17/11/2020, 12.10
BRUNÉI-VATICANO
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Card. Cornelius Sim: La nuestra es una Iglesia ‘escondida’, ‘sin estridencias’, pequeña pero viva

de Bernardo Cervellera

El flamante cardenal de Brunéi describe su Iglesia y la misión que la caracteriza, basada en la educación, la amistad y el diálogo con las personas de otros credos, centrado en la vida. “No debemos olvidar que aquí, en Asia, la gente está hambrienta de Dios”.

 

Darussalam (AsiaNews) - "Una Iglesia escondida", "sin estridencias"; tan pequeña como un "Fiat 500", pero vivaz, y cuyo apostolado se basa principalmente en la escuela y en la ayuda a los migrantes. Esta es la imagen de la Iglesia de Brunéi, tal como la describe el nuevo cardenal Cornelius Sim a AsiaNews en una entrevista vía Zoom. A pesar de ser una de las iglesias más pequeñas del sudeste asiático -o quizás precisamente por esta razón - el Papa Francisco quiso reservar una birreta cardenalicia para el Cardenal Sim, la que habrá de imponer en el próximo Consistorio del 28 de noviembre. Lamentablemente, el nuevo cardenal no podrá asistir a la ceremonia en Roma debido al confinamiento obligatorio (lockdown) por el Covid-19.

En la entrevista, el cardenal habla de su iglesia, “un depósito” imposible de comparar con la majestuosa catedral de Milán, pero que así todo, es una iglesia a todos los efectos: allí los fieles rezan, cantan y celebran. En la sencillez y sobriedad de su vida, los 16.000 católicos comunican su fe en Cristo a las personas de otros credos (musulmanes, budistas, ateos), y lo hacen sin imposiciones, por amistad. “No debemos olvidar – dice - que la gente de Asia está hambrienta de Dios”. A continuación la entrevista completa al card. Sim, quien se desempeña como Administrador apostólico de Darussalam (Brunéi).

 

Describa cómo es la Iglesia de la cual usted es cardenal y Administrador apostólico. El día en que le fue comunicada la noticia de su nombramiento como cardenal, usted enseguida dijo: El Papa ama a las Iglesias de las periferias...

La nuestra es una Iglesia de la periferia, escondida. En la Iglesia suele hablarse de la “Iglesia oculta” para referirse a China, Japón (en el siglo XVIII), y Corea (en el siglo XIX). Tal vez no seamos una Iglesia “oculta”, pero igualmente no somos “ruidosos”, no somos una “Iglesia que haga ruido”.   

Somos una Iglesia minoritaria y por eso somos prudentes. Y no tanto porque seamos discriminados… Como sucede en una reunión familiar, los niños pequeños no deben hablar demasiado; son los padres los que deben hablar. Lo mismo pasa con nosotros. Y siendo pequeños, aceptamos nuestro rol: si hay que lavar los platos, lo hacemos; si hay que barrer el piso, lo hacemos; hacemos lo que se nos pide. 

Como Iglesia, tenemos tres parroquias pequeñas y un centro misionero. También tenemos alguna que otra escuela, ligada a la parroquia. La mayor parte de nuestro apostolado social se da a través de la escuela y es allí donde comenzó nuestra presencia. Es allí donde se estableció la Iglesia. En realidad, la iglesia ya estaba presente aquí desde la primera mitad del siglo XIX, justamente gracias a un padre del PIME [el p. Antonio Riva, en la misión de Barambang; el p. Ignazio Borgazzi en Labuan - ndr]. Después de tres o cuatro años, estos sacerdotes fueron llamados a Hong Kong y sus intentos no dieron mucho fruto sino hasta 1920, cuando llegaron los misioneros de Mill Hill, provenientes del Sabah (actual territorio de Malasia). Los misioneros fundaron una pequeña escuela. Mi abuelo fue uno de los primeros en ser bautizados y también fue uno de los primeros católicos de la nación.  

Y así la Iglesia se dedicó desde siempre a la escuela, a la educación, que no es una educación tendenciosa, sino abierta: el 70 por ciento o más de los alumnos no es católico. Son musulmanes, budistas, personas de distintos credos, o sin credo. Nuestras escuelas son reconocidas por su calidad. Nuestros docentes son muy idóneos desde el punto de vista académico. Son docentes del lugar, pero también los hay de otras naciones: provienen de Malasia, de Singapur, Filipinas…  Somos la Iglesia más pequeña de la ASEAN. Creo que solo Laos es una Iglesia tan minúscula como la nuestra. 

