20/10/2019, 15.05
VATICANO
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Papa: la misión es testimonio, es dar aire puro a quien vive en la contaminación del mundo

En la Jornada Misionera Mundial, Francisco dijo que “los creyentes son llamados a llevar a todas partes, con nuevo empuje, la buena noticia de que en Jesús, la misericordia vence el pecado, la esperanza vence el miedo y la fraternidad vence la hostilidad”. Fue recordado el Padre Alfredo Cremonesi, el misionero del PIME. “Asesinado en Birmania en 1953, él fue un incansable apóstol de la paz y celoso testigo del Evangelio, hasta derramar su sangre”.

Ciudad del Vaticano (AsiaNews) – La misión es testimonio de vida buena, una vida de servicio, es “dar aire puro, de gran altitud, a quien vive inmerso en la contaminación del mundo”, es “mostrar con la vida y hasta con palabras que Dios ama a todos y no se cansa jamás de ninguno”. La 93ra Jornada Misionera Mundial del Mes Misionero extraordinario: el Papa Francisco celebra la misa en la Basílica de San Pedro. Participan también quienes asisten al Sínodo sobre la Amazonía. La Jornada, dijo en el Ángelus. “Es una ocasión propicia para que cada bautizado tome viva conciencia de la necesidad de cooperar en el anuncio del Reino de Dios mediante un compromiso renovado”.

Una vez más, antes de la oración mariana, Francisco recordó que cien años atrás, Benedicto XV, “para dar un nuevo impulso a la responsabilidad misionera de toda la Iglesia, promulgó la Carta Apostólica Maximum illud”. “En el cambiante contexto actual, el mensaje de Benedicto XV sigue siendo actual y estimula a superar la tentación de cualquier cerrazón autorreferencial y de cualquier forma de pesimismo pastoral, para abrirnos a la novedad alegre del Evangelio. En este tiempo que nos toca vivir, marcado por una globalización que debería ser solidaria y respetuosa de la particularidad de los pueblos y en cambio sufre de la homologación y de los viejos conflictos de poder que alimentan guerras y arruinan el planeta, en este tiempo, los creyentes son llamados a llevar a  todas partes, con nuevo empuje, la buena noticia de que en Jesús, la misericordia vence el pecado, la esperanza vence el miedo y la fraternidad vence la hostilidad. Cristo es nuestra paz, y en Él, cualquier división es superada, en Él solo hay salvación, de todos los hombres, de todos los pueblos”. 

Luego del Ángelus, Francisco recordó que “ayer, en Crema, fue proclamado beato el mártir Don Alfredo Cremonesi, sacerdote misionero del Instituto Pontificio de Misiones en el Extranjero. Asesinado en Birmania en 1953, fue un incansable apóstol de la paz y un celoso testigo del Evangelio, hasta derramar su sangre. Que su ejemplo nos impulse a ser operadores de fraternidad y misioneros valientes en todos los ambientes; que su intercesión sostenga a cuantos hoy trabajan para sembrar el Evangelio en el mundo”. 

Previo a ello, durante la celebración de la misa, Francisco había articulado su homilía en base a tres palabras. La primera es “montaña”. En la Biblia, “pareciera que el monte es el lugar donde a Dios le gusta dar cita a toda la humanidad. Es el lugar del encuentro con nosotros, como muestra la Biblia, desde el Sinaí pasando por el Carmelo, hasta llegar a Jesús, que proclamó las Bienaventuranzas en la montaña, se transfiguró en el monte Tabor, dio su vida en el Calvario y ascendió al cielo desde el monte de los Olivos”. 

