16/07/2022, 10.38
MUNDO RUSO
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La vuelta a la URSS

de Stefano Caprio

Más que la guerra, los campos de concentración y la comida, lo que hace revivir el pasado a Moscú es la insoportable ilusión de una superioridad moral y religiosa. Ésta querría celebrar la capacidad de los rusos de unirse en solidaridad y apoyo a los dirigentes del país, proclamando el fin del individualismo libertario que arruina el alma de los depravados occidentales.

 

Los largos meses de la guerra de Putin están cambiando velozmente la percepción del tiempo, haciendo retroceder los relojes varias décadas. Rusia invoca las glorias de Stalin y evoca los sueños de siglos anteriores, pero en realidad está volviendo al vestido más gris de su historia, el del estancamiento de Brezhnev, un periodo de veinte años (1964-1985) que parecía eterno, pero sin futuro.

La primera sensación de inmovilismo, por paradójico que parezca, proviene precisamente del curso de los acontecimientos bélicos, con todas las tragedias y masacres que se suceden -la última, en el bombardeo absolutamente absurdo de la ciudad de Vinnitsa, que se cobró decenas de vidas. La tan estrepitosa "operación militar especial" inaugurada el 24 de febrero, con la invasión de Ucrania -desde todos los flancos posibles, incluso desde Bielorrusia- parecía al principio un movimiento telúrico, casi un desplazamiento del eje de la tierra. Sin embargo, cinco meses después, parece un peñasco que se desmorona, similar al glaciar de la Marmolada, sepultando pueblos y ciudades, pero también sueños y esperanzas.

El apocalipsis putiniano no ha conferido a Rusia ninguna ventaja real desde el punto de vista militar y territorial, simplemente ha explicitado un dominio que se reivindicaba desde hace años y se disputaba desde hace siglos, el de la región del Donbass y algunos vástagos del litoral y del sur, tierras de nadie de los antiguos cosacos, que Kruschev y Brézhnev intercambiaban y volvían a barajar como las cartas de un juego sin rumbo.

Parece como la reedición de una famosa novela rusa: La Reina de Picas, de Aleksandr Pushkin. El oficial frustrado recibe la revelación de las cartas ganadoras en un sueño, pero cuando suelta el as decisivo, la carta se convierte en una reina de picas, con la sonrisa burlona de la anciana que murió por culpa del oficial. El juego es una de las claves de la literatura rusa, que señala precisamente la fatuidad de los grandes sueños de poder y riqueza, y la guerra es el juego catastrófico de los perdedores de la historia.

Putin reflota la retórica y las contradicciones de la Guerra Fría, la "lucha por la paz" que abocaba a la URSS a imponer su agresividad por elevadas razones morales: el deber de impedir que el imperialismo estadounidense se apoderara del mundo. La amenaza nuclear era el "as de la anciana" que nunca podía aparecer en la mesa de juego, y reveló su engaño en la desastrosa invasión de Afganistán, la última apuesta de Brezhnev que llevó a la disolución del imperio soviético.

Los ejércitos de Moscú quedaron empantanados en las montañas asiáticas, atacados por los muyahidines que se perfilaban como héroes de la libertad -antes de convertirse en terroristas del Estado Islámico- y consiguieron un gran apoyo estratégico y militar de Occidente. Hoy, los "neonazis" ucranianos, a los que Europa despreció durante décadas, son los nuevos héroes de la resistencia armada y celebrada por todo Occidente, y gracias a Putin han conseguido que Ucrania sea finalmente una nación respetada en todos los foros internacionales.

Incluso en las ciudades ocupadas por los rusos, desde Kharkiv hasta Donetsk, se están formando los nuevos escuadrones partisanos de la Ucrania libre en los subterráneos y entre los escombros. Por tanto, en las próximas décadas, la vida en las tierras desnazificadas promete ser muy dura, siempre que los rusos sean capaces de controlarlas en los próximos meses. En síntesis, no se vislumbra el fin de la guerra, que por mucho tiempo  seguirá siendo para Rusia una parálisis del cuerpo que bloquea todos sus movimientos y pensamientos.

Esta es, en efecto, la consecuencia interna en la vida del pueblo ruso, la sensación de haber entrado en un callejón sin salida, una nueva cortina de hierro mucho más infranqueable que el muro de Berlín. Para sostener la guerra, se endurecen cada vez más las medidas represivas, las "purgas de Putin" que no se limitan a eliminar a los opositores -desde Aleksej Navalny hasta Ilya Jashin, recientemente detenido- sino que buscan impedir realmente cualquier forma de pensamiento. Con ellas se trata de hurgar en la mente de la gente para captar la más mínima discrepancia con las proclamas oficiales, imponiendo una lectura única de los acontecimientos, cerrando todo acceso a la información, inculcando velos obligatorios desde los manuales de historia, enseñados de memoria desde el primer grado de la escuela primaria. Lo único que falta son los asilos psiquiátricos para los "que piensan diferente", pero puede que pronto vuelvan a aparecer.

