15/01/2018, 14.52
TAILANDIA
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P. Bolgan: los tribales se sienten conquistados por Dios ‘Creador y Padre’

Las numerosas conversiones que se dan entre los pueblos del norte alimentan a la joven Iglesia tailandesa. En comparación con los tailandeses, ellos muestran una mayor apertura frente al anuncio del Evangelio. La lengua y el territorio dificultan la labor pastoral de los misioneros. 

Fang (AsiaNews) – El P. Massimo Bolgan (foto), de 50 años de edad, es un sacerdote del Pontificio Instituto de las Misiones en el Extranjero (PIME) que se desempeña como misionero en Tailandia. Desde el 6 de enero pasado, él es párroco de Fang, una localidad situada en el extremo norte del país, sobre la frontera con Myanmar. El padre Bolgan desarrolla su servicio en medio de tribus pertenecientes a varias minorías étnicas, que viven en un contexto de pobreza y aislamiento, tanto desde el punto de vista social como geográfico.  La misión de PIME comprende dos pensionados, uno en Fang y otro en Ban Thoet Thai, destinados a alojar a más de 100 jóvenes pertenecientes a familias pobres, donde se les brinda instrucción. A causa de la vastedad del territorio a cubrir (hay más de 100 kilómetros de distancia entre los dos centros), a pedido del padre Bolgan y de su co-hermano el padre Marco Ribolini (actualmente párroco en Ban Thoet Thai), se han instituido dos parroquias distintas. Durante la solemnidad de la Epifanía, fiesta parroquial en Fang, el obispo de Chiang Mai presidió la celebración a través de la cual quedó oficializada la división de la misión. Al ser entrevistado por AsiaNews, el p. Bolgan narra su experiencia en una Iglesia de frontera, animada por las conversiones de los pueblos tribales.

Las minorías tribales del norte de Tailandia, conocidas como las tribus de las montañas, muestran una mayor apertura frente al anuncio del Evangelio, porque se sienten conquistadas por la idea de un Dios que es ‘Creador y Padre’. El P. Massimo Bolgan explica el camino de conversión de las llamadas “tribus de las montañas”: “A diferencia de ellos, la cultura tailandesa está profundamente arraigada en la tradición budista, razón por la cual es difícil para un misionero extranjero abrir brecha en los corazones de la población local, a pesar de que los sacerdotes siempre son recibidos de la mejor manera –cuenta el padre Bolgan-. Si bien las escuelas católicas son frecuentadas por una mayoría de estudiantes budistas, las conversiones al cristianismo no son muy frecuentes entre los tailandeses. Sin embargo, en el norte del país la realidad es muy distinta.  Las minorías tribales del Norte, las llamadas tribus de las montañas, muestran una mayor apertura frente al anuncio del Evangelio. Ellos se trasladaron a esta región desde los países limítrofes, es decir, desde Myanmar, China y Laos. Estos pueblos no tienen una identidad nacional fuerte, no poseen documentos ni ciudadanía tailandesas y sólo conocen los dialectos propios. La situación política y económica de sus respectivos países de origen ha empujado a estos pueblos nómades a trasladarse a Tailandia, donde hallaron mayor tranquilidad, pero al mismo tiempo dificultades para integrarse en un contexto socioeconómico más desarrollado. El norte es una región montañosa, con un ambiente diferente y distinto de las llanuras, donde los tailandeses solían establecerse para cultivar el arroz. Dese el punto de vista religioso, estos pueblos se vinculan al culto de los espíritus, el cual no requiere textos sagrados. Los primeros misioneros cristianos fueron quienes dieron forma escrita a las lenguas de estos pueblos, valiéndose del alfabeto latino. En el caso de los del PIME, el primero en iniciar esta actividad entre nosotros fue el P.  Giovanni Zimbaldi”.

El padre Giovanni Zimbaldi, de 88 años, es el decano de los misioneros del PIME en Tailandia, y está presente en Asia desde el año 1958. Él ha vivido en las montañas y en los bosques del este de Birmania, hasta 1966, cuando los militares instauraron la dictadura y expulsaron a todos los misioneros más jóvenes. En 1972, junto a dos co-hermanos, se dirigió a Chiang Mai, en el norte de Tailandia, para fundar la misión del PIME en el país. Al año siguiente, el padre Zimbaldi se trasladó a Fang, a 150 kilómetros al norte de Chiang Mai, y sobre  la frontera con Birmania [actualmente Myanmar, ndr], donde se levanta una misión francesa que se encuentra abandonada hace años.  Llega al lugar para ocuparse de los tribales Lahu y de los Akhá, que huían de Birmania, pueblos con los que él ya había trabajado en el pasado, y cuya lengua conocía bien. El padre Zambaldi traduce al lahu el catecismo de la Iglesia católica, así como textos religiosos, oraciones y cantos sagrados.  