Y el monte, la montaña, nos dice que “estamos llamados a acercarnos a Dios y a los demás: a Dios, el Altísimo, en el silencio, en la oración, tomando distancia de las habladurías y los chismes que contaminan. Pero también a los demás, que desde el monte se ven en otra perspectiva, la de Dios que llama a todas las personas: desde lo alto, los demás se ven en su conjunto y se descubre que la belleza sólo se da en el conjunto. El monte nos recuerda que los hermanos y las hermanas no se seleccionan, sino que se abrazan, con la mirada y, sobre todo, con la vida. El monte une a Dios y a los hermanos en un único abrazo, el de la oración. El monte nos hacer ir a lo alto, lejos de tantas cosas materiales que pasan; nos invita a redescubrir lo esencial, lo que permanece: Dios y los hermanos. La misión comienza en el monte: allí se descubre lo que cuenta”.

“Un verbo acompaña al sustantivo monte: subir​”. “No hemos nacido para estar en la tierra, para contentarnos con cosas llanas, hemos nacido para alcanzar las alturas, para encontrar a Dios y a los hermanos. Pero para esto se necesita subir: se necesita dejar una vida horizontal, luchar contra la fuerza de gravedad del egoísmo, realizar un éxodo del propio yo”. “Y como en la montaña no se puede subir bien si se está cargado de cosas, así en la vida es necesario aligerarse de lo que no sirve. Es también el secreto de la misión: para partir se necesita dejar, para anunciar se necesita renunciar. El anuncio creíble no está hecho de hermosas palabras, sino de una vida buena: una vida de servicio, que sabe renunciar a muchas cosas materiales que empequeñecen el corazón, nos hacen indiferentes y nos encierran en nosotros mismos; una vida que se desprende de lo inútil que ahoga el corazón y encuentra tiempo para Dios y para los demás”. 

“Si el monte nos recuerda lo que cuenta —Dios y los hermanos—, y el verbo subir cómo llegar, una tercera palabra resuena hoy con mayor fuerza. Es el adjetivo todos, que prevalece en las lecturas”. “El Señor es obstinado al repetir este todos”. “Todos, porque cada uno es un tesoro precioso y el sentido de la vida es dar a los demás este tesoro. Esta es la misión: subir al monte a rezar por todos y bajar del monte para hacerse don a todos”. “Subir y bajar: el cristiano, por tanto, está siempre en movimiento, en salida. De hecho, el imperativo de Jesús en el Evangelio es id”. "Todos esperan cosas de los demás, el cristiano va hacia los demás. El testigo de Jesús jamás busca ser destinatario de un reconocimiento de los demás, sino que es él quien debe dar amor al que no conoce al Señor. El testigo de Jesús va al encuentro de todos, no sólo de los suyos, de su grupito". ¿Qué instrucciones nos da el Señor para ir al encuentro de todos? Una sola, muy sencilla: haced discípulos. Pero, atención: discípulos suyos, no nuestros. La Iglesia anuncia bien sólo si vive como discípula. Y el discípulo sigue cada día al Maestro y comparte con los demás la alegría del discipulado. No conquistando, obligando, haciendo prosélitos, sino testimoniando, poniéndose en el mismo nivel, discípulos con los discípulos, ofreciendo con amor ese amor que hemos recibido. Esta es la misión: dar aire puro, de gran altitud, a quien vive inmerso en la contaminación del mundo; llevar a la tierra esa paz que nos llena de alegría cada vez que encontramos a Jesús en el monte, en la oración; mostrar con la vida e incluso con palabras que Dios ama a todos y no se cansa nunca de ninguno”. “Cada uno de nosotros tiene, cada uno de nosotros “es una misión en esta tierra” (cf. Exhort. apost. Evangelii gaudium, 273). Estamos aquí para testimoniar, bendecir, consolar, levantar, transmitir la belleza de Jesús. Ánimo, ¡Él espera mucho de ti! El Señor tiene una especie de ansiedad por aquellos que aún no saben que son hijos amados del Padre, hermanos por los que ha dado la vida y el Espíritu Santo. ¿Quieres calmar la ansiedad de Jesús? Ve con amor hacia todos, porque tu vida es una misión preciosa: no es un peso que soportar, sino un don para ofrecer. Ánimo, sin miedo, ¡vayamos al encuentro de todos!”.

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