Milán (AsiaNews) - Lo que probablemente confiere mayor relevancia al acuerdo de cooperación en el ámbito de la defensa, firmado el pasado 17 de septiembre en París por el rey Abdullah II de Jordania y el presidente francés Emmanuel Macron, es el momento en que se firmó. Mientras el jefe de Estado francés y el soberano hachemita ponían por escrito el compromiso de profundizar en la colaboración militar y de seguridad entre ambos países, Oriente Medio parecía añadir nuevos focos de conflicto a una guerra que ya no conoce fronteras. En Yemen, los hutíes estaban consolidando sus posiciones en la costa del mar Rojo, llegando de hecho a reforzar su control sobre Bab el-Mandeb, el estrecho por el que transitan importantes rutas comerciales y energéticas entre el mar Rojo y el océano Índico. Al mismo tiempo, se produjeron nuevos ataques contra objetivos saudíes. El 17 de septiembre, Arabia Saudí interceptó un dron que se dirigía a Taif, tras los lanzamientos de misiles y drones de los días anteriores.
La «contradicción» jordana
Pero son los acontecimientos más recientes (el 19 de septiembre, el ataque a Riad y contra una instalación del gigante petrolero Aramco en Yanbu, en el Mar Rojo) los que muestran con claridad lo difícil que resulta ya para los Estados de la región mantenerse al margen del conflicto. Jordania, más que ningún otro país, conoce esta dificultad.
De hecho, el pequeño Reino hachemita se encuentra en una posición geográfica que lo expone prácticamente a cualquier agitación regional: al norte, Siria; al oeste, Israel y Cisjordania; al sur, Arabia Saudí; mientras que al este se abre la ruta iraquí hacia Irán. A esto se suma un elemento que dista mucho de ser teórico: la masiva presencia militar estadounidense en territorio jordano, lo que convierte a Amán en un objetivo.
La base aérea Muwaffaq Salti de Azraq, donde están acuarteladas fuerzas estadounidenses, ha sido alcanzada en las últimas semanas por misiles iraníes, lo que ha causado daños a varias aeronaves estadounidenses. Ya en julio, un ataque iraní contra la base había causado víctimas entre los militares estadounidenses. Jordania se encuentra así en una delicada encrucijada: es un aliado muy, muy estrecho de Washington, pero al mismo tiempo debe evitar que su territorio se convierta en una extensión de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán.
Es en este contexto donde debe interpretarse el documento franco-jordano. La declaración conjunta firmada en París califica de «esencial» la colaboración entre ambos países en materia de defensa y seguridad, y subraya que la coordinación franco-jordana debe contribuir a los esfuerzos por lograr una «desescalada» regional. El texto precisa que proporcionará «un marco global» para organizar los distintos aspectos de la cooperación militar y de seguridad y para reforzar la capacidad de ambos países para hacer frente a «los nuevos retos y las amenazas en constante evolución».
Amán, «piedra angular»
Hay un pasaje de la declaración que refleja especialmente bien la situación en la que se encuentra Amán. «El presidente de la República Francesa ha reafirmado el compromiso de Francia de apoyar la seguridad y la estabilidad de Jordania», reza el documento, que define dicha seguridad como una «piedra angular» de la estabilidad de Oriente Medio. Y París, en el mismo texto, condena «con la máxima firmeza» los ataques iraníes que han afectado a Jordania, confirmando su solidaridad con el Reino Hachemita.
No se trata, desde luego, de una garantía automática de intervención militar francesa en caso de un nuevo ataque, sino de un compromiso político e institucional que adquiere especial relevancia para un país que a menudo se percibe a sí mismo como un vaso de barro entre vasos de hierro. Para Abdullah II, esto significa poder contar con un canal adicional de cooperación militar, junto a la histórica relación con Washington, y reforzar sus capacidades defensivas.
De hecho, la propia declaración vincula la seguridad nacional con el contexto regional. Francia y Jordania «han reafirmado la necesidad de garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz» y, en el mismo punto, «la seguridad marítima y la libertad de navegación en el mar Rojo y en el estrecho de Bab el-Mandeb». La referencia a estas dos vías navegables no es casual: Ormuz se ha convertido en uno de los principales puntos de fricción en el enfrentamiento con Irán, mientras que el Mar Rojo se ve de nuevo afectado por la ofensiva de los hutíes.
Los demás frentes
Es el mismo enfoque el que se desprende de la parte dedicada al Líbano. Abdullah y Macron, junto con el presidente libanés Joseph Aoun, inauguraron en París una reunión del Proceso de Aqaba dedicada a las Fuerzas Armadas libanesas. Objetivo: movilizar el apoyo internacional, identificar las necesidades del ejército, respaldar los esfuerzos del Líbano para «reforzar la soberanía sobre todo su territorio» y garantizar «el monopolio del Estado sobre las armas» (la referencia es al desarme de Hezbolá), recordando también la aplicación de la resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU.
La referencia a las instituciones estatales vuelve a aparecer también al hablar de Siria. París y Amán reafirman su apoyo «a la unidad, la seguridad, la estabilidad y la soberanía de Siria» y a los esfuerzos del Gobierno de Damasco por la reconstrucción, «respetando las aspiraciones del pueblo sirio y los derechos de todos sus componentes».
La cuestión palestina ocupa otro pasaje fundamental. Francia y Jordania piden «medidas concretas, según un calendario claro», encaminadas al nacimiento de un Estado palestino independiente y soberano dentro de las fronteras del 4 de junio de 1967, con Jerusalén Este como capital, junto a Israel «en paz y seguridad». Ambos países reitran su oposición a cualquier intento de anexión de Cisjordania y de traslado de la población palestina, y condenan el proyecto israelí denominado E1 (que tiene como objetivo la conexión territorial entre Jerusalén Este y la parte central de Cisjordania). En el mismo pasaje, Macron reconoce «el papel esencial» de la monarquía hachemita como guardiana de los Lugares Santos de Jerusalén.
Gaza también figura en el documento. París y Amán piden la aplicación del plan de paz estadounidense y de la resolución 2803 del Consejo de Seguridad, junto con la «protección de los civiles» y el acceso a la ayuda humanitaria «sin obstáculos y en cantidad suficiente». Mientras en la Franja continúan los ataques aéreos israelíes, con nuevas víctimas palestinas incluso en los últimos días, el balance total facilitado por las autoridades sanitarias de Gaza ha superado los 73 900 muertos desde octubre de 2023.
Por último, hay un capítulo que, para Jordania, tiene un valor, como mínimo, vital: el relativo al agua. Francia confirma su participación financiera y la de sus empresas en el proyecto para desalinizar el agua en Aqaba y transportarla hasta Amán, una de las principales infraestructuras con las que Jordania intenta hacer frente a su escasez crónica de agua. El objetivo es producir unos 300 millones de metros cúbicos de agua potable al año.
La cooperación militar, por tanto, es solo una de las piezas del rompecabezas de esta relación. Pero es la que adquiere mayor relevancia en el contexto actual. Francia, potencia europea con un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, opta por vincular su presencia regional a la seguridad de uno de sus socios árabes más cercanos. Jordania, por su parte, refuerza una relación que puede ofrecerle mayores capacidades y nuevos interlocutores, mientras se ve expuesta a los efectos nefastos de una guerra que no ha elegido y en la que están implicados, directa o indirectamente, casi todos sus vecinos.
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