La psicóloga Kira Merkun afirmó en Radio Svoboda que “la guerra es una forma de envejecimiento acelerado”. A pesar del culto a la eterna juventud que se proclamaba en la década de 2000, los ciudadanos rusos se están viendo profundamente afectados por la “operación militar especial” y han perdido el espíritu contestatario de su juventud. Merkun evoca lo que denomina la “Operación de Sodoma y Valaquia”, y que Mijaíl Bulgákov describe en una novela de hace cien años, donde el profesor Preobrazhenski utilizaba cínicamente ovarios de mona para rejuvenecer a una clientela de dudosa reputación que había surgido durante el cambio de régimen; entre sus clientes se encontraban personas que podían emitir el “documento final”, pero ni siquiera eso pudo salvarlas. Después de todo, los “soñadores del Kremlin” también utilizan la guerra como un agente rejuvenecedor para aumentar su adrenalina; la droga de la guerra ha revitalizado su sangre, pero también acelerará su fin. La vida bajo la influencia de la guerra no dura más que la propia guerra.
Otro estudioso que cita Merkun es el profesor soviético Vladímir Frolkis, gerontólogo de prestigio internacional y miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York, que pasó toda su vida en Kiev. Frolkis consideraba que el envejecimiento es una forma de muerte lenta provocada por el estrés. El envejecimiento y el estrés tienen mecanismos y consecuencias similares, un fenómeno conocido como “síndrome de estrés-envejecimiento”. La expectativa impuesta del fin del mundo y la certeza de alcanzar el paraíso, que ha alimentado en reiteradas oportunidades Vladímir Putin, están empujando a los trabajadores rusos del frente interno hacia un estado de "envejecimiento acelerado”, con síntomas psicológicos que incluyen pesimismo, depresión, ansiedad y fobia social, además de la caída del cabello, la pérdida de dientes y el deterioro de la inteligencia y la memoria.
El estrés causado por la guerra se puede combatir o evitar de forma activa. O bien uno puede adaptarse o resignarse, si la alternativa es la muerte. Cuando las personas se adaptan al estrés como si fuera algo normal, se convierten en agresores por principio (“¡Voy a matarlos a todos!”) o en víctimas (“No puedo hacer nada”). La división de la sociedad según esos roles crea un ambiente tenso y tóxico, con un alto riesgo de sufrir agresiones incluso en los lugares más inesperados. La agresividad inconsciente es más aterradora que la agresividad consciente y controlada.
El envejecimiento acelerado afecta sobre todo a quienes han optado por una forma de “indefensión aprendida” con la esperanza de obtener la clemencia de un destino cruel mediante la sumisión, volviéndose invisibles a su mirada vigilante. La estrategia de la víctima consiste en comprarse una salida, retirarse y renunciar poco a poco a su vida y a sus logros a cambio de un breve período de paz. Al igual que los ancianos, muchos rusos que todavía son vigorosos se han apresurado a refugiarse en cómodas burbujas informativas y sociales para permanecer en una feliz ignorancia.
Para que un rostro vuelva a sonreír es necesario que la persona mantenga contactos sociales reales. A los ancianos se les aconseja hacer las compras por sí mismos, sin discutir con nadie, resistiéndose a los familiares que quieren pedirles comida a domicilio, como hicieron durante la pandemia. Los rostros inexpresivos que se ven en la calle son inquietantes; la falta de reacción de la persona con la que se habla es desalentadora. ¿Es este el resultado de una “espiral del silencio”, del deseo de ocultar los verdaderos sentimientos y pensamientos para complacer a la mayoría? ¿Y quién puede saber lo que piensa la mayoría si ella también guarda silencio? Antes las personas conversaban con naturalidad; ahora observan al otro con atención, lo evalúan con recelo y buscan cualquier motivo para cuestionarlo.
Los estudios han demostrado que, incluso después de 60 años, los hijos de la guerra siguen mostrando una profunda desconfianza, independientemente de que su país haya ganado o perdido. Viven toda la vida como ancianos, dispuestos a renunciar a la alegría en nombre de su tranquilidad personal. Durante la guerra, los adolescentes desarrollan la imagen de un “mundo peligroso” y levantan barreras psicológicas para la comunicación. En condiciones adversas, se vuelven agresivos y vengativos, y se preguntan constantemente cómo enfrentarse a los acosadores, a los compañeros de clase y a los profesores.