Tenemos alrededor de 16.000 fieles. Había más, pero a causa de la crisis económica, muchos dejaron el país. Los domingos, en cada misa, hay entre 3.000 y 4.000 personas. 

Ahora, con el Covid e incluso después del confinamiento obligatorio (lockdown), la gente tiene menos ganas de venir a la iglesia. El Covid-19 dejó al descubierto algunos problemas que probablemente ya conocíamos, pero que nunca habíamos afrontado: los que van a misa por costumbre, más que por una cuestión de fondo. Es difícil de aceptar, pero tenemos que lidiar con este dato.

 

De todos modos, Brunéi es una periferia que también es rica… 

Hay que distinguir entre quien es ciudadano, es decir, residente permanente, y los migrantes. Nuestra Iglesia está compuesta por un 80% de migrantes, sobre todo de Filipinas, Indonesia, Malasia y Europa. En general, los católicos que tienen un estatus permanente están mejor, son más pudientes, porque pueden gozar de los beneficios sociales del Estado: educación gratuita hasta la universidad; salud gratuita; son varios beneficios. Una ventaja que resulta difícil de cuantificar es la estabilidad del país. La capital, Darussalam, significa “ciudad de la paz”, y aquí hay paz. Aún con el Covid, nos hemos sentido seguros. Aquí ha habido poquísimos casos de contagio, gracias al cierre de las fronteras por un período. Este país es rico en petróleo y gas. Yo mismo, antes de volverme sacerdote, trabajé como ingeniero en la industria del petróleo. Y aunque el precio del petróleo ha disminuido, el Estado garantiza este bienestar.  

Para los migrantes, hallar empleo se ha vuelto difícil. Nosotros colaboramos con los migrantes ayudándoles a encontrar empleo, los sostenemos desde el punto de vista financiero, y los asistimos de todas las formas posibles… Muchas veces debemos ocuparnos de repatriar los restos de los migrantes, ya que sus embajadas no se ocupan del tema. De todas maneras, la mejor forma de ayudar a los migrantes es encontrar una casa donde ellos puedan vivir, darles acogida. Por ejemplo, los migrantes filipinos son personas de fe. Cuando están en crisis o en dificultades, vienen a la iglesia. Si la iglesia se muestra familiar con ellos, si los recibe como una madre, escuchándolos y promoviendo su integración en la comunidad, ellos participan con todo el corazón. 

 

¿Cómo es la relación entre la mayoría musulmana y la pequeña comunidad cristiana? 

Hay varios niveles de diálogo. Hay uno que es oficial, y que es gestionado por los ministerios: de relaciones exteriores, de educación, del Interior, etc. Desde 1990, el nuncio nos visita todos los años y también visita el ministerio de Relaciones Exteriores. Cuando hay encuentros interreligiosos en los que se invita a Brunei, me piden que participe. He estado en Chipre, en Madrid y en la ONU… Los otros dos sacerdotes han viajado a Australia y Rusia. Estos lazos son muy buenos, y son recíprocos.  

Con el ministerio de Educación también tenemos buenas relaciones: el diálogo de la vida. Los padres se reúnen en las escuelas, en el trabajo y en el mercado…. De esta forma, las personas de credos y culturas diversas se reúnen y dialogan. Nuestra tarea no es imponer algo, sino acompañarlos. Aceptamos esta situación y comunicamos quién es Jesus, qué es la fe, pero con delicadeza, con amistad, procurando el bien común. Porque a fin de cuentas, todos queremos las mismas cosas: educar a los niños, y que crezcan bien, que la familia sea feliz; una vida en paz, llena de significado. Este es el terreno común sobre el cual trabajamos. 

 

Tal vez la Iglesia de Brunéi es profética: es probable que, a futuro, la Iglesia en todo el mundo se reduzca a una minoría… 

Nosotros somos como un Fiat 500. No podemos ser como una Ferrari y no podemos andar rápido. Lo importante es viajar y llegar a la meta, pero cada uno llega allí al ritmo que puede. A veces nos piden que hagamos cosas que no somos capaces de hacer. Pero si la idea es terminar la carrera y al final recibir la corona, sin duda llegaremos al final. No somos una gran Iglesia metropolitana, con mucho personal y numerosos edificios... Eso no es para nosotros. Pero si quieres cosas pequeñas, aquí estamos: aunque seamos lentos, puedes contar con nosotros.

