21/02/2026, 14.14
MUNDO RUSO
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Dos años sin Navalni

de Stefano Caprio

Los resultados de los análisis de laboratorio que se hicieron en cinco países sobre el veneno que provocó su muerte en el campo de concentración de Kharp, en febrero de 2024, ponen aún más en evidencia el vacío que ha dejado el hombre que encarnó durante una década la disidencia popular y juvenil contra Putin. Su personalidad carismática y contradictoria había aportado a la vida cotidiana de Rusia muchas y diversas fuentes de inspiración.

 

El 16 de febrero de 2024 murió Alekséi Navalni en la cárcel de Kharp, en el extremo norte de Rusia, después de hacer una caminata por el hielo invernal, y – como han dejado en claro los laboratorios de cinco países diferentes – debido al envenenamiento provocado por el suero de una rana ecuatorial, preparado especialmente para él, visto que había logrado sobrevivir al Novichok, el medicamento preferido por los servicios de inteligencia rusos, que le habían suministrado cuatro años antes. Después de haber vuelto milagrosamente a la vida gracias a la atención en un hospital alemán, Alekséi decidió volver a Rusia, dispuesto a morir para proclamar su fe en la libertad y en el amor recíproco que había descubierto leyendo el Evangelio y muchos otros libros de espiritualidad y filosofía de la esperanza.

Tenía 48 años en el momento de su muerte, y durante más de una década Navalni había representado la disidencia popular y juvenil contra la dictadura de Vladimir Putin, quien le tenía tanto miedo que fue a buscar a los pantanos de Sudamérica el veneno definitivo. Había aparecido públicamente a finales de noviembre de 2011, una semana antes de las elecciones para la Duma Estatal, organizando protestas masivas de un millón de personas en la plaza Bolotnaya frente al Kremlin. Su movimiento denunciaba la corrupción de los poderosos y al “partido de los ladrones y estafadores”, similar a otros grupos y partidos populistas que habían surgido en varios países de Europa y del mundo, en el ocaso de la fase “globalista” del capitalismo extremo.

Su personalidad carismática y contradictoria había aportado a la vida cotidiana de Rusia muchas y diversas fuentes de inspiración. Él era capaz de hacer autocrítica y cambiar de opinión sobre cualquier tema, sin encerrarse en las ideologías y artificios de los “valores”, ya fueran tradicionales o innovadores. Poseía un irresistible sentido del humor, que lo hacía simpático y amistoso incluso para los guardiacárceles que lo envenenaron, y disipaba la nube de resentimiento y desprecio por la vida que impera en Rusia desde que llegó al poder el tétrico “mago del Kremlin” Vladimir Putin, el heredero de la KGB soviética empeñado en destruir el orden mundial con tal de impedir que otros pueblos disfruten de la vida.

Navalni encarnaba también el auténtico sentido del renacimiento religioso en Rusia tras setenta años de ateísmo, sin dejarse encerrar por los cánones de la Iglesia ortodoxa servil al régimen, sino viviendo la experiencia de la búsqueda del significado de las cosas y compartiendo esta experiencia con los que estaban a su lado, y con cualquiera que realmente quisiera descubrir “la felicidad del presente y del futuro”, como él definía el destino de Rusia. Él mismo recordaba que “cuando éramos chicos nos peleábamos a puñetazos cuando las calles estaban llenas de gopniks”, los gamberros que se paseaban presumiendo de su fuerza física, de los que Putin era un típico representante; pero “sólo conseguían pegarme los más fuertes”. Amaba la caza, pero era un “cazador teórico”, que en toda su vida sólo había matado un faisán común y una becada, y su ejercicio preferido era la “caza sedentaria”, y permanecía horas junto a las parvas de heno esperando que volara un faisán.

En cambio la caza sanguinaria “se ha convertido en Rusia en la principal característica del poder”, como recordaba en las entrevistas a la revista Esquire, la primera que publicó su rostro en la tapa. Criticaba al régimen incluso en familia, y su hija Daria gritaba continuamente en la escuela que “Putin es un sinvergüenza”, lo que provocaba las protestas de su esposa Julia, quien explicaba a la niña que “tu padre no es Robin Hood”. Aleksei se había casado con Julia en el año 2000, el año en que Putin asumió la presidencia, y describía su relación diciéndole: “yo no puedo estar tumbado en el sofá picoteando algo, si tú no me miras”. Para comprender la política estadounidense miraba los episodios de los Simpson en televisión junto con Daria y su otro hijo, Zakhar.

Aunque era un héroe popular de la lucha contra la corrupción, Navalni afirmaba que él era “una persona como todos los demás; he sobornado a los agentes de policía miles de veces para evitar una multa”, la principal regla del código de tránsito de la Rusia soviética y post soviética. Aunque después, a un cierto punto, comprendió que “no hay que seguir pagando, sino que hay que tratar de infringir menos reglas”. Por eso afirmaba que “para luchar contra la corrupción se requieren dos condiciones fundamentales: la competencia política y la libertad de expresión”, que en Rusia habían sido anuladas, y hasta el final trató de incitar a la elección de alternativas políticas mediante el "voto inteligente", votando por diversos partidos porque no le permitían crear uno propio, con tal de no hacerlo por el Rusia Unida de Putin.