“Algunos tribales que llegaron a Tailandia –prosigue el padre Bolgan- ya habían oído hablar del padre Giovanni, y por eso lo convocaban desde los pueblos y lo recibían con alegría. Él construyó la misión y ahora hay 22 pueblos en un radio de 25 kilómetros desde Fang. Más al norte, en Ban Thoet Thai, donde el padre Giovanni abrió otro centro, hay 25 [pueblos]. Incluso Mae Suay, otra misión del PIME, ha crecido con el correr de los años”.

La vida pastoral de un sacerdote en el norte del país requiere mucha energía. En parte, por el hecho de que se trata de regiones remotas y difícilmente accesibles. Además los pueblos que allí residen utilizan lenguas y dialectos que los misioneros suelen no hablar, lo cual torna ardua la comunicación con los fieles. “El territorio de la parroquia es muy vasto e intransitable –cuenta el sacerdote-. A pesar de ello, trato de llegar a todos los 1.600 fieles, visitando cada pueblo una vez cada dos meses. Nuestra actividad se torna dificultosa por el hecho de que los misioneros no hablamos las lenguas tribales, pero nos acompañan en el trabajo cotidiano católicos y catequistas que desarrollan el rol de intérpretes. Cada comunidad es autónoma, aunque a veces puedan necesitar de nuestro sostén, sobre todo, económico, En comparación con lo que sucedía hace algunos años, la situación en los pueblos ha mejorado.  Aunque joven, la fe de los tribales está estrechamente ligada a los sacramentos, a la oración y a las celebraciones religiosas. Por eso, los católicos sienten la necesidad de nuestra presencia como sacerdotes, y, poco a poco, se liberan del miedo que su anterior creencia religiosa infundía en ellos. Sin embargo,  a causa de las dificultades económicas generalizadas, que empujan a la gente a mudarse a las grandes ciudades, nos cuesta mucho asegurar la presencia de catequistas en cada pueblo. Lo mismo pasa con los chicos que alojamos en nuestros pensionados: una vez que terminan la escuela suelen irse a otro lado y no vuelven a sus comunidades de origen.  Sin embargo, es fundamental que estos jóvenes reciban una educación cristiana, que los lleve a ser líderes para los católicos, en un futuro”.

Las numerosas conversiones que se producen entre los pueblos que residen en el norte alimentan a la joven Iglesia tailandesa y constituyen un cambio radical en la vida de los tribales. “Son varios los motivos que impulsan a estas tribus a buscar el contacto con los misioneros. Uno de éstos es la educación de los niños, que los pueblos no pueden garantizar por su cuenta, por falta de estructuras. El único modo de hacer que los jóvenes estudien era confiarlos a los pensionados manejados por el padre Giovanni en Fang y en Mae Suay.   Otro aspecto a tener en cuenta es el deseo de liberarse de la influencia y del miedo a los espíritus, presente en estas poblaciones. La confrontación con los pueblos que ya han tenido contacto con los misioneros,  y por otro lado los beneficios, incluso económicos, que las comunidades cercanas han obtenido a partir del abandono de las creencias tradicionales, empujan a los tribales a acercarse a los sacerdotes. Una vez acogidos en las cabañas, éstos retiran los ídolos y los objetos sagrados, antes de comenzar un camino de conversión que se inicia con la enseñanza de las oraciones y de los sacramentos”.

“Al vivir un nexo fuerte con la naturaleza, los tribales son atraídos por la idea de un Dios Creador, propia del cristianismo. La imagen de un Dios que además es Padre, que ama al hombre, es otro aspecto que los conmueve mucho, que conquista su corazón”.

La conversión a una nueva fe infunde en los tribales, que padecen el prejuicio de gran parte del pueblo tailandés, la alegría de pertenecer a una familia más grande: la Iglesia universal. “En los pueblos católicos, cuando hablamos de la Iglesia, los misioneros nos referimos a algo que supera los límites de las comunidades y de las naciones. Al mirar las imágenes del Papa y de los cristianos de todo el mundo, los tribales se sienten orgullosos de formar parte de la familia católica. En esta zona hay muchos protestantes, misioneros provenientes de los Estados Unidos y de Corea del Sur, pero la diferencia de advierte, porque ellos están un poco encerrados en sus comunidades, mientras que los católicos abrazan al mundo”, concluye el padre Bolgan. 

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