La periodista Galina Sidorova, exdirectora de la revista Sovershenno Sekretno, se pregunta si, en el contexto de los ataques de represalia con drones y misiles lanzados por Kiev en todo el territorio ruso, "los lamentos inarticulados de los oligarcas rusos lograrán finalmente poner bajo control la nave del Kremlin y apartar del timón al capitán enloquecido". Porque ahora Rusia es un país cerrado a toda comunicación con el exterior, donde tratan de "encerrar a las personas, a algunas en cárceles y hospitales psiquiátricos, a otras en sus casas, y blindar el país, mientras intentan llegar hasta todo lo que hay fuera de sus fronteras... Para la cofradía de los ancianos disfuncionales de Putin, esto se ha convertido tanto en un credo como en un instrumento para su propia supervivencia política". Las recientes amenazas del presidente ucraniano Volodímir Zelenski, según las cuales "ya no se puede considerar seguro el espacio aéreo ruso", están haciendo que sus habitantes tengan una sensación cada vez más fuerte de vivir en una "cárcel rusa"
Como en los tiempos "gloriosos" de la pandemia de covid, cuando todos estaban obligados a permanecer en casa y nadie iba a ninguna parte, en los últimos días apareció sorpresivamente un documento sobre la visa que deben gestionar los rusos para salir del país, probablemente inspirado por los servicios del FSB, que establece nuevas reglas para viajar a los "países hostiles". Esto solo se podrá hacer en grupos turísticos de al menos diez personas, y que cuenten con un itinerario aprobado; obviamente, se ha hecho en nombre de la seguridad de los ciudadanos, pero en la práctica se trata de exigir una autorización oficial para cualquier salida de la Federación Rusa.
La restricción de la libre circulación estuvo vigente durante casi toda la existencia de la URSS, cuando era necesario solicitar un permiso, denominado "visa de salida", a través del Departamento de Visados y Registros, el OVIR, una división especial del Ministerio del Interior. El turismo solo estaba permitido en grupos organizados, y los ciudadanos soviéticos generalmente podían vacacionar en la pacífica Bulgaria socialista. Solo con un buen comportamiento se podía "ganar" luego el derecho a admirar las bellezas de alguna capital occidental. Los estudiantes destacados y los héroes del trabajo del "mejor país del mundo" eran premiados con un viaje al Occidente "en decadencia".
Galina Sidorova era una excelente estudiante de francés y tuvo la suerte de viajar al exterior por primera vez gracias a un programa de intercambio estudiantil, para asistir a un curso de idiomas de dos semanas en París a mediados de los años setenta. Las instrucciones eran estrictas: no debían hablar con desconocidos, sobre todo si se les acercaba alguien en la calle, porque, según decían, siempre hay disidentes malintencionados "que intentan entregarte material peligroso", como la revista Russkaja Mysl, una de las principales publicaciones de los emigrados rusos en Francia en aquel entonces. Si querían salir, debían hacerlo en grupos de al menos tres personas, y la violación de las "reglas" se castigaba con la expulsión del instituto.
Se les daba una pequeña cantidad de dinero para comprar recuerdos, les proporcionaban comida durante el horario de clases y desayunaban y cenaban en el hotel. Galina recuerda que "nos alojábamos en un lugar espléndido, no lejos del Louvre, en un viejo hotel con los suelos que crujían... prácticamente no teníamos tiempo libre, pero nuestros jóvenes corazones ansiaban salir a conocer la ciudad cada vez que se presentaba la oportunidad". También había un cine cerca, donde a medianoche proyectaban El exorcista, una película de terror de la que habían oído hablar a pesar de la Cortina de Hierro, ya que ese tipo de películas no se producían ni se distribuían en la URSS. Así que esperaron hasta que todos estuvieron dormidos (o por lo menos "acovachados en sus refugios"), y dos brillantes estudiantes, paralizadas por el miedo ante cada crujido, se dirigieron hacia la salida del hotel para correr al cine.
Hoy en Rusia todo está organizado, de un modo u otro, como lo estaba al final de la era de Brézhnev, pero al adoptar las prácticas de sus predecesores soviéticos, Putin no ha comprendido que una desconfianza generalizada hacia todos y hacia todo solo es una señal de debilidad del Estado. Sin embargo, en guerra en todos los frentes y en un contexto en el que una parte de la generación mayor ya ha experimentado la libertad de salir del país y la generación más joven se ha instalado en la World Wide Web, el "capitán" del Kremlin, exhausto, ha alcanzado nuevas cotas de brutalidad y sofisticación. Sobre todo porque Rusia es un país de restricciones perpetuas, fáciles de imponer y aún más fáciles de olvidar. Por ejemplo, las restricciones contra el Covid-19 siguen vigentes en muchas regiones, y las autoridades recurren a ellas cuando necesitan prohibir manifestaciones. Tampoco se ha suspendido la movilización para la guerra, de modo que, si fuera necesario renovarla en octubre —cosa de la que hoy se habla en todas partes en Rusia—, no tendrán que anunciar nada nuevo, sino que simplemente se intensificarán las medidas previstas por el decreto de Putin.