Cuando Navalni comenzó a reunir multitudes, él mismo observaba que “hoy Rusia es más rica y libre de lo que haya sido jamás en su historia, y la enorme cantidad de dinero que circula por el país nos da la posibilidad de operar cambios grandiosos para vivir cada vez mejor, aunque realmente parece que no se lo quiere usar para ese fin”. De hecho “el Estado entre nosotros se ha convertido en una mafia, en el sentido italiano de la palabra, donde todos dependen unos de otros… la diferencia es que en Moscú no existe un local donde todos se puedan reunir”. Por eso consideraba inevitable una revolución, pero “los cambios no se producen con acciones organizadas artificialmente, son episodios imprevisibles de personas comunes que movilizan a toda la población”. Los cambios sólo pueden ocurrir cuando la gente está insatisfecha, y “hoy en Rusia hay muchos descontentos”.

Él afirmaba que habría perdonado a Putin “si se hubiera convertido en el Lee Kuan Yew ruso”, el dictador de Singapur que “expulsó a todos los criminales con su política totalitaria”, pero Putin “ni siquiera es capaz de convertirse en el Lukashenko ruso”. Él habría querido saber “hasta qué punto cree sinceramente Putin en todo lo que afirma e impone, hasta qué punto cree que su sistema se podrá sostener hasta el infinito”, una pregunta más actual que nunca tras cuatro años de guerra en Ucrania, con un sistema económico cada vez más tambaleante provocado por aquellos que él llamaba “patriotas corruptos”.

Si le hubieran dado un minuto en el Primer Canal de televisión, “no creo que consiguiera comunicar la verdad al pueblo, yo no dispongo de ningún modo de esa propiedad metafísica de la palabra, pero al menos intentaría explicar cuál es la mentira más grande”, es decir, el hecho de que aún siendo Rusia la principal exportadora de petróleo, “todo el dinero es robado por las personas que están alrededor de Putin”, y a continuacion dijo sus nombres y apellidos. Y habría invitado a todos a tomar posiciones activas en política y a no limitarse a “hacer donaciones de beneficencia para ayudar a los niños en dificultades; tratemos de ayudar a todos, no solo a la pequeña Anja”.

Navalni recordaba a los disidentes soviéticos, “hombres valientes y audaces”, sobre todo a Anatoli Marchenko, que murió en el gulag a los 49 años en 1986 - tal como le ocurriría a él mismo casi cuarenta años después - a quien definía como “un titán del espíritu”. Él en cambio se definía como “un pobre tipo de Marino” - el barrio de Moscú donde vivía y en cuyo cementerio hoy está sepultado - “alguien a quien le gusta ir por ahí con chaqueta y zapatillas de gimnasia”. A nivel ideológico él afirmaba que “soy un kantiano, aunque eso suena un poco patético; pero no consigo pensar nada mejor: actuar de tal manera que lo mejor que consigas hacer se pueda convertir en una regla para el comportamiento de todos”. Él intentaba retirarse y descansar de todas las tensiones yéndose a lugares aislados, pero “después de un par de días empiezo a sentir la falta de las personas”.

Navalni estaba bautizado y se consideraba un auténtico cristiano ortodoxo, aunque “soy un  ortodoxo soviético típico, me persigno delante de la iglesia, pero no entro a la iglesia”. Afirmaba que había comenzado a comprender la religión después de leer la novela Moskva-Petuški, la obra posmodernista de Venedikt Erofeev de los años setenta que relata un viaje desde la capital hasta un destino utópico en provincias, y “descubrí que cada dos frases del libro había una cita bíblica”. Es decir que la fe se adquiere “no tanto participando en los ritos de la Ortodoxia, y si no sabes nada de la tradición cristiana, no lograrás entender nada de la cultura”, e invitaba a leer más y a cultivar “la búsqueda de lo verdadero, de lo bello y de lo bueno”. También respecto al Islam afirmaba que “cuando ves las alfombras extendidas hasta el horizonte cerca de una mezquita, eso no significa que la gente es religiosa, es solo una manera de reunirse y sentirse un único nosotros”.

Decía que le encantaba "el junk-food, de McDonald’s o de Rostic’s, aunque trato de no engordar”, y que recordaba muy bien “mi primera shawarma; era enorme, la habían preparado los estudiantes libaneses de la universidad para la Amistad de los Pueblos donde estudiaba, y la he comido tantas veces que todos ustedes juntos no podrían con ello”. Una leyenda afirma que hacía una tarta de manzana espectacular, pero “la hice una sola vez, por lo general no me interesa comer lo que yo cocino”. Nos ha dejado un amigo, un hombre de verdad, alguien con el cual nos encantaría ir a comer un sándwich y hablar del futuro de Rusia y del mundo entero.

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