16/12/2016, 14.17
VATICANO
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La libertad religiosa es violada brutalmente en Irak y Siria, y “educadamente” en otras partes

Intervención de la Santa Sede en la conferencia sobre la lucha contra la intolerancia y la discriminación hacia los cristianos. “La libertad de religión o de credo es el tornasol para el respeto de todos los demás derechos humanos y libertades fundamentales, porque es la síntesis y  fundamento de éstas”. 

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – “La libertad de religión o de credo es el tornasol para el respeto de todos los demás derechos humanos y libertades fundamentales, porque es la síntesis y  fundamento de éstas”, pero aún hoy ésta es violada, especialmente en relación a los cristianos. Es lo que ha afirmado Mons. Antoine Camilleri, subsecretario de Relaciones con los Estados, en la apertura de la conferencia organizada por la OSCE centrada en el tema de la lucha contra la intolerancia y la discriminación hacia los cristianos, que se desarrolló ayer en Viena.

Recordando la frase de Juan Pablo II, para quien la libertad de religión constituye “el corazón mismo de los derechos humanos”, Mons. Camilleri evidenció que “la libertad de religión es, por ende, fundamental para la defensa de los derechos humanos de todas las personas, sean éstas creyentes o no, dado que en el reino de la conciencia, que constituye la dignidad de la persona humana, hay derechos humanos interconectados e indivisibles, como la libertad de religión o de credo, la libertad de conciencia y la libertad de expresión. De hecho, la lucha contra la intolerancia y la discriminación hacia los cristianos puede ser un instrumento eficaz para defender los derechos humanos de otros creyentes religiosos y, en efecto, también de los derechos humanos de cuantos no profesan religión alguna”.

Dicho esto, el exponente vaticano articuló su intervención en base a tres puntos: “1) la intolerancia religiosa y la libertad de religión o de credo; 2) las diversas formas, incluyendo las más recientes, de intolerancia y de discriminación hacia los cristianos; y 3) el bien potencial inherente al compromiso con la religión y la fe”.

Refiriéndose al primer punto, la intolerancia y la discriminación hacia los cristianos, éstas, “como toda intolerancia y discriminación por motivos religiosos, no sólo son un índice de violación de los derechos humanos, sino que también han demostrado ser el terreno fértil para otras violaciones a los derechos humanos que obstaculizan o amenazan la cohesión social y que pueden llevar a la violencia y al conflicto, incluso entre Estados”.

La intolerancia y la discriminación hacia los cristianos ha asumido múltiples formas y “si bien la atención de esta Conferencia está, obviamente, volcada a la región del OSCE y hay, sin dudas, muchos ejemplos y episodios preocupantes en nuestra región, sería negligente de mi parte no recordar cuando menos la brutal persecución de los cristianos que se verifica en otras partes del mundo, y lamentablemente incluso a la puertas mismas del OSCE. Las atrocidades perpetradas contra los cristianos en Siria y en Irak son absolutamente horrorosas, al punto de no hallar las palabras adecuadas, y su sufrimiento no debe ser olvidado. Efectivamente, en los últimos días, la sombra mortal del extremismo violento ha descendido una vez más sobre la comunidad copta en Egipto.   

Considerando la realidad del área del OSCE, debemos reconocer que la discriminación y la intolerancia, incluyendo los crímenes de odio, azotan a muchos cristianos y a comunidades cristianas, a pesar de que a menudo se tenga la idea de que en esta parte del mundo dicha discriminación e intolerancia no se verifica. Por lo que parece, pertenecer a la religión mayoritaria impide a los cristianos ser considerados víctimas de la intolerancia. Esta manera de ver las cosas, sin embargo, no se basa en la realidad. Los continuos y reiterados ataques a iglesias cristianas y a edificios religiosos, que han sido confirmados por datos del ODIHR, desmienten con facilidad la idea de que los cristianos no sufren intolerancias. La destrucción premeditada de iglesias, capillas y salas, el vandalismo deliberado dirigido contra los espacios y símbolos religiosos, incluyendo cruces, estatuas e imágenes y otros objetos cristianos, así como el robo y el abuso sacrílego de aquello que los cristianos consideran más sagrado, son todos ejemplos, no sólo de actos irrespetuosos, sino también intolerantes, y la mayor parte de las veces, criminales, cometidos a causa de prejuicios”.

