Manipur, monseñor Lyngdoh: la violencia, una herida colectiva

El arzobispo de Shillong y presidente de la NEIRBC habla con AsiaNews sobre la reciente escalada de violencia en este estado del noreste. El prelado recuerda las «numerosas vidas perdidas, familias destrozadas, casas abandonadas y lugares de culto reducidos a cenizas». Al menos 41 viviendas y varias iglesias han sido destruidas en Makui.

por Nirmala Carvalho

Delhi (AsiaNews) - «Nuestros corazones están profundamente afligidos al ser testigos de la violencia constante, los desplazamientos y el sufrimiento que desde hace tiempo afligen a nuestros hermanos y hermanas en Manipur». Son palabras cargadas de angustia y preocupación las que ha confiado a AsiaNews monseñor Victor Lyngdoh, arzobispo metropolitano de Shillong y presidente del Consejo Regional de Obispos del Noreste de la India (NEIRBC). Una advertencia relacionada con la crisis sin resolver en este estado indio, escenario desde hace tiempo de violencia étnica y confesional que afecta directamente también a la población cristiana. «Se han perdido numerosas vidas —afirma el prelado—, miles de familias han quedado destrozadas y se han visto obligadas a abandonar sus hogares, y lugares sagrados de culto han quedado reducidos a cenizas».

Al menos 41 viviendas pertenecientes a residentes naga, además de varias iglesias comunitarias, fueron destruidas durante una intensa oleada de incendios provocados que duró 12 horas en la zona de Makui, en el distrito de Kangpokpi (Manipur). Los actos de violencia comenzaron alrededor de las 14:30 horas del pasado 23 de septiembre y se prolongaron durante toda la noche hasta las 2:30 de la madrugada siguiente, lo que agravó las tensiones en este estado del noreste de la India, ya devastado desde hace tiempo por el conflicto.

Según los representantes locales y las autoridades de las aldeas, la destrucción ha afectado gravemente a tres asentamientos principales del grupo de Makui. En concreto, han quedado completamente arrasadas 17 viviendas en Makui Chamriupui, ocho en Makui Thanamba y 16 en Makui Thebram. También se han denunciado episodios similares de incendios provocados y actos de vandalismo selectivos en las aldeas naga circundantes, entre ellas Langka, Kapningching y Tajeikaiphun.

Los desplazados y los líderes de la comunidad sostienen que los ataques coordinados fueron perpetrados por militantes armados kuki, quienes podrían haber actuado en el marco del acuerdo de «Suspensión de las operaciones» (SoO) firmado con el Gobierno. Las autoridades de la aldea de Makui han condenado enérgicamente los hechos, calificándolos de intento deliberado de alejar a la comunidad indígena Liangmai Naga del vital corredor viario Imphal-Tamenglong (IT) y de apropiarse de las tierras ancestrales de la tribu. Una escalada que se inscribe en un contexto de tensiones étnicas e inestabilidad en la región, en la que también se ha registrado una emboscada a lo largo del mismo corredor que se saldó con víctimas civiles.

Aunque las fuerzas de seguridad estatales no han informado de víctimas en los incendios, los habitantes de la zona han explicado que lo que evitó una masacre fueron las señales de alarma oportunas, que permitieron a cientos de familias huir a los bosques cercanos justo al inicio de los actos de violencia. Sin embargo, persiste la grave crisis humanitaria en los campamentos de acogida improvisados —como el de Makui Khunjao—, donde cientos de mujeres, niños y ancianos desplazados tienen dificultades para conseguir artículos de primera necesidad, refugios de emergencia y provisiones alimentarias.

«El sufrimiento que está padeciendo la población —subraya monseñor Victor Lyngdoh— es una herida en nuestra conciencia colectiva; no podemos permanecer en silencio mientras el odio desgarra el tejido social de nuestra región». Por último, el arzobispo ha lanzado un llamamiento urgente a todas las partes implicadas, a los líderes de las comunidades y a los gobiernos estatal y central para que superen la retórica divisiva y busquen activamente una solución pacífica. «Condenamos sin reservas la violencia en todas sus formas, sea quien sea su autor. Ninguna reivindicación, por muy legítima o arraigada que esté en la historia, puede encontrar una solución justa a través de incendios provocados, represalias o el uso instrumental de las redes sociales para difundir rumores maliciosos y un odio profundo. La violencia solo genera más violencia, atrapando a las comunidades —concluye el prelado— en un ciclo infinito de represalias».


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