21/02/2018, 11.12
VATICANO-RUSIA-CHINA
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La Ostpolitik de hoy y la Iglesia ‘en salida’ (III)

de Stefano Caprio*

El derrumbe del comunismo soviético dio la razón a las decisiones políticas vaticanas en el sentido de abrirse a Rusia y a Europa del Este. La nueva Ospolitik anuncia un mundo nuevo, sin demarcaciones geográficas o confesionales. El Papa Francisco alienta a la Iglesia a ir hacia las periferias y mar adentro, tal como esperaba Juan Pablo II. La tercera parte del estudio de un experto.

Roma (AsiaNews)- El derrumbe del comunismo y el “renacimiento religioso” de Europa oriental en la era del Papa polaco parecen haber dado la razón a los cálculos vaticanos. Sin embargo, la victoria no ha llevado a la reconciliación de los pueblos, ni a la re-evangelización del mundo secularizado. Los conflictos entre Occidente y Oriente renacieron, extendidos y temibles como nunca antes, no sólo por las amenazas del terrorismo medio-oriental o de la carrera norcoreana por las armas nucleares, sino y sobre todo, por la guerra económica globalizada de los nuevos pueblos contra los viejos, de China y la India contra los americanos y Europa, con la infinita crisis económica de los mercados financieros y la incontenible migración de los pueblos excluidos, que se dirigen en todas las direcciones del globo.

Con la nueva edición de la Ospolitik, hoy la Iglesia parece quedarse afuera de este escenario, como anunciadora de un mundo distinto, de una civilización diversa, sin límites geográficos ni confesionales. Roma ya no es más “caput mundi”, y no porque haya sido sustituida por Moscú o Beijing, sino porque considera que debe refundarse en un mundo que ya no tiene más jefe ni centro, o quizás acreditando nuevos centros y puntos de referencia. Cada uno puede asumir sobre sí la responsabilidad por todos: si la Ortodoxia considera que es su deber salvar al mundo de la degradación moral, el Vaticano la apoya, incluso contradiciendo sus mismas aperturas más liberales; si la China neo-comunista pretende comandar las leyes del mercado,  sea éste material o ideológico, el Papa la sostiene, incluso sacrificando las estructuras clandestinas que difícilmente han sobrevidido a décadas de persecuciones.

Todo esto sucede, asimismo, con la obra del Papa argentino, Jorge Mario Bergoglio, que está trayendo un movimiento realmente revolucionario de salida del contexto italiano y europeo, en el cual él siempre ha gravitado.

Y no se trata solamente de “tercermundismo”, coherente con la elección del pauperismo, de acercar la Iglesia a las “periferias” de la humanidad más necesitadas, sino de una verdadera conversión geopolítica: la Iglesia católica-romana, como se la suele definir, está convirtiéndose en un Iglesia a-céntrica. Es como si el Papa Francisco, como su homónimo santo inspirador, hubiese venido a arrancar el lazo residencial del papado mismo, dispersándolo por las calles del mundo, como hicieron, de hecho, las órdenes mendicantes medievales con sus miembros.

En realidad, la Iglesia de Francisco sale de sí misma, no sólo de los muros vaticanos, en los cuales se vio forzada a permanecer al perder el poder temporal en un sentido material, sino de esta pretensión de centralidad histórico-política en la cual se ejercitó realmente a lo largo de todo el segundo milenio. Si la Iglesia imperial “bizantina” fue cancelada por la invasión otomana y revive solamente en las ilusiones del Patriarcado ortodoxo ruso y en sus antiguos zares antiguos y modernos, el Papado Romano, al menos en el modo en que siempre lo hemos pensado, está desapareciendo, en medio del entusiasmo de unos pocos y la indiferencia de muchos, para lanzar la nave de Pedro hacia el mar abierto y desconocido, tal como esperaba, en el fondo, el mismo San Juan Pablo II, con el lema evangélico: Duc in altum.

Si la nueva Ospolitik, política de la auto-reducción o de la “disminución evangélica”, es una verdadera profecía o una nueva fuga del mundo -como la de los monjes egipcios en tiempos de Constantino-, será el tiempo quien lo revelará. Lo cierto es que la Iglesia del Papa Francisco está obligando a todos a abandonar las certezas vinculadas a las posiciones y a las rentas de la historia y también, en parte,  a la tranquilidad brindada por las definiciones de los dogmas. Quizás, más que un Papa que proviene “del fin del mundo”, es un Papa elegido por Dios para guiarnos hacia el fin de un mundo superado y cristalizado, para abrirse a una nueva creación.

(Fin de la tercera parte. Para la primera parte,  véase aquí; para la segunda, véase aquí)

 

* Docente de Historia y Cultura rusa en el Pontificio Instituto Oriental de Roma

 

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