20/02/2018, 11.02
VATICANO-RUSIA-CHINA
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Las críticas a la Ostpolitik, la persecución y el disenso (II)

de Stefano Caprio*

La apertura vaticana hacia la URSS siempre fue defendida por Pablo VI, si bien muchos en la Iglesia se escandalizaron a raíz de ello. La política benévola jamás detuvo las persecuciones, que incluso se incrementaron. Pero surgió el Samizdat, una forma de resistencia ecuménica y cultural, vivida por católicos, protestantes y ortodoxos, a partir de los lagers. La segunda parte del estudio de un experto.

Roma (AsiaNews) – El intento de la diplomacia vaticana de abrirse camino por entre las grietas del muro de la política antirreligiosa soviética, es bastante criticado, y esto ocurre tanto dentro como fuera de la misma Iglesia católica. Muchos consideraban que era inadmisible y casi inmoral cultivar relaciones con quien continuaba persiguiendo duramente a los creyentes. Fue clamoroso el caso del padre jesuita Alessio Floridi, uno de los mejores especialistas católicos en la temática de las relaciones con Rusia, y desde 1950 el principal experto en problemas del mundo ruso y soviético en la revista Civiltà cattolica. A causa de sus publicaciones, se le deniega la visa a la URSS. Desde mediados de los años Sesenta suspende su colaboración con la revista debido a la polémica surgida en torno a la Ostpolitik vaticana, hasta la publicación de su libro de denuncia, Moscú y el Vaticano. En la introducción de su libro, el historiador ruso disidente Mikhail Agurskij escribe: “El problema que plantea el autor es realmente tormentoso: por razones que no pueden definirse con precisión, el Vaticano -que goza de tanta autoridad moral en el mundo-, de manera inesperada, ha venido a encontrase en una extraña e innatural asociación con una fuerza diametralmente opuesta a aquellos valores sobre los cuales se funda cualquier religión, [una fuerza] que no sólo niega esta última, sino que la combate activamente”.

A mediados de los años Setenta, en el Vaticano ya se podía trazar un panorama en relación a la política entablada con Europa del Este, que prácticamente llevaba décadas. Sobre este balance general no sólo pesaban las críticas que provenían del Este (en 1974, el mismo primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszynski, expresó su contrariedad a la institución en vista del “contacto permanente” entre el gobierno polaco y la Santa Sede, prácticamente vislumbrando las futuras relaciones diplomáticas) y por personajes como el padre Floridi. Los mismos resultados no parecieron satisfactorios, a pesar del gran cambio que tuvo lugar del lado vaticano. En 1975, Pablo VI traza públicamente un panorama problemático. El papa manifiesta su insatisfacción, si bien reafirma la validez de la Ostpolitik. “Si, en algunos casos –dice, dirigiéndose al Colegio de cardenales- los resultados del diálogo parecen ser escasos, insuficientes o tardan en llegar, y si otros pueden ver en ello un motivo lo suficientemente firme como para interrumpirlo, nosotros, en cambio, consideramos un grave deber nuestro proceder con iluminada constancia sobre un camino que nos parece, en primer lugar, exquisitamente evangélico: de longanimidad, de comprensión, de caridad. Pero esto sin ocultar, por cierto, la amargura y la preocupación que nos causa el prolongarse o el agravarse de no pocas situaciones contrarias a los derechos de la Iglesia, o de la persona humana; y advirtiendo que no debe sobrentenderse esta responsable actitud nuestra como una docilidad o una resignada aceptación” (Cit. en Riccardi Andrea, El Vaticano y Moscú. 1940-1990, Roma-Bari 1992, p. 314).

 

La persecución religiosa

En efecto, la política vaticana no permitió modificar de manera sustancial la situación de los creyentes en los países del régimen ateo, que prácticamente rozaba la clandestinidad. Es más, incluso aprovechándose de las manos tendidas occidentales y vaticanas, esos regímenes a menudo optaron por agudizar la presión y la persecución directa ejercida contra los creyentes, colocando a la Santa Sede en una situación bastante embarazosa. Causó gran estruendo el caso de la regencia de Kruschev, que mientras se proponía como uno de los grandes protagonistas de la distensión internacional, al mismo tiempo decidía llevar adelante las campañas antirreligiosas más sistemáticas de la historia de la URSS, llegando al objetivo declarado de “mostrar en televisión el arrepentimiento del último pope”. Por otra parte, la situación tampoco mejoro después de la defenestración de Kruschev en 1964; durante la larga etapa de “estancamiento” brezneviano, el control sobre las aspiraciones religiosas fue continuo y asfixiante, llegando a organizar manicomios psiquiátricos especiales, donde se encerraba a los creyentes más activos.  

