Desde las periferias hasta Teherán, la protesta sacude los cimientos de la República Islámica
Las autoridades han cortado internet en todo el país para no dar visibilidad a las manifestaciones. Khamenei amenaza a los que “destruyen calles” para “complacer” a Trump. En realidad, el descontento es mucho más arraigado y difundido de forma capilar debido a una crisis económica cada vez más grave. Y junto a las consignas pro-derechos y libertad, intenta abrirse paso también la nostalgia monárquica
Teherán (AsiaNews) - Desde las periferias hasta el corazón de la República Islámica, las protestas contra el gobierno que desde hace días inflaman las calles y las plazas de Irán no han estallado, como en el pasado, en la capital o en los grandes centros urbanos, sino que comenzaron en las pequeñas ciudades y aldeas del país, en las periferias, y después se propagaron como un incendio hacia Teherán. Los que han estado a la cabeza desde las primeras manifestaciones en la segunda mitad de diciembre son lugares que, en el pasado, raramente habían atraído la atención local o internacional. Localidades menores, a menudo ignoradas por los medios y por la política nacional, pero que hoy se han convertido en el combustible que ha permitido que el descontento se difundiera en gran parte del territorio. En respuesta, las autoridades han llevado a cabo hasta el momento un número indeterminado de arrestos, además de los muertos y heridos. Y el propio guía supremo, el ayatolá Ali Khamenei, advirtió a los manifestantes que “están devastando las calles” para “complacer al presidente de otro país”, en referencia al presidente estadounidense Donald Trump.
A pesar del refuerzo de las medidas de seguridad, los datos recogidos el 5 de enero muestran que en un solo día - y el número ha seguido aumentando en los días posteriores - se realizaron manifestaciones en más de 340 localidades de las 31 provincias de Irán. La mayoría de las protestas tuvieron lugar en pequeñas ciudades y condados rurales, lo que demuestra un descontento generalizado que no se limita a metrópolis como Teherán ni a lugares emblemáticos como Qom.
La presencia constante de manifestantes en estas zonas menos conocidas sugiere además que el corazón de los disturbios se ha desplazado de los grandes centros urbanos hacia las áreas más pequeñas y remotas. Por otra parte, aunque estas regiones reciben una cobertura mediática limitada, se encuentran entre las más gravemente afectadas por la creciente crisis económica y política que sufre desde hace tiempo la República Islámica y el régimen de los ayatolás.
Un análisis más profundo de IranWire en cuatro de estas áreas - las ciudades de Abdanan, Malekshahi, Azna y Neyriz - indica que la ola de protestas está estrechamente relacionada con antiguas reivindicaciones económicas y promesas de desarrollo no cumplidas. En estas regiones la retórica oficial sobre el “crecimiento industrial” y la “transformación económica” contrasta marcadamente con la pobreza generalizada, las infraestructuras deficientes o decadentes y el desempleo crónico.
Décadas de mala gestión del gobierno y un panorama de considerable abandono - tanto a nivel local como nacional - han dejado a las poblaciones locales pocas posibilidades de hacer valer sus demandas. Ante la falta de respuestas institucionales eficaces, la frustración ha desembocado en las calles, empujando estas zonas descuidadas a la vanguardia del movimiento de protesta.
Uno de los episodios más cruentos de los últimos días se produjo en el condado de Malekshahi, al norte de la ciudad de Abdanan, en la provincia de Ilam. A pesar de las fuertes redes tribales y sociales de apoyo, la zona no se ha librado de la crisis económica, y las poblaciones la han sufrido hasta el punto de lanzarse a las calles y sumarse a las protestas. Los enfrentamientos que se produjeron con las fuerzas del orden pusieron de manifiesto la dureza de la represión: el pasado 3 de enero, en lo que hoy se conoce como el “Sábado Sangriento de Malekshahi”, los Guardianes de la Revolución (Pasdaran) abrieron fuego contra los manifestantes, causando numerosos muertos e heridos.