Lo mismo ocurre con las "visas de salida", cuyas primeras "víctimas" hoy son las fuerzas de seguridad: los agentes del FSB en servicio activo están sujetos a una prohibición absoluta de viajar. Por ley, esta prohibición puede extenderse incluso hasta cinco años después de que concluya su servicio. La posibilidad de que los funcionarios del Ministerio del Interior y de la Guardia Nacional abandonaran el país estuvo inicialmente bloqueada por decretos internos y, cuando comenzó la invasión de Ucrania, la norma pasó a formar parte de la legislación federal. En julio de 2022 se introdujeron sanciones penales para los ciudadanos con autorización para acceder a secretos de Estado que viajaran al exterior sin permiso, lo que afectó directamente a jueces, fiscales e investigadores con dicha autorización. En agosto de 2023 se aprobó una ley sobre la entrega de pasaportes extranjeros que obliga a todos los funcionarios públicos y miembros de las fuerzas de seguridad que posean dichas autorizaciones a depositarlos en los organismos estatales para su custodia. Desde mayo de 2024, jueces, abogados, diputados y senadores están obligados a notificar por escrito al FSB y al Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) al menos 30 días antes del viaje, especificando el itinerario, las fechas, el medio de transporte y la dirección en el exterior.
El resto es previsible, si se recuerda otra norma de la época soviética: después de cada viaje de trabajo se debe entregar el pasaporte al responsable de personal. Aunque, obviamente, los periodistas no tienen acceso a ningún secreto de Estado, en estos tiempos los empleados del sector público son los primeros que sufren estas restricciones, y sin duda el Estado encontrará la manera de retirar y custodiar los documentos de viaje de todos los ciudadanos "rusos comunes" que no estén directamente bajo su control. Dada la actual tendencia mundial a cerrar las fronteras, que supone un retroceso de décadas para la humanidad, es poco probable que estos abusos internos provoquen indignación, incluso en democracias desarrolladas, como ocurría durante la Guerra Fría. Por último, se podría imponer una prohibición total de entrada y salida de ciudadanos de la Federación Rusa mediante la ley marcial, que en Rusia se establece por medio de un decreto presidencial especial.
Todo esto forma parte de la misma tendencia y constituye la principal herramienta contra aquellos que amenazan al Kremlin. Desde 2022, más de dos mil personas han sido acusadas de alta traición, espionaje y colaboración con un Estado extranjero "en perjuicio de Rusia", como consecuencia lógica de que el país se haya cerrado al exterior. En 2025, el número de personas arrestadas por estos delitos fue treinta veces superior al de 2021 y, en los primeros seis meses de 2026, otras 312 personas se sumaron a las filas de los "traidores" condenados, un récord absoluto. De ellas, solo el 4% del total tenía acceso a secretos de Estado. La pena media por traición aumentó de 12 a 16 años y diez personas fueron condenadas a cadena perpetua; otras trece murieron bajo custodia.
Los científicos han sido objeto de especial atención por parte de las fuerzas del orden: se les ha privado de la libre comunicación con colegas extranjeros y toda investigación ha quedado bajo la vigilancia de los servicios secretos. No es difícil imaginar lo que esto significa para el desarrollo de la ciencia. Después de 2022, cerca de quince científicos han enfrentado cargos de traición, y diez de ellos tenían más de 60 años cuando fueron detenidos. La principal acusación era haber participado en proyectos conjuntos con extranjeros y haber presentado sus trabajos en congresos científicos internacionales.
Hace poco, Putin dejó escapar una pregunta: "Cuando termine la operación SVO, ¿qué haremos?". Al parecer, se la plantearon algunos voluntarios que prestaban ayuda en el frente, aunque en realidad parece más bien una reflexión sobre sus propias pesadillas. Y el presidente respondió con firmeza: la guerra debe continuar. Después de todo, como afirmó su portavoz, Dmitri Peskov, para Rusia, esta es "la crisis perfecta", que llena "toda la vida de nuestro pueblo de unidad y fortaleza moral".
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