09/09/2019, 14.59
MAURICIO – VATICANO
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El Papa en Mauricio: la misión de invitar a los jóvenes a hallar su felicidad en Jesús

Al celebrar la misa en al isla, Francisco exhorta a tener espíritu misionero, para dar testimonio de la alegría cristiana. “Cuando escuchemos el amenazador pronóstico ‘somos cada vez menos’, debemos preocuparnos, ante todo, no por la disminución de tal o cual forma de consagración en la Iglesia, sino sobre todo, por la falta de hombres y mujeres que quieran vivir la felicidad, recorriendo caminos de santidad”.

Port-Louis (AsiaNews) – Testimoniar la alegría cristiana, para despertar, sobre todo en los jóvenes, el “deseo de subir a la Montaña de las bienaventuranzas”. Es un mandato misionero el que Papa Francisco ha dado a los cristianos de Mauricio, la isla del Océano Índico, donde llegó esta mañana, proveniente del no muy lejano Madagascar.

En esta isla, un renombrado centro turístico mundial, hoy se celebra la fiesta del beato Jacques-Désiré Laval. Es el día en que los fieles de Mauricio salen en procesión rumbo al santuario dedicado a aquél misionero francés que a mediados del siglo XIX dedicó su vida a evangelizar a las comunidades de la isla, que acababan de ser liberadas de la esclavitud. La fecha del Beato, también venerado por la mayoría hindú, es uno de los momentos más importantes en la vida de los cristianos mauricianos.

A su llegada al aeropuerto internacional de Port-Louis, a las 10:40, hora local (6:40 GMT), Francisco fue recibido por el Primer Ministro, Pravind Kumar Jugnauth, y por el Card. Maurice Piat. Dos niños vestidos con trajes tradicionales regalaron al Papa un arreglo floral. Tras la ceremonia de bienvenida, el Papa se trasladó al Monumento de María Reina de la Paz, para celebrar la misa. Allí fue recibido con ramos de palma, agitados por numerosas personas de las casi 80.000 presentes (en la isla, los cristianos representan un tercio de la población total, de 1,3 millones de habitantes, cuya gran mayoría es budista). 

“Aquí -dijo el Papa- frente a este al altar dedicado a María, Reina de la Paz, en esta montaña, desde donde se ve la ciudad y más allá el mar, nos hallamos, siendo parte de esta multitud de rostros que han venido desde Mauricio y desde otras islas de esta región del Océano Índico, para escuchar a Jesús que anuncia las Bienaventuranzas. La misma Palabra de Vida que, como hace dos mil años, tiene la misma fuerza, el mismo fuego que hace que ardan hasta los corazones más fríos”. 

“Las Bienaventuranzas «son como el documento de identidad del cristiano. De modo que si algunos de nosotros se plantea la pregunta: ‘¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?’, la respuesta es simple: es necesario hacer -cada cual, a su modo- lo que dice Jesús en el Sermón de la Montaña, en las Bienaventuranzas”.  “Como hizo el llamado ‘apóstol de la unidad mauriciana’, el Beato Jacques-Désiré Laval, tan venerado en estas tierras”, que “aprendió el idioma de los esclavos que acababan de ser liberados, y les anunció la Buena Noticia de una forma sencilla”.  

“Y este impulso misionero hay que conservarlo, ‘ya que puede suceder que, como Iglesia de Cristo, caigamos en la tentación de perder el entusiasmo evangelizador y nos refugiemos en seguridades mundanas que, poco a poco, no solo condicionan la misión, sino que la vuelven pesada e incapaz de atraer a la gente (cfr Exhort. ap. Evangelii gaudium, 26). El impulso misionero tiene un rostro joven, capaz de rejuvenecer. Son justamente los jóvenes los que, con su vitalidad y dedicación, pueden aportar a ello la belleza y la frescura típica de la juventud, cuando llaman a la comunidad cristiana a renovarse, y nos invitan a partir rumbo a nuevos horizontes (cfr Exhort. ap. postsin. Christus vivit, 37). Pero esto no siempre es fácil, porque exige que aprendamos a reconocerlos y que les brindemos un lugar en el seno de nuestra comunidad y en nuestra sociedad”. 

Una sociedad en la que, a pesar del crecimiento económico de las últimas décadas, “los jóvenes son los que más sufren, son ellos quienes sienten en mayor medida la desocupación, que no solo provoca un futuro incierto, sino que también les quita la posibilidad de sentirse protagonistas de su historia, que comparten con otros jóvenes”.  Pero “¡ellos, nuestros jóvenes, son nuestra primera misión! Debemos invitarlos a hallar su felicidad en Jesús, no de manera ascética o a distancia, sino aprendiendo a darle un lugar, conociendo su forma de hablar, escuchando lo que nos cuentan, viviendo a su lado, haciéndoles sentir que Dios los bendice. ¡No dejemos que nos roben el rostro joven de la Iglesia y de la sociedad!l ¡No permitamos que los mercaderes de la muerte se roben las primicias de esta tierra!” 

“Incluso cuando lo que nos rodea parece no tener solución, la esperanza en Jesús nos pide recuperar la certeza del triunfo de Dios”. “Para vivir el Evangelio, no podemos esperar que todo lo que nos rodea sea favorable, porque muchas veces las ambiciones de poder y los intereses mundanos nos juegan en contra”. “Cuando escuchemos el pronóstico amenazador ‘somos cada vez menos’, debemos preocuparnos, ante todo, no por la disminución de tal o cual forma de consagración en la Iglesia, sino sobre todo por la falta de hombres y mujeres que quieran vivir la felicidad, recorriendo caminos de santidad, hombres y mujeres que hagan arder el corazón con el anuncio más bello y liberador de todos.  «Si algo debe inquietarnos santamente y preocuparnos, es saber que hay tantos hermanos nuestros que viven sin la fuerza, sin la luz ni el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los acoja, sin un horizonte de sentido y de vida”» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 49).

Cuando un joven ve un proyecto de vida cristiana, llevado adelante con alegría, esto lo entusiasma y lo alienta, y siente un deseo, que puede ser expresado así: “Quiero subir a esa montaña de las Bienaventuranzas, quiero encontrar la mirada de Jesús y que él me diga cuál es el camino de la felicidad”. ‘

“Queridos hermanos y hermanas: roguemos por nuestras comunidades, para que, dando testimonio de la alegría de la vida cristiana, vean florecer la vocación a la santidad en las diversas formas de vida que el Espíritu nos propone”. 

Al término de la celebración, el Card. PIat dio a conocer que los obispos han invitado a plantar 100.000 árboles  en recuerdo de la visita. Francisco luego almorzará en el Episcopado de Port-Louis, en compañía de 5 obispos de la CEDOI (Conferencia Episcopal del Océano Índico), que reúne a los prelados de la diócesis de Port Saint-Louis y de la vicaría apostólica de Rodrigues (Mauricio), de la diócesis de Saint-Denis-de-La Réunion, de Port-Victoria (Islas Seychelles) y de la vicaría apostólica de las Islas Comoras.

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