Petróleo y gas. La crisis del Golfo impulsa las rutas terrestres

Desde Anatolia hasta Siria, las nuevas rutas para superar los bloqueos de Ormuz y Bab el-Mandeb. El analista Amer Al Sabaileh dijo a AsiaNews: "Los hutíes necesitan menos recursos para condicionar el tráfico en el mar Rojo. Mil alternativas para pensar la seguridad energética en otros términos".

por Dario Salvi

Milán (AsiaNews) - La escalada de la guerra en Oriente Medio, que ha reactivado el frente yemení, con el progresivo bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb, que se suma al cierre de Ormuz –dos rutas cruciales para el transporte de petróleo y gas– está alterando los equilibrios en materia energética. Riad anunció que podrían agotarse las reservas de petróleo destinadas a la exportación si en los próximos días no se reactiva el principal oleoducto este-oeste, un nodo estratégico atacado con drones y misiles por las milicias rebeldes hutíes que ha provocado pérdidas de hasta el 4% de la oferta mundial. Esta perspectiva agravaría la escasez de suministros y ha llevado los precios de los combustibles y del gas natural a máximos históricos. Ayer, en Asia, el Brent subió un 3% y se situó en 107 dólares por barril.

Una quinta parte del comercio mundial de petróleo y una cuarta parte de los envíos de gas natural licuado (GNL) transita por Ormuz, y, hasta ahora, la única alternativa real para los barcos era Bab el-Mandeb, la puerta meridional del mar Rojo. Ante una situación potencialmente complicada, los gobiernos y operadores del sector buscan rutas alternativas, comenzando por Irak, que se propone aumentar sus exportaciones a través de Siria y Turquía. "La intervención hutí puede agravar una situación energética que ya es muy delicada", afirma el profesor y analista geopolítico Amer Al Sabaileh, experto en cuestiones de Oriente Medio, seguridad internacional y políticas de procesos de paz en zonas de crisis, que colabora con varios medios, entre ellos The Jordan Times.

"No podemos –explica a AsiaNews– considerar lo que ocurre en el mar Rojo como un fenómeno separado de la estrategia iraní. Teherán ha comprendido que, si no consigue impedir por completo el funcionamiento de Ormuz, puede intentar atacar rutas alternativas que permitan a los países del Golfo reducir el impacto del bloqueo del estrecho". Este enfoque, explica, se basa en la capacidad de ejercer presión sobre la energía y, a través de ella, sobre la economía y la política. El analista considera la comunidad internacional tiene claramente la responsabilidad de no haber sabido ofrecer una respuesta "decidida", bajo la égida de la ONU, para garantizar la libertad de navegación. "En consecuencia, la reacción de los hutíes –señala– también se puede interpretar como un intento de ampliar el problema", porque cuentan con una posición geográfica especialmente favorable para amenazar la navegación, aunque no dispongan de la capacidad militar de un Estado. Basta con hacer que una ruta sea más peligrosa, costosa y menos previsible, y aunque no se trate de una situación destinada a prolongarse indefinidamente, puede tener efectos significativos sobre todo a corto plazo.

Rutas alternativas

Ormuz es una de las principales rutas de exportación de petróleo y gas licuado del mundo. Antes de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, por el estrecho transitaban casi 20 millones de barriles diarios de exportaciones procedentes de los Estados del Golfo. Ahora, los flujos diarios se estiman entre seis y ocho millones. En cuanto al gas, la situación es aún más grave. Qatar, el mayor productor de la región, tiene dificultades para exportar siquiera una parte debido a los daños que sufrió su centro de distribución de Ras Laffan durante los ataques de Teherán. El escenario de riesgo creado por Ormuz y Bab el-Mandeb no solo somete a presión dos puntos neurálgicos para el suministro mundial, sino que también genera un doble cuello de botella para el comercio mundial. Por eso se están buscando corredores terrestres y puertos seguros, mientras los países se esfuerzan por diversificar las fuentes y abrir nuevas rutas de tránsito.

Dos rutas terrestres como el TANAP –Trans-Anatolian Natural Gas Pipeline, gasoducto que conecta el yacimiento de Shah Deniz 2, en el mar Caspio, en Azerbaiyán, con la frontera occidental de Turquía– y el oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (BTC) constituyen alternativas válidas. Otras vías de transporte, como el eje Kirkuk-Ceyhan (Irak-Turquía) y las terminales de almacenamiento y carga de alta capacidad de Ceyhan, resultan fundamentales para la estabilidad en un momento de grave incertidumbre. Recientemente, el ministro iraquí de Petróleo, Bassem Mohammed Khudair, anunció la intención de aumentar las exportaciones de petróleo a través de Siria y del puerto turco de Ceyhan. Bagdad, continuó el ministro, tiene "un plan futuro para aumentar la capacidad de exportación, mediante oleoductos que pasan por Siria y el puerto de Ceyhan, en Turquía, a más de un millón de barriles", llevando la capacidad total a cinco millones diarios. Para alcanzar ese objetivo es necesario completar infraestructuras estratégicas que se extienden hacia Faysh Khabur y Baniyas, además de Ormuz. Por su parte, Siria firmó el 18 de julio dos memorandos de entendimiento con Irak y un consorcio de empresas internacionales para reactivar el tramo Kirkuk-Baniyas.