Pero “la intolerancia y la discriminación hacia los cristianos no sólo se refiere a ataque violentos o a la destrucción sin sentido de objetos religiosos, sino que también se expresa en muchas formas nuevas”. Benedicto XVI, ha denunciado la “creciente marginalización de la religión” obrada por quienes querrían que la misma fuese “acallada o como máximo que quedase relegada a la esfera puramente privada”, reducida a mera “libertad de culto”. Son las nuevas formas del “sentimiento anticristiano”, aquellas más sutiles y tal vez paradójicas, que contraponen la libertad de credo “a una noción general de tolerancia y de no-discriminación”. Es la que puede ser hallada en “muchos países”, y a la cual el Papa Francisco ha definido, con dolorosa ironía, la “persecución educada de los cristianos”. “Hay quienes sostienen que la celebración pública de festividades como la Navidad debiera ser desalentada –dijo Francisco- según una discutible convicción de que la misma de alguna manera podría ofender a aquellos que pertenecen a otras religiones o bien a ninguna. Y también hay incluso otros que –paradójicamente, con el objetivo de eliminar las discriminaciones- consideran que los cristianos que ocupan cargos públicos debieran, en determinados casos, actuar contra la propia conciencia. Estos son signos preocupantes de la incapacidad de tener en cuenta de manera justa los derechos de los creyentes en lo que hace a la libertad de conciencia y de religión, pero también del rol legítimo de la religión en la esfera pública”. En otras palabras,   “dando a entender una ‘corrección política’, la fe y la moral cristianas son consideradas hostiles y ofensivas, y por lo tanto, es algo que debe ser eliminado del discurso público”.

“No obstante los numerosos desafíos que debemos afrontar al combatir la intolerancia hacia los cristianos, no debemos olvidar que la religión o la fe –y por lo tanto, el cristianismo- tiene una capacidad ilimitada de bien, no solo para los individuos o las comunidades (basta con recordar las inmensas obras de caridad llevadas adelante por los cristianos), sino también para la sociedad en su conjunto.  Aunque reconociendo el rol positivo que la religión pueda desarrollar en la esfera pública y en la sociedad, en su Carta Encíclica Laudato si’, el Papa Francisco ha reiterado que ‘la Iglesia no pretende […] sustituir a la política’ (n. 188). La Iglesia tampoco pretende ofrecer soluciones técnicas a los problemas del mundo, dado que esta es una responsabilidad que recae sobre otros. La religión, sin embargo, tiene la especial tarea de ofrecer sus principios como guía para la comunidad de creyentes y para la sociedad en general. Por su naturaleza, está abierta a una realidad más grande y, por ende, puede guiar a las personas y a las instituciones en pos de una visión más universal, hacia un horizonte de fraternidad universal que ennoblece y enriquece el carácter de la asistencia humanitaria. Una persona que ha sido auténticamente formada en una visión religiosa, no puede ser indiferente al sufrimiento de hombres y mujeres”.  

“La Santa Sede está convencida de que, tanto para los individuos como para las comunidades, la dimensión de la fe puede favorecer el respeto de las libertades fundamentales y de los derechos humanos, sostener la democracia y el Estado de derecho, y contribuir a la búsqueda de la verdad y de la justicia. Además, el diálogo y la colaboración entre las religiones y con las religiones son un medio importante para promover seguridad, confianza, reconciliación, respeto y comprensión recíproca y para favorecer la paz. Nuestros esfuerzos comunes para combatir la intolerancia o la discriminación hacia los cristianos parten de nuestro reconocimiento común de la libertad de religión o de credo”.    

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