24/04/2017, 16.39
TURQUIA
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La Turquía republicana y el fenómeno Erdogan (Segunda parte)

de NAT da Polis

El actual presidente turco ha vuelto a corporeizar a una clase, por cierto bastante numerosa, de origen anatolio, valiéndose de los dictados de los principios de una economía neoliberal, en contraposición a los de la estatal de los kemalistas, desarrollando una nueva clase media a la cual incluso se le permite expresar su propia religiosidad, pero siempre en un clima cada vez más autoritario. 

Estambul (AsiaNews) – Para entender el fenómeno Erdogan  y sus conductas autoritarias en el ejercicio del poder, que está muy lejos de cualquier concepción que se diga democrática, es necesario hacer un breve recorrido histórico de la Turquía republicana, fundada por militares encabezados por el general Mustafa Kemal, luego apodado Ataturk, siendo éste el padre fundador de la Turquía republicana.

La sociedad turca, por ende, al igual que cualquier otra sociedad, es producto de su historia.

La nación –el Estado turco moderno- fue fundada en 1923 por militares que, siendo herederos del imperio otomano, fundaron la Turquía republicana a fin de salvaguardar lo que quedaba del Imperio, basándola en algunos pilares: el ejército, la justicia manejada por una magistratura controlada por los mismos militares, el ministerio de relaciones exteriores, el ministerio de instrucción pública y la Diyanet (los asuntos religiosos). Y todo siguió así por décadas.

Esta nueva Turquía heredó del Imperio otomano el aparato estatal, en sí bastante eficiente, y una población profundamente conservadora. Esta contraposición entre un pueblo de naturaleza conservadora y un régimen militar que quería imponer sus ideas reformistas tuvo como consecuencia que éste último emprendiera y practicara vías autoritarias durante todo su dominio, que comenzó en 1923 y concluyó en el año 2002 con la victoria del AKP de Erdogan.

El nuevo Estado no disponía de las herramientas para formar a la población, en otras palabras, para convencerla del camino que ellos sugerían tomar. Por ese motivo, se aplicó el método de la denominada ingeniería social, asentado sobre un exasperante nacionalismo. Hay quien ha definido al régimen kemalista como un régimen de sello soviético, debido a sus métodos. No es casual que el régimen kemalista se haya desarrollado en un periodo en el cual en Europa surgían varios regímenes autoritarios, como el soviético, el fascista, etc.  

 

Ha de notarse que Kemal Ataturk y sus seguidores eran originarios de varios países balcánicos, sin lugar a dudas de extracción distinta a los turcos de Anatolia.  Él mismo era de Tesalónica, había asistido a una escuela donme (judíos convertidos al islam), mientras que sus seguidores eran de varias etnias balcánicas que habían abrazado la religión islámica, algo habitual e incluso obligado durante el dominio otomano. Esto tuvo como consecuencia una ruptura de la sociedad turca en dos grupos: el que venía de Anatolia, tradicionalmente muy religioso, más pobre y menos instruido que aquél de origen balcánico, mucho más instruido y secularizado y por lo tanto más progresista, también denominado “los tucos blancos”, que prevaleció cuando se trató de manejar el poder en la nueva Turquía republicana.

Como víctimas de este nuevo curso de los hechos -puesto que no formaban parte de dicho proyecto- quedaron los kurdos, que reivindicaban su autodeterminación étnica, la minoría musulmana aleví y todas las demás minorías que no profesaban la religión musulmana. Minorías consideradas demócratas o socialistas, que constituían un peligro para la supervivencia del nuevo Estado.

En pos de la realización de este nuevo Estado, denominado laico, se puso a disposición un aparato férreo, con un único partido (el CHP), el de Ataturk, que se mantuvo en el poder hasta 1950. Todo el aparato, durante décadas, coadyuvado por una educación pública monolítica y controlada, impidió y suprimió cualquier reivindicación que bogara por un desarrollo democrático de la sociedad.

Después de 1950 y tras la imposición americana de una democracia parlamentaria multipartidaria, se pergeñaron los sucesivos golpes de Estado (1960, 1971 ,1980 y 1997) a fin de volver a colocar el sistema político en el recto camino, es decir, el kemalista, con las consiguientes purgas y la proscripción de diversas fuerzas políticas.  Además, debe resaltarse que durante el periodo del partido único, que va desde 1923 a 1950, toda vez que apareció una fuerza política distinta, la misma hallaba un consenso de las masas y, por ende, era inmediatamente perseguida.

En este contexto, el parlamento turco jamás ejerció poder alguno. Todo el poder era ejercido por el aparato estatal kemalista.

