14/01/2023, 10.00
MUNDO RUSO
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La Moscovia postsoviética del fin del mundo

de Stefano Caprio

El gran estribillo de la propaganda putiniana, expresado de forma cada vez más radical y apocalíptica, es similar a las recientes declaraciones de los ayatolás iraníes ante las acusaciones de represión de las mujeres y del pueblo: "Nosotros tenemos nuestra cultura y nuestros valores, y nadie nos puede imponer otro modelo de vida”.

La columna "Señal" de Meduza recoge una sabrosa anécdota de 1989, cuando el ayatolá Jomeini envió una carta de su puño y letra al secretario soviético Gorbachov, el único documento escrito que dirigió a un líder extranjero. El líder iraní expresaba su preocupación de que el colapso de la influencia ideológica del comunismo, provocado por la caída del Muro de Berlín, pudiera disgregar el bloque oriental que se oponía a la decadencia moral de Occidente. Jomeini aseguraba a Gorbachov que este vacío de valores podía ser llenado por el Islam mediante una sólida relación entre Irán y la Unión Soviética, y recomendaba la lectura del filósofo medieval Abu Ali ibn Sinna (Avicena) para poder convertirse a la religión musulmana. El último líder soviético le agradeció los consejos, pero se cuidó mucho de seguirlos.

Treinta años después del fin de la URSS, en el centenario de su fundación (el 30 de diciembre de 1922), la sombra jomeinista vuelve a cernirse sobre el futuro de Rusia, en guerra para defender los valores tradicionales contra el mundo dominado por los malignos anglosajones. No se trata de una conversión masiva al islam chiita, aunque las proclamas del checheno Kadyrov sobre la "yihad" rusa en Ucrania parecen conferir una dignidad mahometana a la política de agresión putiniana. La cuestión es, precisamente, la restauración de la actitud ideológica típicamente soviética, que divide el mundo en bandos para dar sentido a su propia existencia.

Uno de los principales asesores de Putin, el secretario del Consejo de Seguridad Nikolaj Patrušev, concedió una larga entrevista a la revista Argumenty i Fakty, en la que retoma las tesis reiteradamente expuestas por el jefe del Kremlin -y por el patriarca Kirill- sobre la lucha metafísica en la que Rusia está llamada a sacrificarse por el bien del mundo entero. A su juicio “en Occidente no está previsto un lugar en el mundo para nuestro país, una enorme multitud de poderosos de todo el mundo es hostil a Rusia porque nosotros tenemos grandes recursos, un territorio ilimitado y hombres inteligentes y autosuficientes, que aman a su país, sus tradiciones y su historia". Los poderosos rusófobos se identifican con las "corporaciones", que se proponen "imponer un sistema de explotación global", sometiendo el nuevo "tercer mundo" al dominio de los "mil millones de oro" de las grandes economías occidentales.

El proyecto que denuncia Patrushev pasa inevitablemente por debilitar a Rusia, que debe “ser desmembrada, borrando la lengua rusa y el mundo ruso”. Para conseguirlo se utilizan incluso “tecnologías desintegradoras” capaces de romper la unidad interna de cualquier adversario a fin de “dividirlo en pequeños países, y por esa razón Rusia debe volver a ser sólo Moscovia". El término recuerda la época en que Moscú se atribuyó la herencia de Kiev como "madre de todas las ciudades rusas", ya que la antigua capital había sido destruida por la invasión tártara. Desde los grandes duques del siglo XV, que prosperaron gracias al comercio bajo la protección de los mongoles, Moscovia se consolidó con las figuras de los primeros zares y patriarcas, distinguiéndose de la "Rutenia" occidental, la actual Ucrania de los rusos, sometida a Polonia y a la influencia papista.

Es por eso que aún hoy, explica el secretario de Putin y posible sucesor, "toda esta historia con Ucrania fue pensada en Washington para dividir la grandeza del único pueblo ruso. A millones de personas se les ha prohibido hablar en su lengua materna, se los obliga a olvidar sus raíces”. La guerra en Ucrania no es, por tanto, un conflicto entre Moscú y Kiev, sino una agresión de la OTAN y de todas las fuerzas occidentales contra Rusia, utilizando a los ucranianos como "arsenal humano sacrificable". Ese es el gran estribillo que repite la propaganda putiniana, expresado de una forma cada vez más radical y apocalíptica, y muy similar a las recientes declaraciones de los ayatolás iraníes ante las acusaciones de represión de las mujeres y del pueblo: "Nosotros tenemos nuestra cultura y nuestros valores, y nadie nos puede imponer otro modelo de vida”.