Dado que en el territorio no existen estructuras médicas adecuadas, los manifestantes heridos fueron trasladados al hospital Imam Khomeini en la cercana Ilam. Posteriormente se conocieron noticias según las cuales los agentes habrían rodeado y allanado el hospital, lo que desató las críticas a nivel internacional. Los indicadores económicos ponen aún más en evidencia la gravedad de los desafíos que enfrenta el condado. La provincia de Ilam registró el año pasado una de las tasas de desempleo más altas del país. Mientras los funcionarios hacen propaganda sobre la puesta en marcha de proyectos y anuncian políticas de desarrollo, los residentes denuncian el cierre de fábricas, inversiones limitadas y el deterioro de las infraestructuras como una realidad cotidiana. Estas condiciones, sumado a una respuesta que prioriza la seguridad, han convertido a Malekshahi en un centro neurálgico de las protestas.
Analistas y estudiosos afirman que detrás del descontento hay una prolongada crisis económica agudizada por las sanciones occidentales, sumado a una importante pérdida de la confianza en el Estado tras las derrotas militares y en política exterior del año pasado. Sobre todo la “Guerra de los 12 días” con Israel, a la que se añade el debilitamiento de facciones chiítas aliadas en Medio Oriente, desde el Hezbolá libanés hasta los hutíes de Yemen. Esto ha llevado a algunos a creer que 2026 podría ser “el año más crítico” de la historia de la República Islámica.
Por otra parte, los disturbios populares no se están desarrollando de modo aislado, sino que parecen más bien el resultado de las presiones externas continuas, las limitaciones legales y la exposición estratégica, que han reducido el margen de maniobra de los ayatolás. Además, las protestas no se deben entender como un episodio interno aislado, sino como la manifestación de una convergencia más amplia: la aplicación de sanciones, el aislamiento en términos de derecho internacional, las fricciones militares y la presión fiscal que ahora inciden de modo más directo en la capacidad del régimen para gobernar la sociedad. En el centro de este cuadro hay además una tensión estructural, que amenaza con socavar los cimientos mismos del aparato institucional y de poder, que algunos consideran más vulnerable que nunca.
Teherán ha dado prioridad durante mucho tiempo a mantener su aparato coercitivo como garante último de la supervivencia del régimen, partiendo del presupuesto de que podría continuar financiando y movilizando a las fuerzas represivas, incluso en detrimento de la población. Ahora, las protestas de las últimas semanas están cuestionando los fundamentos mismos de esta teoría. De hecho, la cuestión ya no es simplemente si el Estado puede reprimir las protestas - como ha ocurrido en el pasado -, sino si puede sostener este enfoque bajo una presión económica prolongada.Un último factor que caracteriza estas protestas - que la cúpula del Estado ha intentado ocultar bloqueando internet en los últimos días - son las consignas utilizadas: desde los llamamientos reformistas de la Ola Verde de 2009, y el grito de “Mujer, vida, libertad” tras el asesinato de Mahsa Amini en 2022, hasta la actual demanda de un regreso de la monarquía que cayó en 1979 con la revolución islámica de los ayatolás. En 2009 muchos manifestantes entonaron “Ya Hossein, Mir Hossein”, encuadrando las controvertidas elecciones en el lenguaje de la legitimidad religiosa y en torno a Mir Hossein Mousavi, ex primer ministro que impugnó el voto pero que de todos modos formaba parte del establishment. Y en la muerte de la joven de 22 años a manos de la policía moral por no llevar correctamente el hijab, el velo islámico, era preponderante la demanda de derechos y libertad. Hoy resuenan estribillos diferentes, uno de los cuales afirma: “Esta es la última batalla, Pahlavi volverá” en referencia al último sha de Persia. Los expertos consideran que el paso de consignas reformistas - desde una perspectiva religiosa - a una manifiesta nostalgia monárquica muestra que una parte creciente de la sociedad ya no ve a las facciones internas de la República Islámica como una opción para el cambio.
17/12/2016 13:14
