La hipócrita fiesta de las elecciones rusas

Cuanto más se acercan las elecciones parlamentarias del 20 de septiembre en Rusia, más empeño ponen las autoridades en exhibir su postura autoritaria. Y lo más paradójico de esta historia es que tanto el gobierno como la oposición, incluyendo los liberales del partido Yábloko, participan activamente en el juego.

por Stefano Caprio

Otra vez hay una "fiesta en nuestro patio de recreo", como dice el periodista y disidente soviético Aleksandr Podrabinek: "niños ya crecidos se preparan para jugar a las elecciones", que se celebrarán el 20 de septiembre, cuando concluye la octava legislatura de la Duma Estatal, y también en varias regiones de la Federación Rusa. Todos entienden perfectamente que no se trata de verdaderas elecciones, sino de "una farsa total, aunque el juego en sí mismo resulta apasionante". Es posible imaginar que todo es real, desde la inscripción de los candidatos hasta la obtención de escaños en el Parlamento. Se puede usar la imaginación y pedir a los demás que sigan el juego para hacerlo más creible. Para que todo sea como en la vida adulta, como en las democracias.

Lo más paradójico de esta historia es que tanto el gobierno como la oposición, sobre todo los liberales de Yábloko, participan activamente en el juego. Cada bando tiene sus razones, pero hay algo que tienen en común todos los jugadores: ambos afrontan las elecciones de manera utilitaria y manipuladora. Las elecciones en sí mismas, convertidas desde hace tiempo en una farsa, interesan muy poco a nadie. El enfoque pragmático del Gobierno responde al deseo de conservar la fachada democrática; la oposición quiere demostrar su capacidad de resistencia a pesar de la represión y el deterioro de las instituciones democráticas. Pero el juego estaba tomando un cariz preocupante, y el 10 de agosto la Corte Suprema de Moscú anuló la inscripción de Yábloko en las listas electorales, a pedido del partido ultranacionalista Rodina, por supuestas irregularidades menores en la confección de las listas.

Esto llevó la escenificación del enfrentamiento político a un nivel aún más paradójico y puso de manifiesto la creciente popularidad de los liberales, especialmente entre los jóvenes rusos. Las previsiones estaban situando al partido —fundado en la década de 1990, durante la época de Yeltsin— en un posible 20% de los votos, lo que resultaría inaceptable para el Kremlin. A la espera de la decisión sobre el recurso que podría permitirles volver a participar en las elecciones, los dirigentes de Yábloko hacen declaraciones triunfalistas, como si ya hubieran ganado: el fundador histórico del partido, Grigori Yavlinski, recuerda el lema electoral "¡Por la paz y la libertad!" y llama a detener las operaciones militares y a iniciar verdaderas negociaciones de paz. El presidente del partido, Nikolái Rybakov, afirma que "de esta manera, el poder respalda a quienes están llevando al país a la catástrofe", mientras que el jefe de la sección de Moscú, Kirill Goncharov, ironiza diciendo que "todos agradecemos y hacemos una reverencia a quienes nos han excluido, porque dan la razón a quienes nos apoyan, que en el futuro sabrán elegir a quién votar".

Las razones de la oposición están claras, pero su manera de afirmarse resulta bastante desafortunada: es como si un poeta que busca reconocimiento llegara al lugar de una ejecución pública y, aprovechando la gran multitud reunida en la plaza, comenzara a recitar sus poemas sobre la naturaleza desde el patíbulo. Quizá sean poemas hermosos, pero de alguna manera parecen fuera de lugar. No hay necesidad de trivializar las elecciones convirtiéndolas en una opereta mediocre con un final previsible, ni restarles importancia diluyendo su contenido en función de cálculos políticos. El periodista Podrabinek, que pasó cinco años y medio en un campo de reclusión soviético por sus ideas en favor de la democracia, se pregunta si vale la pena "ignorar los principios del sistema electoral y la idea del parlamentarismo por una ventaja política efímera".

En efecto, resultaba bastante extraño que un gobierno tan autoritario como el de Putin se involucrara en juegos tan fútiles: ¿por qué una dictadura personalista necesitaría una transformación democrática? Las respuestas pueden variar, pero lo cierto es que a las tiranías les gusta dar una buena imagen, les gusta fingir que son democráticas y, a veces, llegan bastante lejos para conseguirlo. En la Unión Soviética, la participación en las elecciones era obligatoria y estaba estrictamente controlada por las autoridades del partido, las autoridades locales y los servicios de seguridad del Estado. Al mismo tiempo, los candidatos del bloque de comunistas y de los no afiliados al partido en las elecciones para el Soviet Supremo obtenían siempre el 99,9% de los votos, un porcentaje obligatorio, y en las repúblicas bálticas anexadas y rebeldes, el 99,8%: al fin y al cabo, el juego debía tener al menos una apariencia de verdad.

