09/04/2018, 17.43
VATICANO
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Papa: También en el mundo de hoy todos estamos llamados a tratar de ser santos

Lleva por título “Gaudete et exultate”. (Alégrense y exulten), la exhortación apostólica de Francisco. Un camino hecho difícil por los “riesgos” de la cultura moderna, como la ansiedad nerviosa y violenta, el consumismo. El individualismo y “tantas formas de falsa espiritualidad sin un encuentro con Dios”. El diablo es “algo más que un mito”. En realidad, llegar a ser un buen cristiano es “simple: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el discurso de las Bienaventuranzas”.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews)-Recordar a nuestro tiempo que la llamada a la santidad es la razón por la cual fuimos criados: “El Señor nos pide todo y lo que ofrece es la vida verdadera, la felicidad para la cual fuimos creados. Él nos quiere santos y no se espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, inconsciente”. El Papa Francisco explica así la razón de la Exhortación apostólica “Gaudete et exultate” (Alégrense y exulten), publicada hoy.

En las 44 páginas del documento se afirma que la santidad es una “llamada” que se refiere a todos y santos no son sólo aquellos canonizados y conocidos, sino también aquellos de “la puerta de al lado”, por todos desconocidos, pero no por Dios. ”¿Eres consagrada o consagrado? Sé santo viviendo con alegría tu entrega. ¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos. ¿Eres padre, abuela o abuelo? Sé santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús. ¿Tienes autoridad? Sé santo luchando por el bien común y renunciando a tus intereses personales. (n.14).  

Pero es una llamada que en nuestros días encuentra obstáculos en corrientes de pensamiento como el moderno agnosticismo, que pretende reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que trata de dominar todo”. “A una doctrina sin misterio”. O el pelagianismo. “Cristianos que se empeñan en seguir otro camino: el de la justificación por las propias fuerzas, el de la adoración de la voluntad humana y de la propia capacidad, que se traduce en una autocomplacencia egocéntrica y elitista privada del verdadero amor. Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, la vanagloria ligada a la gestión de asuntos prácticos, el embeleso por las dinámicas de autoayuda y de realización autorreferencial.(n. 57)”.                            

En realidad, llegar a ser un buen cristiano “es simple: es necesario hacer, cada uno a su modo, aquello que Jesús dice en las Bienaventuranzas”.

Mientras tanto “lamentablemente a veces las ideologías nos llevan a dos errores nocivos. Por un lado, al de transformar “al cristianismo en una especie de ONG”, privandolo de su “luminosa espiritualidad” (n.100) “de la propia relación personal con el Señor”. "es nocivo e ideológico el error de quienes viven sospechando del compromiso social de los demás, considerándolo algo superficial, mundano, secularista, inmanentista, comunista, populista. La defensa del inocente que no nació, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya nacieron, que se debaten en la miseria (n.101)”.

“Aceptar cada día el camino del Evangelio no obstante nos procure problemas, esto es santidad”. “No puedo dejar de recordar aquella pregunta que se hacía santo Tomás de Aquino cuando se planteaba cuáles son nuestras acciones más grandes, cuáles son las obras externas que mejor manifiestan nuestro amor a Dios. Él respondió sin dudar que son las obras de misericordia con el prójimo, más que los actos de culto” (n.106)”. “Quien de verdad quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificarse para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia. Es lo que había comprendido muy bien santa Teresa de Calcuta: «Sí, tengo muchas debilidades humanas, muchas miserias humanas. […] Pero él baja y nos usa, a usted y a mí, para ser su amor y su compasión en el mundo, a pesar de nuestros pecados, a pesar de nuestras miserias y defectos. Él depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama. Si nos ocupamos demasiado de nosotros mismos, no nos quedará tiempo para los demás»” (n.107)”.

El papa escribe luego que “son cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que considero de particular importancia, debido a algunos riesgos y límites de la cultura de hoy. En ella se manifiestan: la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual (n.111)”.

