Milán (AsiaNews) - Durante una década, la política de Riad en Yemen —al igual que en otras zonas de Oriente Medio— se basó en la premisa de que el tiempo, el dinero y la fuerza coercitiva, utilizados con paciencia y estrategia, serían suficientes para someter a los hutíes, imponerse sobre los rivales regionales o forzarlos a acuerdos. Sin embargo, en las últimas semanas —o tal vez desde que comenzó la guerra israelí-estadounidense contra Irán en febrero— esta perspectiva parece estar en crisis como nunca antes desde la entrada de los sauditas en el conflicto yemení en 2015, con su fallida ofensiva militar para tomar la capital, Saná. Tras conquistar zonas estratégicamente importantes de la costa occidental sobre el mar Rojo, los hutíes avanzan ahora hacia Marib, el último bastión importante de las fuerzas leales al gobierno reconocido internacionalmente y respaldado por Riad. A esto se suman los ataques de las milicias rebeldes proiraníes contra instalaciones energéticas al otro lado de la frontera y el lanzamiento de drones —desmentido, por otra parte, por los propios hutíes— contra La Meca, lugar sagrado por excelencia del islam. Un escenario que parece poner en crisis el proyecto de una nación fuerte, orientada al cambio y al desarrollo económico y social, impulsado por el príncipe heredero Mohammed bin Salman y su "Visión 2030".
El derrumbe de una visión
Durante estos años, bin Salman ha intentado construir una red más o menos sólida de alianzas, desde el presidente estadounidense Donald Trump hasta las potencias regionales, a pesar de la fricción constante con los Emiratos Árabes Unidos (EAU), el verdadero rival económico y político de la región. Sin embargo, en los últimos días, el presidente de Estados Unidos ha rechazado categóricamente la posibilidad de intervenir en Yemen para apoyar a Riad, afirmando que las milicias de Ansar Allah "nos llamaron y nos hicieron saber que no quieren luchar contra nosotros". Al mismo tiempo, los otros firmantes del llamado "Pacto de La Meca" —que incluye a Pakistán, potencia nuclear, y Turquía— se apresuraron a señalar que los enfrentamientos —y el supuesto ataque contra La Meca— no implican una intervención en defensa de los saudíes. Islamabad y Ankara justificaron esta posición por el hecho de que hasta ahora no se han definido mecanismos de intervención, siguiendo el modelo de la Alianza Atlántica (OTAN), que prevé una respuesta en caso de agresión contra un país miembro.
Además, los reveses de Riad en Yemen han ido acompañados de nuevos problemas en el norte. La semana pasada, el Ministerio de Exteriores saudita confirmó que los drones que dejaron fuera de servicio el gasoducto Este-Oeste —la arteria que transporta hasta el 4% del suministro mundial al mar Rojo— procedían de Irak. Analistas y expertos señalan la coincidencia temporal entre la ofensiva hutí en el sur y los ataques contra la base aérea de Khamis Mushait, lo que sugiere la posibilidad de una operación coordinada. Según Associated Press (AP), que cita a funcionarios sauditas e iraquíes, los emisarios del movimiento proiraní habrían operado desde una sala de operaciones de las milicias iraquíes y las habrían ayudado a planificar el ataque.
Lo que hoy resulta evidente es que Riad no parece encontrar una salida indolora para esta crisis que abarca varios frentes y en la que el frente militar —de norte a sur— representa solo el último capítulo. Desde hace más de un año, en efecto, las autoridades del reino están reduciendo la escala de los megaproyectos que durante mucho tiempo fueron motivo de orgullo, desde la futurista metrópolis de Neom hasta las grandes instalaciones y la organización de importantes eventos deportivos, como la adjudicación del Mundial de fútbol de 2034. Economía, entretenimiento, desarrollo social, apertura a la industria del espectáculo e infraestructuras son algunos de los principales pilares de la política de bin Salman que han sufrido sucesivos retrocesos y recortes. A todo ello se suma ahora una estrategia política y militar fallida en Yemen.
¿Fin del reinado de MBS?
Por otra parte, precisamente el príncipe heredero –más conocido como MBS– parece ser el verdadero perdedor en la evolución del escenario de Oriente Medio en los últimos meses, agravado por el rápido deterioro de la situación en el frente militar. O, en el mejor de los casos, ha quedado debilitada su imagen de hombre fuerte y garante de la estabilidad a través de relaciones y proyectos, más que mediante el uso de las armas, mientras que el ejército saudita parece constituir el eslabón débil de esta cadena marcada por la "grandeza". Un derrumbe que hasta hace poco parecía impensable, vistos los honores y homenajes con los que fue recibido hace menos de un año en la Casa Blanca por el presidente Trump. Además, el terreno resbaladizo de Yemen ha sido muchas veces en el pasado el "cementerio" de las ambiciones sauditas, como ocurrió con el príncipe Khalid bin Sultan, héroe de la Operación Tormenta del Desierto. Tras la liberación de Kuwait en 100 horas, los sauditas lo habían designado como su futuro rey, y después le dieron la espalda en 2009 cuando fracasó la misión "Scorched Earth" al otro lado de la frontera, que terminó con una retirada humillante y la pérdida de cientos de soldados.
