Katmandú (AsiaNews) – Tras las catastróficas inundaciones que, además de causar la muerte de miles de personas, han demostrado ser capaces de destruir infraestructuras vitales para la producción energética, Nepal se enfrenta a un gran dilema.
La «apuesta» por la energía hidroeléctrica —con 189 centrales actualmente en funcionamiento— ha dado sus frutos hasta ahora en términos de disponibilidad energética, pero con dos efectos negativos importantes: ha expuesto al territorio (y a la población) a nuevas vulnerabilidades medioambientales, de las que las estructuras productivas son en parte responsables, y ha vinculado al país a una única fuente energética (en parte exportable), desincentivando el desarrollo de otras fuentes ecosostenibles y renovables que, a su vez, presentan importantes limitaciones medioambientales, técnicas y económicas.
Los planes para alcanzar los 28,5 GW
Hoy en día, Nepal depende de la producción hidroeléctrica para cubrir casi la totalidad de sus necesidades energéticas, con una capacidad productiva de unos 4 GW, de los cuales 2,5 se destinan al consumo interno y el resto se exporta a través de la conexión con las redes de distribución de la India y Bangladés
El país ha apostado su futuro por esta vía: los estudios han revelado que Nepal tiene una capacidad potencial de 43 GW y, partiendo de este dato, el Gobierno ha previsto elevar la capacidad productiva del sector a 28,5 GW para 2035, con una exportación de nada menos que 15 GW. Una posibilidad impulsada por varios factores: el apoyo concreto al empleo en un sector crucial con un alto contenido de mano de obra técnica y cualificada, la necesidad de energía para el desarrollo interno y la disponibilidad de un recurso muy codiciado y que puede aprovecharse de inmediato para la exportación.
Sin embargo, la crisis desencadenada por la catástrofe que azotó los cursos de los ríos Bothekoshi y Trishuli, con efectos que se extendieron mucho más allá de las zonas directamente afectadas de la región de Lantang —donde se encuentra el principal paso fronterizo entre Nepal y el Tíbet—, ha puesto de manifiesto que esta perspectiva está sujeta a riesgos climáticos e infraestructurales. Las inundaciones han destruido numerosas centrales eléctricas y bloqueado sus túneles subterráneos, dejando atrapadas a cientos de personas, tanto trabajadores como otras personas que habían buscado refugio allí. Se han destruido o dañado 13 centrales hidroeléctricas, lo que ha reducido la capacidad de producción en más de un 10 %. Esto ya ha obligado a interrumpir la exportación de energía a Bangladés en aproximadamente 1 GW.
El déficit energético en invierno
Lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo ha puesto de manifiesto que los estándares de ingeniería tradicionales no son capaces de resistir desastres extremos y potencialmente recurrentes, dados los cambios climáticos que se están manifestando cada vez con mayor rapidez en la zona del Himalaya. Estos, a su vez, no pueden dejar de repercutir en la disponibilidad de agua, que ya presenta un gran desequilibrio entre el excedente monzónico y el déficit invernal. Casi el 90 % de la energía hidroeléctrica de Nepal se produce en centrales de corriente, con una fuerte dependencia de los caudales estacionales de los ríos; y si bien en la temporada del monzón la abundancia de producción energética permite una exportación considerable, en la estación seca Nepal se ve obligado (cuando es necesario) a importar energía de la India.
En el ejercicio fiscal que finalizó a finales de junio, la venta de energía hidroeléctrica generó para las arcas del Estado unos ingresos superiores a los 130 millones de dólares estadounidenses. Sin embargo, para el nuevo ejercicio fiscal, los expertos prevén que Nepal tendrá que reducir aún más las exportaciones regionales y, por el contrario, aumentar las importaciones durante los meses de invierno.
Las dificultades de una vía alternativa
A pesar de lo ocurrido hasta ahora y de los riesgos evidentes debidos a las características del territorio, al menos en las zonas montañosas, pocos en Nepal esperan una ralentización significativa en la construcción de presas y centrales eléctricas relacionadas con los cursos de agua. Las alternativas, por el momento, no parecen viables salvo con plazos y costes difícilmente asumibles. A empezar por un aumento de las importaciones de combustibles fósiles en un territorio con pocas carreteras principales y siempre expuestas al riesgo hidrogeológico. Se trata, además, de productos altamente contaminantes e importados necesariamente de dos de los mayores contaminadores del mundo (China e India), que ya influyen de manera determinante en la situación medioambiental de Nepal.
La energía solar, además de estar sujeta a variaciones estacionales, debería desarrollarse a gran escala en terrenos que no son adecuados por su pendiente y orientación, o que ya están destinados al indispensable uso agrícola. A este respecto, llama la atención el dato del Global Energy Monitor, que indica que la capacidad de los proyectos hidroeléctricos en ejecución o previstos en el país superaría en 14 veces la de las instalaciones fotovoltaicas a gran escala identificables en este momento.


