“La primera de estas grandes notas es estar centrado, firme en torno a Dios que ama y que sostiene. Desde esa firmeza interior es posible aguantar, soportar las contrariedades, los vaivenes de la vida, y también las agresiones de los demás, sus infidelidades y defectos: «Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8,31).Esto es fuente de la paz que se expresa en las actitudes de un santo (n.112).

La segunda características es “alegría y sentido del humorismo”. “El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17), porque «al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado […] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo»” (n.122).

“Al mismo tiempo, la santidad es parresía: es audacia, es empuje evangelizador que deja una marca en este mundo. Para que sea posible, el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: «No tengáis miedo» (Mc 6,50). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Estas palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los llevaba a anunciar a Jesucristo (n.129)”.

La  santificación, luego, “es un camino comunitario, que hay que hacer de dos en dos. Así los reflejan las comunidades santas”. Entre ellos, Francisco recuerda también a san Pablo Miki y compañeros mártires en Japón, san Andrés Taegon y sus 35 compañeros mártires en Corea y los monjes trapenses en Tibhirine en Argelia, “que se prepararon juntos para el martirio. Del mismo modo, hay muchos matrimonios santos, donde cada uno fue un instrumento de Cristo para la santificación del cónyuge. Vivir o trabajar con otros es sin duda un camino de desarrollo espiritual. San Juan de la Cruz decía a un discípulo: estás viviendo con otros «para que te labren y ejerciten» (n.141).

“En concreto, no obstante parezca obvio, recordamos que la santidad está hecha de apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración. El santo es una persona del espíritu orante, que necesita comunicarse con Dios”, “No creo en la santidad sin oración, si bien no se trata necesariamente de largos momentos o de sentimientos intensos. (n.147”.

El Papa Francisco en este punto recuerda sin embargo que “la vida cristiana es un combate permanente. Se necesitan fuerza y coraje para resistir a las tentaciones del diablo y anunciar el Evangelio. Esta lucha es muy bella, porque nos permite festejar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (n.158)”. “No se trata solo de un combate contra el mundo y la mentalidad mundana, que nos engaña, nos atonta y nos vuelve mediocres sin compromiso y sin gozo. Tampoco se reduce a una lucha contra la propia fragilidad y las propias inclinaciones (cada uno tiene la suya: la pereza, la lujuria, la envidia, los celos, y demás). Es también una lucha constante contra el diablo, que es el príncipe del mal. Jesús mismo festeja nuestras victorias (n.159)”. Pero, el enemigo es “algo más que un mito”. “No aceptaremos la existencia del diablo si nos empeñamos en mirar la vida solo con criterios empíricos y sin sentido sobrenatural. Precisamente, la convicción de que este poder maligno está entre nosotros, es lo que nos permite entender por qué a veces el mal tiene tanta fuerza destructiva (n, 160). El diablo no es “una representación, un símbolo, una figura o una idea. Ese engaño nos lleva a bajar los brazos, a descuidarnos y a quedar más expuestos. Él no necesita poseernos. Nos envenena con el odio, con la tristeza, con la envidia, con los vicios. Y así, mientras nosotros bajamos la guardia, él aprovecha para destruir nuestra vida, nuestras familias y nuestras comunidades (n. 161)".                                      

En esta lucha constante “tenemos las potentes armas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la Reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el compromiso misionero (n. 162)”.

Y para saber si una cosa viene del Espíritu Santo o si deriva del espíritu del mundo o del espíritu del diablo, “La única forma es el discernimiento, que no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir. Si lo pedimos confiadamente al Espíritu Santo, y al mismo tiempo nos esforzamos por desarrollarlo con la oración, la reflexión, la lectura y el buen consejo, seguramente podremos crecer en esta capacidad espiritual (n.166)”. Y “ pedirle al Espíritu Santo que nos libere y que expulse ese miedo que nos lleva a vedarle su entrada en algunos aspectos de la propia vida.. Esto nos hace ver que el discernimiento no es un auto-análisis presuntuoso, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos (175)”.

Espero que estas páginas -concluye Francisco- sean útiles para que toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentarnos mutuamente en este propósito. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar”. (FP)

 

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