Incluso los que entrevistan a Patrushev reaccionan con aprensión: “Usted nos presenta un panorama muy sombrío, como si el fin de la humanidad estuviera a la vuelta de la esquina”. Pero el ideólogo asegura que “el potencial del género humano todavía no se ha agotado”. Rusia quiere proponer una “cultura diferente en el uso de los recursos, que sepa conservar y proteger los tesoros naturales y los inmateriales”. Esto requiere independencia financiera y soberanía tecnológica, "y por eso hay que revivir el culto a los científicos, ingenieros y trabajadores". Los jóvenes deben aprender a "inspirarse en los ideales del trabajo creativo por el bien de la Patria, y no perder el tiempo con jueguitos electrónicos en las oficinas de las empresas occidentales". Retomando expresiones características del patriarca ortodoxo, el secretario asegura que “el hombre ruso no es capaz de odiar, su naturaleza está hecha para unir; solo los occidentales están llenos de odio contra sus adversarios, desde Vietnam hasta Afganistán y Rusia”.

El hombre de la Moscovia de hoy vuelve entonces a asumir las características de la vida en la Unión Soviética: la solidaridad y el rechazo del consumismo, la implicación de todos en la construcción de una sociedad perfecta, la utopía comunista vivida como elevación moral y ejemplo para todo el mundo, hasta llegar a la gran política de "amistad entre los pueblos". Muchas iniciativas del Kremlin en el año del "renacimiento bélico" 2022 recuerdan de manera grotesca el intento de reconstruir la atmósfera de la época soviética, como la restauración del curso universitario sobre los "Fundamentos del estatismo ruso", que de hecho es una reedición de aquel otro sobre el "Comunismo científico”. En todas las escuelas estos principios se profundizan en pequeñas dosis en las "Conversaciones sobre las cosas importantes", como en su día eran obligatorias las lecciones de ateísmo, una verdadera religión patriótica ahora reconvertida a la Ortodoxia.

Se trata de una mentalidad soviética poscomunista y posatea, donde lo que importa es el papel de Rusia como líder mundial, su legado geopolítico más que económico-ideológico. El consenso de esta línea nostálgica se basa en la opinión compartida por la mitad de la población rusa -que creció en la época soviética-, como lo demuestran varias encuestas recientes. Una encuesta del centro Levada en 2020 mostró que el 75% de los rusos cree que la era soviética fue "el mejor período de la historia de nuestro país", aunque menos de un tercio expresó el deseo de restaurar el régimen anterior. El radicalismo putiniano, en su variante ortodoxo-soberanista y militante, es el intento de combinar la nostalgia del pasado con los miedos del presente. Son sobre todo los hombres, los ancianos y la gente de las aldeas los que adhieren a las tesis del régimen, pero a menudo también los jóvenes se dejan fascinar por el discurso de que "antes estábamos mejor" y no ven nada que los atraiga en el futuro.

La nostalgia es el refugio producido por el resentimiento, y esto no solo es válido para Rusia sino para muchos segmentos de la población en todos los países del mundo contemporáneo. De esta forma se olvidan las represiones, los genocidios, las guerras y las tragedias del pasado, y se resuelve la crisis de identidad frente a procesos sociales y tecnológicos cada vez más desestabilizadores, para refugiarse en un mundo imaginario que se puede controlar, colorido y mitológico. No es un mundo en el que realmente se puede creer, sino más bien una fachada detrás de la cual es posible esconderse; y probablemente los primeros que no creen en la idealización de la Rusia postsoviética sean Putin y Patrushev.

Como observa en Business online uno de los escritores rusos más agudos, Dmitrij Bykov, "el mundo arcaico está haciendo un intento desesperado por aferrarse a la vida, según la fórmula de Tyutchev: bañados en sangre, luchamos con los difuntos, que han resucitado para celebrar un nuevo funeral”. La primera mitad del siglo XXI será entonces un “largo divorcio de las prácticas del pasado, de los gobiernos radicales y nostálgicos, y habrá una larga guerra en distintas dimensiones”. Finalmente deberá sobrevenir una "revolución biológica", una completa refundación de Rusia, afirma Bykov, una "nueva revelación del Cristo encarnado". Por otra parte, si bien a los rusos siempre les ha gustado expresarse con categorías escatológicas, no se puede olvidar que el mismo Evangelio nos recuerda que "es necesario que sucedan todas estas cosas, pero todavía no será el fin" (Mt 24, 6).

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