27/04/2024, 15.17
MUNDO RUSO
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Moscú y la 'desoccidentalización': el incierto futuro de Rusia en el 'giro' hacia Oriente

de Stefano Caprio

La guerra de Ucrania está llevando al país a la era de la negación y el distanciamiento del "enemigo" para afirmar la "ortodoxia" espiritual, moral, política y económica. Hoy se imponen nuevos "modelos globales" que no son fácilmente digeribles, no sólo en Rusia o en Oriente, sino también en Europa y los países anglosajones. La figura del presidente se superpone con los zares del pasado.

 

Con la guerra de Rusia en Ucrania hemos entrado en la era de la de-tracción o de-clinación, ya que la definición de la identidad de los pueblos y de las naciones parece depender más del prefijo que del contenido. Rusia se ha sentido obligada a de-fender a Ucrania, atacada por la de-gradación occidental, para lograr su des-militarización y des-nazificación. En respuesta, Ucrania siente ahora la necesidad de la des-rusificación y des-colonización, señalando así el camino a los demás pueblos ex-soviéticos, que desde hace 30 años están empeñados precisamente en la des-sovietización de sus países.

La negación y el distanciamiento del "enemigo", del extraño o "traidor", es la principal manera de afirmar la propia "ortodoxia" espiritual, moral, política y económica. El término más dogmático y decisivo en este drama de la identidad negada por Rusia es ahora la des-occidentalización, que se anuncia con el neologismo de-westernizatsija. La propaganda rusa, sobre todo en estos días de preparación para la Pascua de la liberación y la Victoria de la des-nazificación, insiste en la idea de que "Rusia nunca ha sido parte de Occidente", una realidad demoníaca y rusofóbica que busca imponer al mundo un dominio global y proyecta su sombra sobre todos los continentes, haciendo brillar cada vez más la luz de la Santa Eurasia.

La des-occidentalización o la "purificación de la influencia occidental" es el verdadero trasfondo de las leyes contra los "agentes extranjeros", los inoagenty, que sólo pueden ser occidentales, porque las influencias de China, India o Turquía se deben considerar "amistosas". Por eso los rusos están presionando a Georgia, Kirguistán y todos los territorios todavía poco des-colonizados para que aprueben leyes similares, incluso a costa de provocar revueltas populares como está ocurriendo estos días en las calles de Tiflis. El “giro hacia Oriente” no es específicamente “pro” Oriente, sino principalmente “anti” y “des” Occidente. Los sociólogos filo putinianos sostienen que "más de la mitad de los rusos no ven ninguna utilidad en la civilización y la cultura occidentales, ya que siempre han sido ajenas a Rusia y tienen un carácter destructivo", como explica la columna Signal de Meduza.

Tales afirmaciones, por otra parte, no son nada nuevo para Rusia, es más, atraviesan toda su historia y las oscilaciones de su autoconciencia. En el siglo XIX, después de la gran victoria sobre Napoleón y su Grande Armée de toda Europa occidental, en Rusia tuvo lugar durante décadas un gran debate entre "eslavófilos" y "occidentalistas". Los primeros creían que Rusia tenía su propia "idea" que expresar en el mundo; los segundos, que no había nada original en los rusos y que todo se debía a las culturas provenientes de Occidente. De hecho, la historia ha dado la razón a estos últimos, imponiendo en el siglo XX un sistema concebido por los occidentales, el comunismo marxista, aunque reinterpretado como "leninismo" y "estalinismo", las variantes rusas del "socialismo real" que se impuso al mundo entero.

El debate del siglo XIX fue a su vez fruto de la anterior occidentalización del Imperio de San Petersburgo que puso en marcha Pedro el Grande para hacer de Rusia una "ventana a Europa", y que concluyó Catalina la Grande con la partición de Europa oriental, junto con Austria y Prusia, y la deportación masiva de los polacos a los territorios siberianos. El propio Pedro había querido terminar con los excesos de los turbulentos conflictos internos provocados por las incursiones en los territorios fronterizos "ucranianos", pero también por el fanatismo de los "viejos creyentes" ortodoxos que no querían aceptar la superioridad de los ritos y devociones de los griegos, a los que también se debía considerar "agentes extranjeros" occidentales. El Bautismo bizantino, que dio origen a la historia antigua de la Rus', es en realidad la importación que hizo Occidente de una tradición que se considera propia del "cristianismo oriental" respecto del latino occidental, lo que demuestra que la identidad no corresponde a una realidad ni siquiera geográfica, cuando hace falta un "des-" para afirmarla. La misma ideología del siglo XVI de "Moscú-Tercera Roma", la principal definición de la misión de Rusia en la historia, se basa en la eliminación de las dos Romas anteriores, y la profecía concluye afirmando que "no habrá una Cuarta".

