Milán (AsiaNews) – Otros 10 años de prisión por "connivencia con fuerzas extranjeras", que se suman a los cuatro años y ocho meses que ya está a punto de cumplir por haberse "atrevido" a organizar en 2020 elecciones primarias con el propósito de fortalecer el movimiento prodemocracia en Hong Kong.
Pocas cosas sorprenden de la nueva condena impuesta hoy a Yoshua Wong, de 30 años, probablemente el líder más conocido de la llamada "revolución de los paraguas". Todos sabíamos de antemano que, en la caricatura en que se ha convertido el sistema judicial de Hong Kong, incluso una aberración jurídica como someter a alguien a un segundo juicio por el mismo delito por el que ya había sido juzgado acabaría en una condena. Por eso la defensa había decidido admitir la culpabilidad, con la esperanza de conseguir al menos una reducción de la pena. Pero ni siquiera eso ocurrió: para guardar las apariencias, en el marco de la Ley de Seguridad Nacional —impuesta por Beijing en 2020 para reprimir los movimientos prodemocracia que habían sacado a dos millones de personas a las calles en Hong Kong—, fue suficiente aumentar "gravedad del delito". Se decidió entonces una condena teórica de 13 años, que luego se redujo a 10.
Después de dos figuras de edad avanzada como Jimmy Lai y Lee Cheuk-yan —condenados a penas exorbitantes que los obligan a pasar en prisión los últimos años de sus vidas—, ahora había que borrar el rostro joven de la protesta. El objetivo es asegurarse de que el ex estudiante —cristiano evangélico— que fundó el movimiento Demosisto cuando todavía cursaba sus estudios en el United Christian College de Kowloon permanezca en prisión al menos hasta cumplir 40 años.
Al dictar la sentencia, el juez William Tam argumentó que las actividades de Yoshua Wong y Nathan Law (el otro joven cofundador de Demosisto, que actualmente vive en el exilio, ndr.), al reclamar sanciones internacionales en 2019 y 2020 (contra la represión de los movimientos prodemocracia, aunque esto el juez Tam no lo dijo), habían "agravado" la crisis política de aquel momento. "El delito se cometió en un momento en que Hong Kong atravesaba una situación de agitación social a nivel local; y, para alcanzar sus objetivos políticos, el acusado agravó esa situación al actuar en connivencia con gobiernos extranjeros o elementos externos". El juez reconoció que "esta es una condena muy severa para el acusado", pero añadió que "la pena debe ser proporcional a la gravedad del delito cometido".
La lucha por la democracia en Hong Kong es, por tanto, un delito grave. Hace apenas unos meses, al condenar a Lee Cheuk-yan, Albert Ho y Chow Hang-tung, otro tribunal había considerado que sus actos constituían un atentado contra la seguridad nacional, porque suponían la posibilidad de imaginar un sistema en el que el poder no estuviera necesariamente en manos del Partido Comunista Chino, el partido único en Beijing y, en la práctica, el padrino ineludible de todas las fuerzas políticas que existen hoy en Hong Kong.
En los últimos días se ha reivindicado la importancia de la democracia en muchas partes del mundo. La semana pasada, la masiva participación en las urnas de un 20% de los ciudadanos israelíes de origen árabe supuso un profundo cambio en el escenario político entre Jerusalén y Tel Aviv. Vimos al papa León XIV realizar un gesto pequeño pero revolucionario: emitir su voto en las elecciones de mitad de mandato de Estados Unidos, como cualquier otro ciudadano, y justificarlo precisamente destacando el derecho y el deber de los ciudadanos de participar en los procesos democráticos. Y en estas horas, la voluntad de los electores, que ha provocado un brusco cambio en Washington, está poniendo en tela de juicio incluso las decisiones de la administración Trump sobre un tema crucial como la guerra en Irán.
Entonces cabe preguntarse: ¿qué sucedería si en Beijing y en lugares como Hong Kong, donde el Partido ha impuesto sus reglas, se pudiera votar de verdad y con libertad? ¿Y cuánto tiempo más, en nombre de la realpolitik y de los negocios que hay que proteger, seguiremos pensando que un joven que luchó por el derecho a defender una idea sobre la vida política de una comunidad y someterla al voto de los demás ciudadanos, en el fondo, se ha buscado él mismo 15 años de prisión?
Si no queremos ser hipócritas, el mensaje de la sentencia de hoy es muy claro: lo que ha sucedido estos días en Serbia, Israel o Estados Unidos no debe suceder bajo ningún concepto en China. Es preferible que los cambios en Beijing lleguen desde arriba, mediante operaciones como la "lucha contra la corrupción" o las purgas dentro del Comité Central del Partido. Son medidas que dejan al que maneja los hilos siempre en el mismo lugar y obligan a todos los demás a seguir obedeciendo sus leyes y sus miles de reglamentos.
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