Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – "La fragilidad de muchas familias no está determinada únicamente por decisiones personales. La vida familiar también puede verse comprometida por la pobreza, la migración, la violencia, la adicción, el encarcelamiento, la injusticia y el trabajo precario. Estas realidades pueden limitar gravemente la libertad de las personas y su capacidad incluso para acercarse al ideal cristiano de la vida familiar. Por eso Amoris laetitia ha sido tan importante para nosotros".
Esta fue la perspectiva que presentó esta mañana —en una de las intervenciones programadas, cuyos textos se están dando a conocer— el cardenal filipino Pablo Virgilio David, obispo de Kalookan, en la extensa periferia de Manila, y vicepresidente de la FABC (Federación de Conferencias Episcopales de Asia), durante el encuentro convocado por el papa León XIV de los presidentes de las conferencias episcopales y los responsables de las Iglesias orientales, diez años después de la promulgación de la exhortación apostólica Amoris laetitia. El cardenal David compartió la experiencia de su diócesis junto a las víctimas de la violenta campaña contra las drogas impulsada por el expresidente Rodrigo Duterte, durante la cual fueron asesinados numerosos consumidores de drogas y pequeños traficantes en los barrios más pobres. "Recuerdo el caso de una familia —contó el cardenal— cuya situación se podría haber calificado fácilmente como «irregular». Los padres estaban separados. El padre se ocupaba de sus cuatro hijos, el mayor de doce años y el menor de tres. Luego lo asesinaron. De repente, los familiares tuvieron que asumir la responsabilidad de los niños. ¿En qué categoría deberíamos clasificar a una familia así?".
"Amoris laetitia —continuó— nos pide que abandonemos el ideal. Nos pide que acompañemos a personas reales en el camino, a menudo doloroso, que separa el ideal de su situación concreta. Nos ha proporcionado un lenguaje para expresar lo que ya estábamos aprendiendo a nivel pastoral: discernir situaciones concretas en lugar de partir de clasificaciones, acompañar un crecimiento gradual y confiar en que la gracia ya puede estar actuando incluso en vidas y relaciones marcadas por la debilidad y la imperfección".
La labor de la diócesis de Kalookan durante los años de la guerra contra las drogas comenzó con visitas a las familias en duelo. "Nuestros misioneros —contó el cardenal David— las escucharon sin juzgarlas. Rezaron con ellas. Las tranquilizaron diciéndoles que no habían sido olvidadas. Entonces ocurrió algo maravilloso. Una viuda conoció a otra viuda. Padres que habían enterrado a sus hijos conocieron a otros padres que comprendían su dolor. El sufrimiento compartido creó vínculos. Los vínculos dieron lugar a un apoyo mutuo. Y el apoyo mutuo se transformó gradualmente en una comunidad. Esta experiencia ha contribuido a dar forma a nuestras Estaciones Misioneras. Se trata de pequeñas comunidades eclesiales que hemos fundado precisamente en los barrios a los que nuestras estructuras parroquiales habituales apenas lograban llegar. Sacerdotes, religiosos y misioneros laicos comenzaron recorriendo las calles y escuchando. Al final, los propios pobres —viudas, jóvenes, exdrogadictos y familias comunes— se han convertido en guías pastorales y compañeros de camino para los demás".
"Descubrimos que muchos católicos pobres no sentían realmente que pertenecieran a la Iglesia. Podían tener un Santo Niño, una imagen de la Virgen o un rosario en sus casas. Se identificaban como católicos. Pero algunos pensaban que la parroquia era para personas adineradas, bien vestidas, cultas o con cierta posición social. Estaban físicamente cerca de la Iglesia, pero espiritual y socialmente lejos de ella. Así que, en lugar de preguntarnos: «¿Por qué no vienen a la Iglesia?», empezamos a preguntarnos: '¿Irá la Iglesia a ellos?'. Esa pregunta nos cambió. Hoy diría que han sido las Estaciones Misioneras las que han cambiado nuestra diócesis más de lo que nuestra diócesis ha cambiado a las Estaciones Misioneras".
"El Evangelio de la familia —añadió el cardenal David— no es un ideal abstracto, ajeno a la fragilidad humana. Es el Emmanuel —Dios con nosotros— quien entra precisamente en ella. Y ocurre algo aún más hermoso. Quienes han sido acompañados comienzan a acompañar a los demás. Las viudas acompañan a las viudas. Quienes están saliendo de la adicción apoyan a quienes están saliendo de la adicción. Las familias que en su día recibieron ayuda comienzan a ayudar a los demás. Personas que antes pensaban que no tenían un lugar en la sociedad descubren en sí mismas dotes de liderazgo y de servicio. Dejan de ser meros destinatarios de la atención pastoral. Se convierten en protagonistas de la misión".
"Quizá —concluyó el obispo de Kalookan— esta sea una forma de comprender la invitación de Amoris laetitia: no limitarse a preguntarse hasta qué punto las familias se acercan al ideal, sino también hasta qué punto la Iglesia está dispuesta a acercarse a las familias en sus dificultades reales. La Iglesia no puede esperar siempre a que sean las personas las que acudan a ella. A veces debe ir allí donde viven las personas, donde luchan, donde sufren, donde esperan… y descubrir que Cristo ya está allí, esperándonos".











.jpg&w=3840&q=75)