La retórica de la de-westernizatsija, más allá de los arquetipos contrapuestos del alma rusa, impone una reflexión que concierne al futuro no sólo de Rusia. ¿Qué es “Occidente” y qué significa estar “bajo la influencia occidental”? La aprobación por el Congreso de los Estados Unidos de nuevas ayudas a Ucrania fue saludada por el presidente Biden como una "afirmación de la supremacía estadounidense y occidental en el mundo", pero el modelo de esta superioridad no se limita ciertamente a las armas o a los drones de ataque. Occidente significa democracia liberal y economía de mercado, o por lo menos la elección de un régimen comprensible y organizado según reglas aceptables para los occidentales. La época colonial de los europeos, en efecto, ha impuesto en todo el mundo sistemas similares a los de los imperios y luego de las democracias, en la relación entre los actores sociales y las clases de patrones y trabajadores, en los mecanismos financieros y en las instituciones políticas y educativas, resolviendo la cuestión religiosa con la separación de la Iglesia y el Estado.

En la actualidad estas dimensiones van acompañadas de un frenético proceso de modernización y redefinición tecnológica, que deja obsoletos muchos componentes fundamentales como el pluralismo político y los equilibrios parlamentarios, incluso la terceridad de la ley y del poder judicial, imponiendo nuevos "modelos globales" que no son fácilmente digeribles, no sólo en Rusia o en Oriente sino en los propios países europeos y anglosajones, los "occidentales" por excelencia. En este sentido, países como Japón y Arabia Saudita, con tradiciones absolutistas o incluso teocráticas, resultan más que occidentales, y las innovaciones concebidas en China o la propia Rusia dominan Occidente, diluyendo todas las fronteras en la pulverización digital. No existe una definición exhaustiva de "Occidente colectivo", o sólo parcial, ni siquiera en las latitudes atribuidas a los "amos del mundo" productivo y financiero.

La des-occidentalización, entonces, no conduce a la elección de un sistema respecto a otro, ni a nivel económico, ni político ni cultural, y ya ni siquiera religioso. Se trata de una reacción identitaria anti-globalista, un intento de escapar de la implicación en los procesos de cambio y contaminación, como en la ideología del de-crecimiento y la des-modernización. Sin embargo, como el crecimiento económico y tecnológico es irreversible, la diferencia con el "mundo hostil" sólo puede darse en la oposición y la competencia, lo que de hecho supone un vínculo aún más estrecho e inevitable: cuanto más intenta desoccidentalizarse, más se occidentaliza. Esto era cierto incluso en la época de la Guerra Fría entre los regímenes "opuestos", socialista versus liberal, que, para imponerse, desataron la carrera por la conquista del espacio y el control de las naciones, pero seguían alimentándose de continuos conflictos armados en todos los rincones del mundo.

La des-occidentalización de Rusia no tiene ningún sentido, aunque cabe esperar "saltos hacia atrás" incluso en el control de la propiedad privada - como afirmó Vladimir Putin en el congreso de empresarios e inversores - para "evitar daños al Estado", además del evidente retorno al control totalitario de las conciencias. La figura del presidente se superpone con la de los zares del pasado, y las leyes mismas parecen retroceder al nivel de las uloženja, los decretos del siglo XVII que intentaban resolver las "turbulencias" entre las diversas almas de Rusia en tensión entre el presente y el futuro. Se pueden romper las relaciones diplomáticas con los Estados occidentales y cualquier tipo de acuerdo internacional, hasta la desintegración de la ONU y el desprecio del tribunal de La Haya, o declarar el cisma ortodoxo entre Moscú y Constantinopla, pero todo esto parece más una escenografía teatral que una verdadera "redefinición" de la posición del país en las relaciones globales. Si Rusia pretende rechazar al mundo entero, el problema no es que se vuelva inaceptable para Occidente, sino que se volverá incomprensible para sí misma.

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