La mayoría de los rusos todavía no se reconoce como víctima del frente interno y busca la causa de sus males en desengaños amorosos, un clima hostil o incluso la ingeniería genética. Los sentimientos de ansiedad y de culpa por la desgracia colectiva buscan una vía de escape evocando experiencias pasadas de fracaso. Las “víctimas” padecen trastorno de estrés postraumático no por la guerra en curso, sino por antiguos conflictos entre padres e hijos o por los dramas sentimentales de su juventud. Demonizan y culpan a personas de su pasado: padres, antiguas parejas, viejos amigos o colegas con los que tuvieron conflictos. La guerra ha sacado a la luz un abismo de traumas personales no resueltos, con un efecto devastador. El terror a la muerte inminente envejece a todos, y vuelve crueles a los ancianos.
Tal como ocurre en la película soviética de suspenso “Diez negritos” de 1987, dirigida por Stanislav Govorujin, que alcanzó una enorme popularidad durante la guerra soviética en Afganistán, y cuya trama se ha convertido en un leitmotiv de la vida en el frente interno ruso. Los protagonistas quedan atrapados con un asesino serial en una isla alejada del continente. La historia explora los miedos más profundos de los rusos y el deseo de los ciudadanos postsoviéticos de enfrentarse a todo tipo de maníacos y estafadores que buscan dinero, fama y privilegios. En la historia, un viejo juez vive su último gran triunfo enviando al más allá a diez personas elegidas, incluido él mismo. Es la típica fantasía de un anciano, tanto si forma parte de la élite del Kremlin como si está fuera: encerrar junto con él a todas las personas valiosas y partir rápidamente al paraíso o al infierno; al fin y al cabo, ¿qué más da?, los otros morirán de todos modos. La escena clave y la frase simbólica “¡Este es el final, y tú lo sabes!” sale de los labios del viejo guerrero, el general MacArthur, interpretado por Mijaíl Gluzski.
Como la película contaba con artistas famosos, rostros conocidos y queridos, Gluzski interpretó al primer y, hasta ahora, único general en retiro presentado como “uno de los nuestros” en el cine ruso, que al final se arrepiente amargamente y acepta la sentencia como un alivio. Cuando el cerebro no es capaz de procesar la experiencia presente, la reflexión se reduce a evocar malos recuerdos, a rebuscar entre trastos viejos. Eso es lo que les ocurre a los ancianos solos, que intentan restablecer mentalmente la justicia y defender tardíamente sus derechos: recuerdos fragmentarios, obsesiones, el mismo monólogo repetido todas las noches, conversaciones fatídicas que nunca ocurrieron ni ocurrirán jamás con aquellos que se han ido hace mucho tiempo, que están lejos, que desaparecieron o murieron.
La guerra ha servido de pretexto no solo para sacar a la luz el clásico resentimiento nacional ruso, sino también para la regresión personal de los ciudadanos que han perdido la perspectiva de una vida normal, aunque sea mínimamente significativa. La mayoría de la gente percibe el colapso del horizonte de planificación como la inminencia del fin del mundo, una excusa para ajustar cuentas con quienes les hicieron daño. A veces parece una danza gitana con una salida de escena, cuando las personas intentan fingir la victoria para evitar la responsabilidad interior por lo que han hecho en la vida.
Ante la pregunta diagnóstica: “¿En qué piensa cuando se mira al espejo?”, los pacientes rusos han empezado a responder: “no tenemos espejo”, “no me miro”. Han empezado a evitarlos, o incluso a colocar los espejos detrás de las cómodas o a ponerlos mirando hacia la pared, como si hubiera un muerto en la casa. El espejo es un ojo externo que mira con reproche, que humilla, que provoca sufrimiento. Una pareja joven declaró que los espejos son vulgares, cosas propias de personas inseguras. Se cree que en el Kremlin los retiraron incluso antes e instalaron pantallas que proyectan viejas grabaciones. A juzgar por los testimonios, la gente también ha empezado a desconectar timbres y porteros eléctricos para sentirse invulnerable al menos dentro de su casa, y los repartidores se desesperan porque no pueden entregar un regalo o un ramo de flores a algún cumpleañero un poco excéntrico.
Los que se encierran en su casa desarrollan el síndrome de Diógenes: una pérdida de las capacidades básicas de comunicación y de higiene, incluida la costumbre de lavarse y cepillarse los dientes. ¿Y para qué molestarse? Nadie puede verlos; una prueba indirecta de ello es la caída del consumo de detergente. La creciente pobreza ha añadido el tema de la austeridad a todas las desgracias de los rusos; pero, sobre todo, reina el caos en sus mentes. Cuando Rusia vuelva a ser grande, se presentará ante el mundo como una mujer salvaje, amargada, descuidada y envejecida, y ese será, sin duda, su fin.

















