Al final de un año muy contradictorio, en el que todas las grandes celebraciones de Rusia se han visto prácticamente silenciadas por miedo a los drones ucranianos que arrasan hasta en los territorios siberianos, la fiesta rusa de la Unidad Popular del 4 de noviembre (sustituta de la soviética de la Revolución de Octubre del 7 de noviembre) se ha reducido a la proyección en la fachada de la Casa Blanca de Moscú, la sede del Gobierno, de una visión de la «Rusia 2026». El presidente Vladimir Putin ha suspendido los grandes discursos y las entrevistas públicas, permaneciendo recluido en su búnker a las afueras de Moscú o en una de sus lujosas villas repartidas por diversas regiones, protegidas por sistemas antiaéreos más costosos y numerosos que cualquier otro sistema defensivo.
Putin no habría podido explicar a la población las razones de la crisis económica debida a la financiación de la defensa, a la ya endémica escasez de combustible provocada por los ataques ucranianos a las instalaciones energéticas, al continuo aumento de los impuestos para todos los sectores y, sobre todo, para las empresas, a las que se ha pedido que «contribuyan a la victoria» en la operación militar especial en Ucrania. En el frente de guerra, Rusia pierde alrededor de 50.000 soldados al mes, entre muertos y heridos graves, y por cada kilómetro conquistado pierde al menos tres recuperados por los ucranianos, sobre todo en la región del Donbás, donde se lucha desde 2014, sin lograr ver ningún resultado ni señales de armisticio.
Hace un año, el presidente instituyó solemnemente las jornadas dedicadas a los «Estados menores» y a las «lenguas de los pueblos» de Rusia para expresar el ideal de la sobornost, la gran unión universal que plasma la misión histórica de la Rusia ortodoxa. Sin embargo, no se ha registrado un gran entusiasmo entre los pueblos caucásicos, húngaro-finlandeses, tártaro-mongoles ni entre las numerosas pequeñas tribus siberianas de la Federación, obligadas a alimentarse y calentarse con medios improvisados cuando, según la tradición meteorológica, en muchas zonas ya está llegando el frío invernal, más allá de todos los grandes cambios climáticos que describen a Siberia como el «nuevo jardín» del mundo. Con una iniciativa casi irónica, el presidente kazajo Kasym-Žomart Tokaev ha propuesto incorporar a Rusia a la Unión de los Pueblos Turánicos, sometiendo al «mundo ruso» al «mundo turco».
También las perspectivas religiosas se han debilitado notablemente, con el evidente cansancio que se cierne sobre el patriarca Kirill (Gundjaev), de ochenta años, cuyo apoyo a la política imperial de Moscú es cada vez más repetitivo e inconcluso. En estos días, el principal rival del patriarca en el liderazgo ideológico-religioso del país ha intentado reavivar la predicación de los «valores morales y espirituales» de Rusia: el metropolitano Tikhon (Ševkunov) de Crimea, quien, en su calidad de presidente del Consejo Patriarcal para la Cultura del Patriarcado, ha organizado una gran exposición dedicada, de forma bastante ambigua, precisamente al 80.º aniversario del nacimiento de Kirill. La exposición, titulada «Tradición cristiana. Nuestros días», se inauguró en Moscú el 5 de noviembre y, hasta el 8 de diciembre, ayudará a los visitantes a «sentirse parte de la historia rusa», recorriendo las secciones «Historia de la humanidad», «Dios y el hombre», «Preservar el patrimonio» y «El mundo de Dios. La belleza salva el mundo», en el salón central de la plaza del Manezh, junto al Kremlin, donde se exponen 524 obras de arte.
El declive del ideal ortodoxo de la «gran sobornost» se hizo realmente evidente cuando, a finales de octubre, se celebró en Moscú una reunión del Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, en la que se tomaron dos decisiones interrelacionadas que, independientemente una de otra, causaron revuelo en los medios de comunicación y en los blogs. La primera aprobó el procedimiento para la admisión en la Iglesia Ortodoxa Rusa de los miembros de las Iglesias ortodoxas ucranianas más o menos independientes de Moscú (UPZ, PZU y grupos menores), incluida la posibilidad de rebautizar a quienes hayan sido bautizados en dichas Iglesias. La segunda impuso restricciones adicionales al clero que se pronuncia en los medios de comunicación, así como la prohibición de monetizar su actividad en línea. De este modo, el Patriarcado de Moscú se encierra cada vez más en sí mismo, renunciando a la posibilidad de reunirse o reconciliarse con las demás Iglesias ortodoxas de Ucrania y de los «pueblos menores», limitándose a acoger a los sectores más explícitamente prorrusos del clero y de los fieles, a quienes se les tapa la boca para evitar nuevas contradicciones y divisiones en su propio seno.
