13/09/2014, 00.00
VATICANO
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Papa en Redipuglia: La guerra es una locura. Esta es la hora de llorar

En el Santuario, que contiene los restos de más de 100 mil víctimas de la Primera Guerra Mundial, el Papa Francisco condena las guerras de entonces y de ahora, y su poder destructivo, motivada por la actitud de Caín: "¿A mí qué me importa?". Los "que especulan con la guerra, quizás ganan mucho, pero su corazón corrompido ha perdido la capacidad de llorar". "... Incluso hoy quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida "por partes", con crímenes, masacres, destrucciones...". Presentes Cardenales y obispos de Austria, Eslovenia, Hungría, Croacia, Ordinarios militares, soldados y los representantes de los ortodoxos y los musulmanes europeos. El abuelo del Papa Francis ha combatido la Gran Guerra en el Piave. El don de la lámpara "Luz de San Francisco" a los Ordinarios militares en las conmemoraciones de la Primera Guerra Mundial. El texto completo de la homilía.

Redipuglia (AsiaNews) - "La guerra es una locura. Mientras Dios lleva adelante su creación y nosotros los hombres estamos llamados a colaborar en su obra, la guerra destruye" es una condena a todas las guerras que el Papa Francisco expresado hoy en el Santuario de Redipuglia, en la misa celebrada en memoria de los 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial (1914 -1918).

El pontífice celebró la Misa con el Arzobispo de Gorizia, Mons. Carlo Roberto María Redaelli. También asistieron el cardenal Christoph Schönborn, arzobispo de Viena, y Josip Bozanic, arzobispo de Zagreb, con muchos obispos de Eslovenia, Austria, Hungría y Croacia y la diócesis de Friuli Venezia Giulia, además de los obispos Ordinarios militares y capellanes militares. El coro y el servicio de la iglesia fue proporcionada por cientos de soldados del ejército italiano. La celebración contó con la presencia de al menos 20 mil personas, de las cuales más de 7.000 soldados italianos y de otras naciones. También estuvieron presentes miembros de las Iglesias ortodoxas y las comunidades musulmanas en Europa.

Antes de llegar al Santuario de Redipuglia, el Papa Francis había estado para un breve momento de silencio y una ofrenda de flores en el cementerio austro-húngaro Fogliano de Redipuglia (En la foto), uniendo idealmente en la oración italianos y austriacos los enemigos que en la Gran Guerra han combatido en la región. Hay que decir que el abuelo del Papa, Juan Bergoglio, luchó como un bersagliere en el Piave, justamente en la Primera Guerra Mundial. Al final de la Misa, al Papa fue condecorado con la hoja del serial de su abuelo del cual el Papa había escuchado a menudo las historias de la guerra.

El santuario militar de Redipuglia, un monumento construido en terrazas, contiene los restos de 107.187 soldados que cayeron en la Gran Guerra. El Papa Pío XI, el Papa de la época, la había llamado "masacre sin sentido". Papa Francisco habla de "Todas estas personas, cuyos restos reposan aquí, tenían sus proyectos, sus sueños... pero sus vidas quedaron truncadas".

La sentencia es inapelable a todas las guerras. El Papa señaló que "También hoy, tras el segundo fracaso de una guerra mundial, quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida "por partes", con crímenes, masacres, destrucciones...".

Para el Papa Francisco, la Gran Guerra tenía como una razón "la codicia, la intolerancia, la ambición de poder", "a menudo justificada por una ideología". También hoy hay "intereses, estrategias geopolíticas, codicia de dinero y de poder, y está la industria armamentista, que parece ser tan importante".

Pero la razón más profunda de cualquier guerra de ayer y de hoy es "está la respuesta de Caín: "¿A mí qué me importa?"". Esta pregunta está llena de cinismo y se repite siete veces en el breve discurso del Papa.

"Sobre la entrada de este cementerio - dijo Francesco - se alza el lema desvergonzado de la guerra: "¿A mí qué me importa?". Todas estas personas, cuyos restos reposan aquí, tenían sus proyectos, sus sueños... pero sus vidas quedaron truncadas. ¿Por qué? Porque la humanidad dijo: "¿A mí qué me importa?". Y otra vez: "La sombra de Caín nos cubre hoy aquí, en este cementerio. Se ve aquí. Se ve en la historia que va de 1914 hasta nuestros días. Y se ve también en nuestros días".

