07/06/2019, 17.00
VATICANO
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D-Day: Card. Ouellet, fe y cultura del encuentro contra el escepticismo y el relativismo

Promover la paz “no comporta solamente las convicciones religiosas traducidas en valores sociales, sino también un aumentado compromiso racional, para transformar al mundo según el imperativo del respeto incondicional de la dignidad de la persona humana”.

 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews)- Las distribuciones sin precedentes causados por la Segunda guerra mundial, el crecimiento del islamismo con sus conflictos intestinos, las tensiones causadas por el crecimiento de la influencia china y la nueva carrera a los armamentos con la difusión de las armas atómicas provocaron “una parga ola de escepticismo y de relativismo. A todo esto la Iglesia católica opone su promoció “de una cultura del encuentro, del diálogo y de la integración que invita a obrar en sinergia con el Espíritu de Dios para que prevalezcan la justicia, la solidaridad, la compasión y el amor que liberan la humanidad del flagelo de la guerra”.

Es la reflexión propuesta por el Card. Marc Ouellet, prefecto de la Congregación para los obispos, en una intervención el la Abadía de Saint-Étienne en Caen, en Francia, en ocasión del 75mo aniversario del desembarco en Normandía, amplios extractos de los cuales fueron publicados por el Osservatore romano.

Para la misma ocasión, el Papa Francisco en un mensaje al obispo de Bayeux-Lisieux, Mons. Jean-Claude Boulanger escribió que la conmemoración sea una invitación a Europa, a los “cristianos de todas las confesiones, creyentes de otras religiones y hombres de buena voluntad, a promover una verdadera fraternidad universal, favoreciendo una cultura del encuentro y del diálogo, atenta a los pequeños y a los pobres”.

Por su parte el Card. Ouellet afirma. “Ante todo, un deber de respeto hacia las víctimas. El Card. Joseph Ratzinger declaró justamente aquí, hace 15 años, con su gran autoridad, que la última guerra fue del todo justa desde el punto de vista de el involucrarse de los aliados contra la locura hitleriana, porque se necesitaba restablecer el derecho de los pueblos europeos, comprendida Alemania, contra la barbarie nazi. Sin embargo, sea cual sea la legitimidad de esta guerra, cuales hayan sido los intereses en juego y las circunstancias que han determinado la explosión de estos conflictos, sean cuales sean las motivaciones de los combatientes y las objetivas justificaciones de los enfrentamientos, la segunda guerra mundial significó para la humanidad la experiencia de una desproporción, ya sea sobre el plano de los medios empleados ya sea sobre las consecuencias sufridas por las poblaciones”. Él recuerda, a tal propósito, las bombas atómicas sobre Japón y “la escalada de los genocidios armenios y ucranianos a los gulag soviéticos y a los campos de exterminio de la Shoah, locura homicida llena de innumerables inocentes y de heridas incurables del cuerpo y del alma”, “al punto que algunos han declarado no poder creer en Dios después de Auschwitz”.

“Si hubo en el pasado una ola optimista de creencia en el progreso y de confianza ingenua en las promesas de la ciencia, la humanidad tuvo la experiencia del desencanto en el mundo causado por la guerra. La caída de las ideologías totalitarias, construidas sobre un presunto sentido de la historia, cedió el puesto a una larga y pesada ola de escepticismo y de relativismo”.

“La memoria de las víctimas de esta hecatombe nos impone un homenaje de respeto y un deber de prevención de los conflictos con cualquier medio. La salvaguardia de la paz es responsabilidad de todos. un responsabilidad de las mujeres y de los hombres de nuestro mundo globalizado, lacerado y super armado, así como nuestras sociedades multiculturales sometidas a los desafíos de la hospitalidad, de la cohabitación y de la integración. La Iglesia católica ofrece el testimonio de su fe en Cristo, Príncipe de la paz, que sostiene su compromiso para la paz en el mundo así como es, sino tendiente hacia un horizonte de fraternidad humana universal posible como anticipación y profecía del Reino de Dios”.

Creer en la paz, prosigue el purpurado canadiense, “no comporta solamente las convicciones religiosas traducidas en valores sociales, sino también un crecido compromiso racional, para transformar el mundo según el imperativo del respeto incondicionado de la dignidad de la persona humana, lamentablemente minado por una colonización ideológica hostil el carácter sagrado de la vida humana misma. En este difícil contexto, creer en la paz y también contar sobre la eficacia de la oración por la paz, desde el momento que el Espíritu Santo dirige la historia humana hacia su cumplimiento trascendente con el concurso imperfecto pero voluntario de las libertades humanas. Éstas se abren con la oración a un mayor influjo de la Gracia que puede plegar los acontecimientos en la dirección de la paz”.

 

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