Es como la carrera entre la tortuga y la liebre. La liebre estaba tan segura de ganar que se fue a dormir. Pero la tortuga, aunque era lenta, llegó a la meta.

Tienes que aceptar quién eres. Cada uno tiene una responsabilidad en la viña del Señor, un servicio: lavar los platos, limpiar el suelo, sin quejarse de la tarea que se nos ha confiado. Desde cierto punto de vista, ¿qué ha hecho incluso San Francisco?  Nada: fue a un lugar, a otro y la gente lo seguía porque el Pobrecillo de Asís dio un ejemplo. Aunque seas pobre, puedes dar algo a Dios, si tomas algo de tu pobreza.

Me doy cuenta de que a menudo, especialmente entre los jóvenes, existe la tentación de ser eficientes, de ser "como los demás: debemos tener esto y aquello; hacer esto y esto otro" y nos convertimos en consumistas. Pero no hay necesidad de ser como los demás. Necesitamos ser como Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir.

Creo que realmente hay un valor en el hecho de ser pequeño. Esto no significa que uno no trabaje o que no comparta las responsabilidades. Pero debes ser sabio para entender la situación.

El año pasado estuve en Milán por primera vez y admiré la catedral. Me impresionó mucho ver esta hermosa iglesia; sabía mucho sobre Milán, sobre el Card. Martini, sus libros... Entonces recordé mi iglesia de aquí: un depósito, que desde fuera ni siquiera parece una iglesia. Y sin embargo, es realmente una iglesia: en ella se celebra, se reza, se canta con el corazón, ¡aunque no con la profesionalidad de los cantantes de La Scala! Tal vez sería bello tener una iglesia grande y hermosa también aquí, pero por ahora está bien así. Tal vez mi sucesor llegue a construirla.

 

¿Por qué el papa Francisco lo eligió como cardenal? 

Todavía estoy tratando de entenderlo. Es un poco extraño. Usted conoce mi historia: fui ingeniero, luego estudié teología, pero sin pensar en convertirme en sacerdote. Entonces el obispo me pidió que me hiciera sacerdote. Al principio rechacé la idea, luego pensé: tal vez soy el último, el más reacio, el menos adecuado, pero acepto. Trabajé como sacerdote, colaborando con los laicos... Luego llegó el puesto de vicario apostólico y acepté ayudar a la Iglesia aquí. Luego me pidieron que me convirtiera en obispo. No había habido un obispo en Brunei por más de 20 años. Y en aquél entonces, también, pensé: es por el bien de la Iglesia. Y hace unas semanas el Papa me nombró cardenal. Y pensé: en nombre de mi comunidad, lo acepto. Es cierto, me piden que participe en la carrera de Indianápolis cuando sólo tengo un Fiat 500, ¡y todo esto me parece muy divertido! Además, el Papa Francisco es brillante: dice que la Iglesia no sólo existe en las comunidades famosas y estables, sino también en los lugares pequeños y escondidos, como Laos y Brunei, y e incluso como Corea del Norte o Nepal. En estos lugares, la gente no pide mucho, pero sigue creyendo, esperando... Aquí, en Brunéi, tal vez deberíamos hacer más para integrar a los migrantes, para dar testimonio, pero mi gente es buena, vienen a misa, es fiel…

No debemos olvidar que aquí, en Asia, la gente está hambrienta de Dios. Yo mismo volví a la fe después de la muerte de mi padre, que despertó la pregunta sobre el sentido de la vida. 

Y esto vale para hombres y mujeres, y para jóvenes y viejos. Después de mucho tiempo, me reencontré con un hombre que había sido mi profesor cuando estudiaba ingeniería. Hacía por los menos 40 años que no iba a misa. Yo no sabía que él era católico. Durante la emergencia por el Covid, vino a verme y empezó a seguir la misa on-line. Luego se confesó después de 40 años y tomó la comunión. La cantidad de cosas que hacemos, que quizás son impresionantes, no se pueden comparar con este hecho: una pequeña oveja fue encontrada. Yo también me había perdido y fui encontrado y llevado a la Iglesia. En ese entonces me ayudó un cura, pero esta obra la puede hacer cualquier persona. 

 

Supe que usted no podrá viajar a Roma para participar del Consistorio y recibir la birreta cardenalicia.  

Sí. La cuestión del Covid-19 complica los desplazamientos. Para viajar a Roma debo pasar 14 días en cuarentena; lo mismo tendría que hacer a mi regreso. Además, tengo 69 años y estoy la franja etaria más “vulnerable” al contagio.

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