Como bien decía el intelectual turco Murat Belge, lamentablemente Occidente de dejaba impresionar por las conductas occidentales de los kemalistas, y jamás se tomaron en consideración las prácticas y los métodos antidemocráticos ejercidos por el poder kemalista para suprimir las voluntades y los reclamos de gran parte de la población turca.

El resultado de todo este proceso político de la Turquía contemporánea -instaurado por Kemal Ataturk y sus compañeros de partido en 1923- es la falta de sensibilidad democrática. Este hecho permite comprender que la lucha política en Turquía consiste en una lucha para controlar el Estado y no así el parlamento, puesto que el control del Estado jamás fue separado del mundo político y es lo que, en definitiva, determina su evolución.  El ejercicio del poder, por lo tanto, no tiene sentido si un partido político no controla la magistratura, la burocracia y, desde luego, el ejército.  

Otra cosa sumamente importante es que el Estado turco era aparentemente laico. Pero, en el fondo, el Estado jamás se separó de la religión. Es más, la controlaba absolutamente, a través de la poderosa Dirección de asuntos religiosos (Diyanet). Y fue precisamente luego del golpe de Estado de los generales ocurrido en 1980 que se dio luz verde para que los partidos de extracción islámica treparan al poder, con miras a poner un freno al crecimiento de los partidos de orientación de centro-izquierda.  Primero comenzaron con el presidente Turgut Ozal, de origen kurdo, seguido por Erbakan y luego por Erdogan.

Ahora queda claro por qué el actual presidente de la República turca Tayyip Erdogan no destruye una democracia, y esto simplemente porque, históricamente hablando, la misma jamás se desarrolló, sino que es  hija del período kemalista, en formato islámico.   

Erdogan -que se crió en un barrio popular de Estambul llamado Kasimpasa, donde fue educado en las escuelas religiosas imán hatip, de un lenguaje gris y sin oropeles, - junto a su partido, expresó a ese ciudadano turco que por décadas fue el espermatozoide que debía desarrollarse según los dictados kemalistas, y que, despreciado toda vez que no lograba el fin supremo, terminaba siendo marginado. En síntesis, es el clásico ejemplo de un experimento de tipo soviético, fascistoide.

El actual presidente turco ha vuelto corporeizar a la clase, sumamente numerosa, de origen anatolia, valiéndose de los dictados propios de los principios de una economía neoliberal, en contraposición a la estatal de los kemalistas, desarrollando una nueva clase media a la cual se le permite expresar su religiosidad, pero siempre con un clima cada vez más autoritario, siendo que él no tiene una percepción democrática de la política ni de la vida social.

El establishment kemalista ha tratado de frenarlo a través de una maniobra de la Corte Suprema en el año 2007 que estuvo orientada a impedir la elección de Abdullah Gul para la presidencia de la República, pero al mismo tiempo, y por solamente un voto, evitó un proceso de destitución contra Erdogan y su partido.

Luego de lo cual él emprendió una férrea purga del aparato kemalista, que lo llevó hasta las elecciones del año 2011. Elecciones cruciales en las que triunfó con el 50% de los votos, que confirmaron que el peligro kemalista había dejado de existir.  A partir de entonces, comenzó a dar signos de su arrogancia y vanagloria, exhibiendo incluso un cierto paternalismo, entrometiéndose en la vida privada de los ciudadanos y señalando sus comportamientos.  

Erdogan no ha impuesto nada, me decía un viejo kemalista, sino que es el pueblo de Anatolia el que nos ha impuesto a Erdogan.

Le siguieron los hechos de Gezi park, la cuestión siria, su elección para la presidencia de la República, su chaqueteo con los kurdos y con los rusos, etc.

Pero las cuestiones que surgen tras su victoria por los pelos en el referéndum del 26 de abril, fuertemente buscada por él para reformar la Constitución que le otorgaría plenos poderes, son:

1. cómo quedarán conformados los nuevos equilibrios de poder en un país de escasa tradición democrática.

2. quedando reconfirmado Erdogan y los suyos, en simultáneo con el alejamiento de los islámicos de Fetullah Gulen, islámicos sumamente instruidos, y el de los kemalistas de la administración pública turca, el aspecto de las cosas ha cambiado. Como observan los analistas de los asuntos tucos, ni los kemlistas ni los sostenedores de Gulen se consideraban filo-occidentales en la práctica, pero al menos tomaban de Occidente algunos ejemplos administrativos, mientras que ahora ya son evidentes ciertos comportamientos anatolios.  

Resumiendo, nos preguntamos si Erdogan será capaz de auto-controlarse después de esta enésima victoria, o bien continuará siendo agresivo porque no tiene alternativa. Con todas las preocupantes consecuencias que derivan de ello.

En tanto, los turcos blancos están comprando casas en Grecia, para poder obtener el tan ansiado permiso de permanencia válido para Europa. 

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