Seguridad energética

Lo que está ocurriendo obliga a los países de la región "a pensar la seguridad energética en otros términos", afirma Al Sabaileh. "Ya no se trata solo de encontrar una única alternativa a Ormuz, sino de construir una red de rutas alternativas: oleoductos y gasoductos hacia el Mediterráneo, conexiones terrestres, el uso del golfo de Aqaba y del puerto de Aqaba –en Jordania–, la posibilidad de llegar al Mediterráneo a través de distintos corredores y, en el futuro, incluso conexiones con puertos israelíes. Estos –prosigue– son los 'mil cauces' que permitirían reducir la vulnerabilidad ante la interrupción de una arteria principal", teniendo también en cuenta la "dimensión geopolítica: Irán tiene interés en mantener la presión sobre el mercado energético internacional y, por consiguiente, cualquier nueva ruta que reduzca el impacto de Ormuz puede convertirse en objeto de presión directa o indirecta". En el pasado, Teherán ya utilizó "actores regionales" para influir sobre los países vecinos y hoy se observan "dinámicas similares" en Yemen con los hutíes.

"La novedad –afirma el experto– es que los países del Golfo ya no buscan una solución temporal, sino que apuntan a una verdadera diversificación de las infraestructuras energéticas. Algunos proyectos de oleoductos y conexiones terrestres pueden reducir la dependencia tanto de Ormuz como, en ciertos casos, de Bab el-Mandeb, pero no serán suficientes". Los principales actores "están tratando de encontrar la manera de reducir su exposición a las grandes rutas marítimas y esto explica la atención que prestan a Siria, Jordania, Aqaba y también a posibles conexiones con el Mediterráneo oriental". El eje Irak-Siria "puede adquirir cierta importancia en un momento de emergencia, pero creo que no sería muy prudente considerar el transporte terrestre, en particular por carretera, como una solución estratégica a largo plazo". "Hay demasiados obstáculos para que sea eficaz, entre ellos infraestructuras, capacidad, costos, seguridad, inestabilidad política y, sobre todo, la necesidad de atravesar territorios altamente vulnerables". Sin embargo, en estas circunstancias se evalúa cualquier posibilidad y este es el aspecto más interesante, porque "la crisis está obligando a pensar no ya de manera individual, sino en términos de una red energética regional". Esta evolución, añade, puede tener consecuencias políticas, al desarrollar una posición más coordinada frente a la presión iraní.

Tráfico Turquía-Israel

Otro factor está relacionado con el tráfico clandestino entre países aparentemente rivales que salió a la luz en una investigación conjunta de Oil for Change International (OCI) y el Center for Research on Multinational Corporations (SOMO). La investigación demuestra la presencia de "intermediarios" entre Turquía e Israel. Desde el Golfo hasta la cuestión palestina y Gaza, son muchos los temas que han enfrentado al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, en un durísimo choque verbal (al menos hasta ahora). Sin embargo, entre bastidores, el comercio de petróleo sigue fluyendo sin interrupción incluso después del embargo del 2 de mayo de 2024, como lo demuestra el envío de más de 14 millones de barriles que realizaron dos empresas, una de las cuales (Heritage) posee dos filiales turcas. Y la ruta que se utilizó para comercializar el crudo fue localizada en el puerto turco de Ceyhan. Turquía aparece mencionada 37 veces y habría desempeñado un "papel importante" en el transporte de combustible destinado al ejército israelí, convirtiéndose en una especie de salvavidas. "Es difícil –afirma Amer Al Sabaileh– imaginar una verdadera convivencia estratégica entre el actual gobierno turco e Israel porque las divergencias no son solo coyunturales, pero eso no significa que los intereses económicos y energéticos se interrumpan automáticamente. El comercio a menudo logra sobrevivir incluso cuando las relaciones políticas son extremadamente difíciles, pero no creo que la necesidad energética sea suficiente para transformar esta realidad en una verdadera reconciliación política".

"Después de casi tres años de conflicto –reflexiona el analista–, lo que importa es observar en qué medida ha cambiado la capacidad iraní de proyectar su influencia en la región". Teherán había construido "una red de presión a través del Líbano, Gaza, Cisjordania, Siria, Irak y Yemen. Hoy muchos de esos instrumentos se han debilitado; no han desaparecido, pero han perdido fuerza. La próxima etapa podría caracterizarse por una mayor presión dentro del propio Irán –prosigue–, pero eso no significa que el riesgo de escalada haya disminuido. Al contrario, precisamente porque Irán ha perdido parte de su profundidad estratégica, podría buscar nuevas formas de presión a través de la energía, las infraestructuras y las rutas comerciales: el verdadero desafío podría no ser solo militar, sino más bien la capacidad de los países de la región –Golfo, Irak, Jordania, Israel, Turquía– para reducir su vulnerabilidad a la presión iraní. Si logran construir una red diversificada de infraestructuras energéticas y comerciales, el impacto estratégico será muy significativo, porque Irán perderá la posibilidad de convertir una sola arteria, como Ormuz, en una palanca capaz de condicionar todo el mercado internacional. Y este –concluye– podría ser uno de los efectos geopolíticos más importantes: un nuevo mapa de las rutas energéticas, una nueva arquitectura de la seguridad regional".


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