07/02/2018, 13.17
VATICANO - CHINA

Mons. Sánchez Sorondo en el País de las maravillas

de Bernardo Cervellera

El canciller de la Pontificia Academia de Ciencias exalta a China como el lugar donde se realiza mejor la doctrina social de la Iglesia. El obispo parece no ver las barracas pobres de Beijing y Shanghái, la expulsión de los migrantes, las opresiones sobre la libertad religiosa. Muestra aprecio por los Acuerdos de París sobre clima, pero guarda silencio sobre los lazos entre riqueza, corrupción y contaminación. Un abordaje ideológico que pone en ridículo a la Iglesia.

Roma (AsiaNews) – A mis amigos que viajan a China, siempre les he recordado que no se detengan a visitar los centros comerciales, los hoteles de ultra-lujo y los rascacielos, sino que vayan también a las periferias y al campo, para tener un panorama realista de China.  Si se parte del desastre económico en el que se había sumido después de la muerte de Mao, el país, sin lugar a dudas, ha dado pasos gigantescos, sacando de la pobreza a millones de personas, modernizando las industrias y convirtiéndose en la súper-potencia económica que ya le hace sombra a los Estados Unidos.  

Pero de ahí a presentar a China como el “País de las Maravillas”, hay un abismo. En la entrevista que él concedió después de un viaje a Beijing, brinda un relato de una China que no existe, o, en todo caso, hay una China que los diligentes acompañantes chinos no le hicieron ver.  

“No hay barracas”, dice Mons. Sanchez Sorondo. ¿Acaso nuestro obispo probó ir al sur de la capital, donde, desde hace meses, el gobierno de la ciudad está destruyendo edificios y casas, y expulsando a decenas de miles de trabajadores migrantes? ¿Por no hablar de las periferias de Shanghái, o de las otras megalópolis chinas, donde se vislumbra una “limpieza” y la expulsión de la población “más baja” e indefensa?

El obispo, canciller de la Pontificia Academia de las Ciencias, llega a afirmar que los chinos son “quienes realizan mejor la doctrina social de la Iglesia”. Pero tal vez no se refiera a esta expulsión de personas, que, dicho sea de paso, se asemeja mucho a un fruto de la “cultura del descarte”, tan criticada por el Papa Francisco.  

 “No hay droga”, dice el obispo: ¿pero acaso ha ido a las prisiones chinas, donde narcotraficantes y drogadictos son llevados arrestados e incluso conminados con la condena a muerte? ¿Y a Shenzhen, que es la plaza de venta de la droga que llega incluso a Hong Kong?

 

Luego, no hablemos de la libertad religiosa en China. La libertad religiosa debiera ser un pilar de la doctrina social de Iglesia católica. Quizás debiéramos proponer al obispo una lectura de las noticias cotidianas sobre la violencia, los arrestos de cristianos, musulmanes, budistas, los abusos perpetrados sobre las iglesias domésticas, los controles sobre las iglesias oficiales. El mismo camino accidentado de diálogos entre China y el Vaticano testimonia la dificultad y la reticencia de Beijing para aceptar una mínima libertad religiosa para los católicos.

Quizás alguien deba decirle a Mons. Sánchez Sorondo que desde el primero de febrero, con la implementación de las nuevas normativas, todas las iglesias no-oficiales fueron clausuradas y cuando menos 6 millones de fieles católicos no tienen un lugar donde reunirse: la amenaza del régimen que “realiza mejor la doctrina social de la Iglesia” es el arresto, multas estratosféricas, y la expropiación de los edificios donde se reúnan los fieles. Además, de aquí en más, las autoridades locales prohibirán a los “menores de 18 años” el ingreso a las iglesias, incluso a aquellas oficiales. Como dijo un sacerdote, “China ha transformado la iglesia en un club nocturno, sólo para adultos”.  

No hablemos luego de la ingenuidad con la cual Mons. Sánchez Sorondo habla del Imperio chino como del lugar donde se apunta al “bien común”, donde la economía no domina la política. En efecto, él necesita saber que en China, economía y política son lo mismo; que los multimillonarios ocupan los escaños del parlamento chino y determinan la política de acuerdo a sus intereses, que no son los del resto de la población. Según los estudiosos, al menos un tercio de la población china no goza de ningún fruto del desarrollo económico de China: son los agricultores y los migrantes a los cuales no se les garantiza la propiedad de la tierra (promesa dada en la época de Mao, que jamás fue mantenida); a los cuales no se les brinda ningún derecho social y tal vez ni siquiera la paga, tal como demuestran los reportes mensuales del China Labour Bulletin.

Es cierto, y en esto tiene razón el obispo, que China –a diferencia de Trump, y de los Estados Unidos- ha decidido permanecer en los Acuerdos de París sobre el clima. Sin embargo, por ahora, “ha prometido” trabajar para detener la contaminación, y el país tiene el ambiente más destruido y venenoso del mundo. Lo cual sin lugar a dudas es culpa de muchos inversionistas occidentales que se aprovechan de una débil legislación china, pero también de la avidez y la corrupción de miembros del Partido que prefieren, al igual que muchos en el mundo, el beneficio inmediato a costas de su misma población.

Podemos comprender que en la desesperación por buscar acuerdos entre China y el Vaticano, se admire y exalte la cultura china, el pueblo chino, la mentalidad china –como hace el Papa Francisco- pero presentar a China como modelo… Sería necesario escuchar a los obispos africanos, que ven destruida la economía de sus países, por la invasión de inversiones y de la mano de obra china, y se ven despojados de sus riquezas, tal como ha ocurrido alguna vez con los colonizadores occidentales.

Es verdad que en el mundo todos se ven presionados a optar por Estados Unidos o China, entre un capitalismo liberal y un capitalismo de Estado, pero idolatrar a China es una afirmación ideológica que pone en ridículo a la Iglesia, y que le hace mal al mundo.

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