Los opositores políticos adquieren ahora la talla de los disidentes de la época de Brezhnev, redescubriendo el principio enunciado por Solzhenitsyn en 1972, poco antes de ser expulsado de la URSS: "vivir sin mentiras", resistiendo a las falsedades del régimen antes de afirmar cualquier idea propia. Por eso, los nuevos disidentes no sólo son enviados a campos de concentración, sino que preferentemente son envenenados, un método clásico soviético para combatir el pensamiento alternativo: lo intentaron con Navalny, con el político y periodista Vladimir Kara-Murza y con muchos otros activistas, en Moscú y en las provincias. Podemos recordar al periodista y colaborador de Memorial Timur Kuashev, quien fue envenenado en Kabardino-Balkaria en 2014, y encontrado muerto a pocos kilómetros de su casa.

Desde que comenzó la guerra, más de 16.000 personas han sido detenidas, multadas, encarceladas o privadas de numerosos derechos por simples frases dichas entre amigos, o por pedir la paz a través de gestos explícitos. A la tercera infracción se va directamente a un campo de concentración, al gulag. Y esta es la sensación de total impotencia y aislamiento que sienten los rusos de hoy en día, aún cuando les gustaría expresar una opinión, pero temen por las consecuencias, como en los días del estancamiento. En el primer año de Brezhnev, tras las aperturas de Kruschev, fueron detenidas casi 20.000 personas.

Además de la frustración por una guerra inconclusa y la depresión por un sistema nuevamente totalitario, otro rasgo del retorno a las dimensiones soviéticas de la vida cotidiana es el hundimiento en la autarquía, la pérdida de cualquier conexión con los logros materiales del mundo contemporáneo. Hasta ahora, las sanciones occidentales no han influido mucho en el curso de la guerra, entre otras cosas porque Putin sigue utilizando en su beneficio el chantaje del gas y el petróleo, a los que los occidentales no pueden renunciar. Precisamente la vida cotidiana ha adquirido los tintes medievales de la escasez de medios de transporte, de medicamentos y alimentos, ropa y muebles.

Los centros comerciales se han vuelto lúgubres e inmensos por la sensación de vacío. Esto  trae a la memoria las tiendas Gum de la Plaza Roja de antaño, cuando se formaban colas interminables en cuanto aparecía un jersey de otro color. Los locales de McDonald's se han convertido en "¡Sabroso, eso es todo!", como la comida de los puestos soviéticos de antaño, donde uno estaba casi obligado a consumir sin protestar. Las multitudes acuden a los nuevos puntos de venta de comida rápida patriótica para mostrar el orgullo que sienten por el desprecio del mundo entero, aún  cuando luego arrojan las hamburguesas mohosas al suelo y renuncian a las patatas fritas, que han desaparecido por falta de producción y distribución.

Y más que la guerra, los gulags y la comida, lo que hace revivir el pasado es la insoportable ilusión de superioridad moral y religiosa, que querría celebrar la capacidad de los rusos de unirse en solidaridad y apoyo a los líderes del país, proclamando el fin del individualismo libertario que arruina el alma de los depravados occidentales. Es la "línea del partido" hoy, confiada a la Iglesia Ortodoxa y a los representantes de las religiones "patrióticas", especialmente el Islam. La describen en tono solemne los patriarcas, metropolitanos, arzobispos y muftíes tártaros y chechenos, tal como sucedía  en la época de Brezhnev, cuando se recomendaba a los representantes del clero actuar de esta manera para unir a la población más anciana y atrasada.

El patriarca Kirill se parece cada vez más al ideólogo soviético Mijail Suslov, en una versión menor. Al igual que el ministro de Asuntos Exteriores Lavrov, intenta imitar al legendario "mister niet" Andrej Gromyko, pero con un triste efecto de parodia. Alrededor del dictador, cada vez más audaz y aislado, que sólo sale del búnker para sentarse en mesas inmensas y soltar locas amenazas al universo, hay una casta de jerarcas anónimos. Hay quien es más vehemente y está obnubilado por el alcohol,  pero cada uno de ellos podría convertirse en el sucesor sin que nadie se percate de ello, como ocurrió con Andropov y Chernenko en los años ochenta.

El mundo entero respalda y sostiene con justa razón a Ucrania, para defender la libertad y la autonomía de los pueblos, los principios mismos de la civilización. Pero, ¿quién puede salvar a los rusos de sí mismos y evitar la desaparición de un gran pueblo en la cárcel de su pasado?

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