Después de cientos de ataques con misiles y drones hutíes contra infraestructuras civiles y militares saudíes, Bin Salman buscó un acuerdo con los hutíes, que se concretó en la tregua de 2022. Sin embargo, las continuas tensiones con Abu Dabi llevaron a Riad a intervenir —con MBS como hombre fuerte del reino, por encima del anciano y enfermo rey Salman— contra los grupos cercanos a los Emiratos en Yemen, especialmente el Consejo de Transición del Sur. Esta lucha interna por el control del sur ha debilitado el frente anti-hutí y ha favorecido una repentina escalada del conflicto en las últimas semanas. Este error estratégico, al igual que en el caso del héroe de Kuwait, podría resultar costoso para el artífice del desarrollo del reino y su ambiciosa Visión 2030, además de poner en riesgo su propio liderazgo. Analistas y académicos señalan que el denominador común que ha marcado la política saudita ha sido el deseo de bin Salman de hacer lo contrario que Abu Dabi, convirtiéndose él mismo en artífice de su propio declive. El ego y la falta de conocimiento han condicionado cada decisión sobre Yemen, y los sauditas corren el riesgo de pagar las consecuencias de un futuro monarca que podría llegar al trono ya debilitado, bajo la sombra de un golpe dentro de la familia real, fruto de intrigas palaciegas ya vistas en el pasado.
El futuro del Golfo
Sin embargo, lo que hoy está en juego no es solo el destino personal de MBS y el papel del reino saudita en el escenario de Oriente Medio y mundial, sino también la propia región del Golfo, que durante años ha sido centro del comercio energético y cruce de las rutas marítimas, desde Ormuz hasta el mar Rojo. Antes de la guerra, los Estados de la región apostaban por diversificar sus economías más allá del petróleo, buscando crear "oasis de estabilidad" en un Oriente Medio convulsionado. La decisión de Trump de declarar la guerra a Irán, pese a su oposición y en respuesta a las presiones de Israel, ha dejado al descubierto la fragilidad de esa apuesta. El conflicto con los ayatolás ha disparado los costos de los seguros para el comercio marítimo y ha generado una inusual convergencia estratégica entre las monarquías del Golfo, en un marco de seguridad regional que ha demostrado su fracaso.
Aunque la coordinación entre bastidores pueda parecer más profunda, el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), creado en 1981, ha invocado la cláusula de defensa colectiva solo una vez. Al mismo tiempo, sus miembros coinciden ampliamente en tres puntos: Irán sigue siendo una amenaza a largo plazo; el paraguas de seguridad estadounidense ya no es confiable; y la estabilidad regional se ha convertido en una prioridad existencial. Por último, identifican dos desafíos claros: uno está representado por el régimen iraní, que sigue impulsando su propia visión de un "Eje" en toda la región; el otro, por un Israel decidido a alcanzar la "supremacía regional", con la pretensión de ser el único que dicta las condiciones para el uso de la fuerza mientras el resto de la región se adapta. No obstante, la rivalidad entre los Estados, en particular entre la Arabia Saudita de MBS y los Emiratos de MbZ (Mohammed bin Zayed), ha hecho que la convergencia se quede en un pacto de fachada en vez de ser un recurso efectivo ante una amenaza.
Desde hace más de una década, los Estados del Golfo trabajan en una estrategia de "diversificación" para protegerse de la falta de fiabilidad estadounidense —sobre todo con el regreso de Trump— y de la "amenaza" iraní. Sin embargo, no todos los países han llegado a la misma conclusión sobre cómo actuar en un contexto de fragilidad, volatilidad y conflictos no resueltos. Los Emiratos y las monarquías apuestan por un nuevo plan de seguridad regional, pero queda por ver cómo traducir esa esperanza de protección en una estructura estable y eficaz. Los expertos consideran que, hoy más que nunca, el Golfo necesita mecanismos permanentes para la defensa aérea y antimisiles integrada, el intercambio de información de inteligencia, la seguridad marítima y la asistencia mutua, así como un compromiso creíble con la defensa colectiva. Para superar esta fase crítica y consolidarse como líderes mundiales, deberán ser capaces de poner en marcha "un verdadero sistema regional" que siente las bases de un sistema de colaboración más eficaz y duradero, capaz de superar divisiones y rivalidades personales.








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