Una tercera decisión, en realidad directamente relacionada con las dos anteriores, fue la invitación al Sínodo de Aleksandr Šipkov, vicepresidente del Departamento sinodal para las relaciones entre la Iglesia y la sociedad y los medios de comunicación, elegido diputado en Mordovia en la lista del partido Rusia Unida en las últimas elecciones parlamentarias. De hecho, el principal ideólogo del «mundo ortodoxo ruso», autor de los discursos del patriarca Kirill y principal especialista del patriarcado en ejercer presión sobre los organismos gubernamentales —además de contar con una larga experiencia como asistente del político Serguéi Mironov cuando este estaba al frente del Consejo de la Federación—, ahora este profesor laico ha sido elevado a un cargo superior al de los obispos y al del propio patriarca a la hora de reivindicar el papel «estatal» de la Iglesia rusa. Además del claro respaldo del patriarca, sin el cual no habría sido elegido en una región en la que Kirill goza de especial autoridad, al ser su región natal, Šipkov también se ha asegurado el apoyo del presidente de la Duma Estatal, Viacheslav Volodin, de quien era asesor pro bono desde 2017.
Otra noticia procedente del Patriarcado de Moscú no ha llamado tanto la atención del público: uno de sus funcionarios más influyentes, el arzobispo Savva (Tutunov), responsable, entre otros, de los militantes nacionalistas de la «Comunidad Rusa» y de «Hombre del Norte», ha anunciado su intención de renunciar a la nacionalidad francesa, que poseía desde que llegó a Francia siendo niño, hijo de padres disidentes antisoviéticos. Habiendo trabajado durante muchos años en Moscú, incluso en el Patriarcado, siempre había disfrutado sin problemas de la doble nacionalidad y, de repente, ha renunciado a ella. Todos estos acontecimientos están interrelacionados: estamos asistiendo a una tendencia más amplia, que puede describirse como la consolidación de las divisiones dentro de la ortodoxia postsoviética en dos bandos estables, los de los dos patriarcados de Moscú y Constantinopla.
Anteriormente, la Iglesia Ortodoxa Rusa y el Patriarcado de Constantinopla ofrecían modelos de ortodoxia conceptualmente (y en parte ritualmente) distintos, y los habitantes del espacio postsoviético o los rusoparlantes de los países de la UE podían elegir el que más les conviniera. Por un lado, existía una ortodoxia «rusa» mística, tradicional y autoritaria, orientada hacia la cultura rusa y con Rusia como centro; por otro, existía una ortodoxia más moderna, democrática y discreta, no vinculada a Rusia y silenciosamente opuesta a ella, bajo el control de los griegos, que operaba en algunos países postsoviéticos con el apoyo de los gobiernos nacionales. Ahora la separación entre ambos bandos es total e irreversible, y en lugar de la «unión de los pueblos», Rusia proclama cada vez más la «división de las Iglesias», exaltando su propio aislamiento.
La política interna rusa también tiene dificultades para defender el ideal de la gran unión. Los resultados oficiales de las elecciones a la Duma Estatal celebradas del 18 al 20 de septiembre de 2026 pretendían demostrar a todo el mundo que, en esencia, nada ha cambiado en la opinión pública rusa en los cinco años transcurridos desde septiembre de 2021; es más, el apoyo a las políticas gubernamentales incluso ha crecido durante los cuatro años y medio de conflictos, con la parte activa de la sociedad unida y compacta en torno al Gobierno. La «fórmula del éxito» de las elecciones puede compararse, en sentido figurado, con la clásica fórmula de la perfección femenina: 60/60/90, donde 60 representa la participación electoral basada en los resultados, 60 el apoyo al partido del Gobierno y 90 (para los puristas) la participación electoral según el Gobierno. Si lo comparamos con el panorama que se ha desdoblado en las elecciones de los últimos días en Estados Unidos, con todos los fuertes contrastes entre las partes, realmente parece que estuviéramos viviendo en la Luna.
Las cifras optimistas sobre el sistema se encuentran en los escritorios de los altos funcionarios; sirven para justificar la firme convicción de que las políticas estatales pueden llevarse a cabo, y la sociedad las respalda de forma abrumadora: no hay opositores, ni siquiera detractores de esta política en la próxima Duma, ni uno solo. Las autoridades rusas se han cegado de hecho: el magnífico panorama de este cuento de hadas virtual y planificado se ha plasmado en el papel y, como afirman algunos comentarios, se puede comparar con un conductor que confía en un mapa electrónico que no se corresponde con el terreno accidentado por el que circula.
El sistema electoral más opaco de la historia reciente de Rusia, la selección política antinatural de los participantes en las elecciones y el poder ilimitado para garantizar el resultado deseado por el Gobierno en decenas de miles de puntos al mismo tiempo han alterado no solo el panorama general, sino también los propios colores con los que está pintado. El blanco se representa como negro, el negro como blanco y así sucesivamente, en toda la gama cromática. Por mucho que se mire con atención, es imposible discernir nada más allá de esta extraña mascarada: Rusia, en realidad, se está disolviendo y desintegrando cada vez más, y será difícil volver a recomponerla.
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