Sin embargo, los creyentes siguieron existiendo, a pesar de todas las vejaciones y propósitos de exterminio de la fe. Es más, precisamente uno de los efectos de la contradictoria apertura del período de postguerra, del Concilio y de la distensión política, fue el surgimiento espontáneo de un movimiento de protesta social, cultural y religiosa en toda Europa del Este y en la misma Unión Soviética, el llamado “disenso”, que también fue identificado con la forma semi-clandestina de difusión de la literatura no alineada, el samizdat. El disenso asumió expresiones públicas estrepitosas sólo en los países más cercanos a Occidente, por su historia y mentalidad (y por ser de mayoría católica) como fue el caso de Polonia y Hungría, donde se lo reprimió con extrema violencia valiéndose de tanques de guerra soviéticos, mientras que en el corazón del imperio de la URSS se canalizó prevalentemente hacia formas poéticas o literarias, en las cuales la religiosidad podía expresarse de un modo natural y floreciente.  

Como es obvio, los disidentes religiosos no podían comprender ni justificar las acrobacias de la diplomacia vaticana, que a menudo eran consideradas una verdadera y auténtica traición a la “Iglesia del silencio” en la cual se conservaba la fe a costa de sufrimientos y humillaciones, con frecuencia, llegando a arriesgar incluso la vida. Fue precisamente a raíz de la persecución que se produjeron convergencias ecuménicas inesperadas entre los representantes de las diversas confesiones cristianas: mancomunados por un infeliz destino, en el archipiélago de los lagers soviéticos, católicos, ortodoxos y protestantes volvían a experimentar la armonía y la fraternidad de los primeros siglos, superando sin esfuerzo las diferencias doctrinales y disciplinarias más difíciles de resolver.  Un teólogo ortodoxo, Mikhail Meerson-Aksënov, difundió en 1972 el ensayo El pueblo de Dios y los pastores, en el cual se afirma que “la Iglesia fundada por Cristo, una y católica (universal, sobornaja), en la historia se ha dividido y se ha escindido en dos (la Iglesia occidental y la oriental) y luego en más partes contrastantes. Las fuerzas del infierno no pueden vencer a la Iglesia en su plenitud, ¿pero qué confesión -cerrada en sí misma y que se oponga a las otras- osará pretender para sí esta plenitud?”. De esta manera florecía, “por debajo de las piedras”, para utilizar la expresión de Solženicyn, un nuevo renacimiento cristiano, por su naturaleza, inter-confesional y bastante poco institucional: las jerarquías eclesiásticas locales a menudo permanecían a su vez aprisionadas por un forzado colaboracionismo como el régimen antirreligioso, mientras los emisarios del Papa caían en continuos compromisos en la compleja búsqueda de espacios para poder maniobrar.

Si en la periferia de los países satélites el punto de referencia de los católicos siguió siendo el clero polaco -que supo defender mejor que otros el rol central de la Iglesia incluso en la sociedad comunista-, dentro de la URSS, los católicos se aferraron a dos grandes islas: al catolicismo latino lituano, que resistía con un espíritu análogo al de sus vecinos polacos,  y al catolicismo de rito griego de la Ucrania occidental, que se organizaba en la más absoluta clandestinidad, habiendo sido oficialmente suprimido por Stalin en el pseudo-Sínodo de Leópolis del año 1946, con la formal complicidad de la misma Iglesia ortodoxa, tras el arresto de su líder, el metropolita Josif Slipyj.

Mientras en las altas esferas vaticanas se trataba de mantener –en la mayor medida de lo posible- un equilibrio entre los esfuerzos diplomáticos y la defensa de los creyentes perseguidos, en Occidente fueron muchos los intentos, más o menos organizados, orientados a sostener la “Iglesia del silencio”, con la solidaridad material y espiritual de quien gozaba de todas las libertades. En efecto, desde principios de la postguerra, se fueron formando asociaciones, centro culturales, movimientos laicos, dedicados al sostén de los co-hermanos de la URSS y de Europa del Este, que, luego del Concilio ampliaron y profundizaron las directivas propias y las capacidades de intervención, sumando a la resistencia anti-comunista y a la conservación de las tradiciones violadas, aquellos ideales de renovación de la Iglesia y de apertura ecuménica que el Concilio mismo había ofrecido al mundo entero.

(Fin de la Segunda parte. Para acceder a la primer parte, véase aquí)

 

             * Docente de Historia y Cultura rusa en el Pontificio Instituto Oriental de Roma

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