" Con ese "¿A mí qué me importa?", que llevan en el corazón los que especulan con la guerra, quizás ganan mucho, pero su corazón corrompido ha perdido la capacidad de llorar. Ese "¿A mí qué me importa?" impide llorar. Caín no lloró ".

"Con corazón de hijo, de hermano, de padre, pido a todos ustedes y para todos nosotros la conversión del corazón: pasar de ese "¿A mí qué me importa?" al llanto... por todos los caídos de la "masacre inútil", por todas las víctimas de la locura de la guerra de todos los tiempos. La humanidad tiene necesidad de llorar, y esta es la hora del llanto".

Al final de la misa, el Papa entregó a los Ordinarios militares y los obispos presentes la lámpara de San Francisco, que se encendió en las diversas diócesis por las celebraciones en conmemoración de la Primera Guerra Mundial. La lámpara es ofrecido por el Sacro Convento de Asís y el aceite por la Associazione Libera.

 
A continuación el texto completo de la homilía del Papa Francisco, en español

 

Viendo la belleza del paisaje de esta zona, en la que hombres y mujeres trabajan para sacar adelante a sus familias, donde los niños juegan y los ancianos sueñan... aquí, en este lugar, solamente acierto a decir: la guerra es una locura.

Mientras Dios lleva adelante su creación y nosotros los hombres estamos llamados a colaborar en su obra, la guerra destruye. Destruye también lo más hermoso que Dios ha creado: el ser humano. La guerra trastorna todo, incluso la relación entre hermanos. La guerra es una locura; su programa de desarrollo es la destrucción: ¡crecer destruyendo!

La avaricia, la intolerancia, la ambición de poder... son motivos que alimentan el espíritu bélico, y estos motivos a menudo encuentran justificación en una ideología; pero antes está la pasión, el impulso desordenado. La ideología es una justificación, y cuando no es la ideología, está la respuesta de Caín: "¿A mí qué me importa?", «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). La guerra no se detiene ante nada ni ante nadie: ancianos, niños, madres, padres... "¿A mí qué me importa?".

Sobre la entrada a este cementerio, se alza el lema desvergonzado de la guerra: "¿A mí qué me importa?". Todas estas personas, cuyos restos reposan aquí, tenían sus proyectos, sus sueños... pero sus vidas quedaron truncadas. La humanidad dijo: "¿A mí qué me importa?".

Hoy, tras el segundo fracaso de una guerra mundial, quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida "por partes", con crímenes, masacres, destrucciones...

Para ser honestos, la primera página de los periódicos debería llevar el titular: "¿A mí qué me importa?". En palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?».

Esta actitud es justamente lo contrario de lo que Jesús nos pide en el Evangelio. Lo hemos escuchado: Él está en el más pequeño de los hermanos: Él, el Rey, el Juez del mundo, es el hambriento, el sediento, el forastero, el encarcelado... Quien se ocupa del hermano entra en el gozo del Señor; en cambio, quien no lo hace, quien, con sus omisiones, dice: "¿A mí qué me importa?", queda fuera.

Aquí hay muchas víctimas. Hoy las recordamos. Hay lágrimas, hay dolor. Y desde aquí recordamos a todas las víctimas de todas las guerras.

También hoy hay muchas víctimas... ¿Cómo es posible? Es posible porque también hoy, en la sombra, hay intereses, estrategias geopolíticas, codicia de dinero y de poder, y está la industria armamentista, que parece ser tan importante.

Y estos planificadores del terror, estos organizadores del desencuentro, así como los fabricantes de armas, llevan escrito en el corazón: "¿A mí qué me importa?".

Es de sabios reconocer los propios errores, sentir dolor, arrepentirse, pedir perdón y llorar.

Con ese "¿A mí qué me importa?", que llevan en el corazón los que especulan con la guerra, quizás ganan mucho, pero su corazón corrompido ha perdido la capacidad de llorar. Ese "¿A mí qué me importa?" impide llorar. Caín no lloró. La sombra de Caín nos cubre hoy aquí, en este cementerio. Se ve aquí. Se ve en la historia que va de 1914 hasta nuestros días. Y se ve también en nuestros días.

Con corazón de hijo, de hermano, de padre, pido a todos ustedes y para todos nosotros la conversión del corazón: pasar de ese "¿A mí qué me importa?" al llanto... por todos los caídos de la "masacre inútil", por todas las víctimas de la locura de la guerra de todos los tiempos. La humanidad tiene necesidad de llorar, y esta es la hora del llanto.

[01403-04.01] [Texto original: Italiano]

 

 

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