02/05/2022, 13.37
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La guerra en Ucrania y la crisis alimentaria arrojan una nueva sombra sobre el Eid

Millones de personas vuelven a viajar y regresan a sus pueblos de origen para la fiesta conclusiva del Ramadán, tras dos años de cierres y restricciones impuestos por el Covid. Pero para muchos es una celebración con luces y sombras debido a la crisis económica y la falta de alimentos. En la India, los musulmanes están en la mira de los nacionalistas hindúes.

 

Beirut (AsiaNews) - Millones de indonesios aprovechan la fiesta anual para regresar a sus hogares y pueblos de origen tras dos años de restricciones debido a la pandemia de Covid-19. En otros países, desde Oriente Medio hasta Malasia, es una celebración con luces y sombras debido a las múltiples dificultades relacionadas con la crisis económica, en la que está impactando cada vez con mayor fuerza la guerra lanzada por Rusia en Ucrania. En la India se han verificado episodios de intolerancia y ataques por parte de nacionalistas hindúes. Sin embargo, lo que prevalece es el deseo de celebrar el final del Ramadán y recuperar los momentos de encuentro que el Eid al-Fitr - la fiesta que marca la conclusión del mes sagrado de ayuno y oración - representa tradicionalmente en el mudo musulmán, tanto sunita como chiíta.

En los últimos dos años, debido a la pandemia, en gran parte del mundo no se pudieron realizar los banquetes y cenas suntuosas que caracterizan la celebración, que comenzó anoche y continúa durante tres días aunque el calendario puede variar. Los musulmanes agradecen a Alá por otorgarles fuerza y ​​bendiciones, con la esperanza de que el Ramadán les haya ayudado a acercarse a Dios y a la perfección. El primero que celebró el Eid fue Mahoma en el año 624 dC, tras haber obtenido la victoria en una batalla. Las celebraciones varían entre sunitas y chiítas, o según los lugares de origen. Tradicionalmente los fieles se reúnen en las mezquitas o al aire libre para consumir la primera comida a la luz del día; la fiesta es también ocasión de encuentro interreligioso.

Este año ya no es el Covid el que arroja sombras sobre la fiesta, sino la guerra y las dificultades económicas generalizadas, sumadas a la inflación y la interrupción del suministro de alimentos, sobre todo trigo y cereales. En Egipto muchas familias debieron reducir sus compras de dulces, ropa y regalos para los hijos, parientes, amigos y vecinos. El lugar de culto musulmán más importante del sudeste asiático, la gran mezquita de Istiqlal en Indonesia, cerró sus puertas precisamente hace dos años, durante las primeras fases de la pandemia. El año pasado tampoco acogió a los fieles debido a las restricciones impuestas por el gobierno. “Las palabras no alcanzan - dice un fiel llamado Epi Tanjung a la AP, al terminar la oración - para describir mi felicidad de estar hoy aquí, después de dos años aislados por la pandemia”.

Muchos países de mayoría musulmana contaban con las remesas de cereales procedentes de Rusia y Ucrania para satisfacer las necesidades internas y ahora se encuentran en condiciones extremadamente difíciles. En Idlib, provincia del noroeste de Siria controlada por los rebeldes que se oponen a Assad y yihadistas, la situación este año es mucho más difícil que en los anteriores: muchas familias han recibido solo la mitad de los alimentos necesarios para cubrir sus necesidades. Hay escasez de arroz, lentejas y aceite de cocina en un contexto ya fuertemente marcado por la guerra, las sanciones occidentales y la corrupción generalizada, circunstancias que también se reflejan de manera más o menos evidente en el vecino Líbano.

Las calles y los mercados de la Franja de Gaza están abarrotados, pero pocos pueden afrontar los gastos de todo lo que les haría falta y comprar alimentos y artículos relacionados con la fiesta. “La situación es difícil -dice Um Musab, madre de cinco hijos- y sólo los empleados del gobierno ganan lo suficiente para vivir; el resto de la gente está agobiada por la pobreza y las necesidades”. Los temores y preocupaciones relacionados con la seguridad se viven tanto en Afganistán como en Irak: en Kabul, los talibanes han reforzado los controles tras los atentados de los últimos días y en una fase de expansión de los ataques de células locales vinculadas al Estado Islámico ( SI, antes Isis) que han lanzado un desafío abierto a los estudiantes coránicos. Máxima alerta también en Bagdad y en varios centros importantes iraquíes, donde los compradores escasean y los comercios lamentan un fuerte descenso de la facturación.

En la India, la minoría musulmana es objeto de ataques denigrantes por parte de los nacionalistas hindúes radicales, que desde hace mucho tiempo han adoptado posiciones antiislámicas y fomentan las agresiones. Los predicadores islámicos han advertido a los fieles que se mantengan alertas durante el Eid y que estén preparados para "afrontar lo peor". "Ya nada es como antes - dice el activista Ovais Sultan Khan - para los musulmanes en la India, incluido el Eid".

Sin embargo, muchos musulmanes en otras partes del mundo están felices por la reanudación de los rituales interrumpidos por las restricciones de la pandemia. Millones de personas en Indonesia tomaron por asalto trenes, transbordadores y autobuses para reunirse con sus familias. En la capital, multitudes de familias acudieron a los centros comerciales para comprar ropa, zapatos y dulces antes de las fiestas, a pesar de las advertencias sobre la pandemia y el aumento de los precios de los alimentos. También en la vecina Malasia hay un fuerte deseo de dar vuelta la página tras dos años de cierres de frontera. “Es una bendición - afirma un comerciante de Kuala Lumpur - poder festejar de nuevo”.

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