan la reforma del sistema educativo. Cuando en algunas regiones se estableció el sábado como día no lectivo en las escuelas secundarias superiores, fueron precisamente ellos quienes primero se opusieron, alegando que los jóvenes perderían el tiempo con videojuegos.
Las respuestas (y las especulaciones)
Liang Hong sabe que cambiar un modelo cultural es un proceso largo y complejo. Por eso, espera que, mientras tanto, los profesionales que trabajan en el mundo de la educación adopten un enfoque más humano hacia los estudiantes.
Aunque las autoridades competentes están investigando el fenómeno de la deserción escolar entre los adolescentes y buscando medidas adecuadas, en la práctica persisten numerosos obstáculos. El miedo a los hospitales, la falta de energía provocada por la depresión, el temor a ser etiquetados como "enfermo mental" tras un diagnóstico y el escaso conocimiento de los servicios de atención psicológica dificultan que los jóvenes acepten buscar ayuda profesional.
Muchos de ellos siguen encerrados en sus habitaciones, a veces incluso descuidan su higiene personal y evitan el contacto con los demás. Esta situación puede desembocar en lo que la psicología define como regresión en el funcionamiento cotidiano y las habilidades sociales.
Ante la falta de atención profesional adecuada, los padres suelen recurrir a centros especializados que ayudan a los jóvenes a reincorporarse a la escuela, pero sus tarifas son demasiado elevadas. En los últimos años han surgido diversas organizaciones que se aprovechan del sufrimiento de las familias: primero las atraen con cursos gratuitos o de bajo costo y después las inducen a contratar costosos paquetes educativos.
Por último, quedan muchas preguntas sin respuesta sobre el futuro de los adolescentes que abandonan la escuela: si vuelven a clase, ¿recibirán el apoyo necesario para recuperar los contenidos? ¿Serán más flexibles los criterios de evaluación? ¿Un diagnóstico psiquiátrico puede condicionar sus oportunidades profesionales? Las escuelas y las autoridades educativas todavía tienen que encontrar respuestas a todas estas cuestiones.



