En la Alemania nazi, en las elecciones para el Reichstag de 1936, en las que tampoco había adversarios, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán obtuvo el 98,80% de los votos, y en 1938, el 99,08%. Como es de imaginar, la participación electoral en ambas "elecciones" superó el 99%. En las "elecciones parlamentarias" de Corea del Norte en marzo de este año, el Frente Democrático para la Reunificación de la Patria, integrado por el Partido de los Trabajadores de Corea, los socialdemócratas, el Partido de los Jóvenes Amigos del Camino Celestial y candidatos independientes, obtuvo el 99,93% de los votos. La participación electoral, por supuesto, fue del 99,99%. En las elecciones parlamentarias cubanas de 2023, el gobierno comunista designó a 470 candidatos y todos fueron elegidos. Un éxito del 100%, sin trucos electorales ni otras maniobras democráticas, que le recordó a Podrabinek un chiste sobre las elecciones de la época soviética: Dios lleva a Adán junto a Eva y le dice: "Bien, Adán, ahora elige a tu esposa".

En algunos países con gobiernos despóticos se permiten ciertas excepciones, dentro de ciertos límites que no amenacen la estabilidad del régimen. Irán celebra verdaderas elecciones parlamentarias y presidenciales, pero el poder efectivo, tanto de facto como constitucionalmente, reside en el líder espiritual del país, el Rahbar, y en los órganos estatales que dependen de él, como el Consejo de Discernimiento de la Conveniencia del Sistema y el Consejo de Guardianes. Si todo el poder está firmemente concentrado en manos de un autócrata, ¿por qué no permitirse un poco de democracia?

El Kremlin hoy está jugando al mismo juego. Cuanto más se acercan las elecciones, más empeño ponen las autoridades en exhibir su postura autoritaria. Algún político emigrado recibe una condena severa pero imposible de aplicar, alguna figura de la oposición es calificada de "agente extranjero", y ahora Yábloko no sabe si podrá participar en las elecciones. Esto sirve para demostrar a todos que las autoridades se toman en serio las elecciones y temen perder, para que nadie piense que se trata de una serie interminable, de un espectáculo mediocre que se representa desde hace más de un cuarto de siglo en el escenario ruso. Es como si los adultos jugaran con niños y gritaran: "¡Ay, qué miedo, qué miedo!", mientras el niño, ríe eufórico y quiere volver a empezar el juego una y otra vez.

De manera similar el gobierno ruso pone en escena unas "elecciones democráticas" con la oposición, que incluye a los comunistas, los liberal-nacionalistas y los socialistas de Rusia Justa. Un miembro de la oposición ríe a carcajadas, y después otro, y para demostrar que las elecciones son un acontecimiento nacional serio, el gobierno encarcela periódicamente a los miembros de la oposición y a los observadores que participan en el juego. Entonces todos empiezan a decir que el gobierno realmente teme una victoria de la oposición y por eso recurre a la represión política, como si, teóricamente, el partido gobernante pudiera perder estas "elecciones". Se señala que ha caído el apoyo a Rusia Unida y han crecido otros partidos, más o menos leales al régimen, y de ese modo se logra el objetivo. Con este método bárbaro, el Gobierno construye una apariencia de autenticidad para sus elecciones-farsa, mientras las desafortunadas víctimas del régimen pagan con su libertad y el gobierno las utiliza para dar credibilidad a otro fraude a escala nacional.

La diferencia entre las elecciones "de fachada" y las elecciones auténticas es muy sencilla y clara, como señala Podrabinek: "Las elecciones parlamentarias auténticas conducen a la elección honesta de representantes del pueblo para el Parlamento y, si esto no sucede y las elecciones no son auténticas, la oposición no debería legitimar una gran farsa participando en ella solo para demostrarle algo a alguien o para transmitir su mensaje político". Los políticos de la oposición deberían buscar otras formas de expresarse y consolidar a sus seguidores sin desnaturalizar la institución electoral, como intentaba hacer el mártir de la disidencia contra Putin, Alekséi Navalny, que no desdeñaba el "voto inteligente" a distintos partidos, pero buscaba fomentar en el pueblo un sentido de responsabilidad que parece haberse perdido definitivamente en el patio de recreo del Kremlin.

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