Mons. Fernandes: '¿Modi es débil o no quiere condenar a quienes atacan a los cristianos?'
Una reflexión del obispo auxiliar de la arquidiócesis de Mumbai sobre el contraste cada vez más profundo entre las imágenes del primer ministro indio en las iglesias con ocasión de la Navidad y su silencio sobre los ataques contra estos mismos lugares por parte de personas ideológicamente cercanas a él. "Llamar violencia a un acto de violencia no es un acto de enemistad, es un gesto de esperanza".
Mumbai (AsiaNews) – Continúa generando debate entre los cristianos de la India el marcado contraste entre las imágenes del primer ministro Narendra Modi que – como ocurre desde hace ya algunos años– acudió a una iglesia (esta vez anglicana) con ocasión de las celebraciones navideñas, y los violentos ataques que en esos mismos días perpetraron miembros del hindutva –la galaxia fundamentalista hindú, políticamente cercana al primer ministro– contra numerosas comunidades cristianas en muchos lugares del país. Sobre este tema, AsiaNews publica una reflexión de Mons. Savio Fernandes, obispo auxiliar de Mumbai.
En los últimos años, el primer ministro Narendra Modi se ha dirigido reiteradamente a la comunidad cristiana de la India. En diversas oportunidades, sobre todo en las proximidades de la Navidad, ha visitado iglesias, ha organizado encuentros con referentes cristianos y ha reconocido públicamente la inestimable contribución de los cristianos al tejido social de la India a través de la educación, la atención de la salud y el servicio caritativo. Estos gestos, transmitidos en directo por los canales de televisión nacional y ampliamente difundidos en las redes sociales, proyectan una imagen de inclusividad y buena voluntad.
Sin embargo, resulta inquietante que estos momentos de apertura, cuidadosamente organizados, van seguidos a menudo – a veces incluso el mismo día – por noticias de ataques contra iglesias cristianas, salas de oración, conventos, escuelas y pacíficas asambleas de culto en diversas partes del país. Lo que hace más profunda la angustia no es solo la recurrencia de tales episodios, sino la aparente impunidad con la que se cometen, a menudo en presencia de las fuerzas del orden que se mantienen como observadores pasivos.
Esta preocupante contradicción ha llevado a muchos a plantearse una pregunta incómoda: ¿el primer ministro Modi es un líder débil e impotente, incapaz o reticente a ejercer control sobre los elementos que actúan dentro de su propio bando ideológico?
Según los datos recogidos por organizaciones independientes de la sociedad civil y grupos de derechos humanos, en los últimos años se ha registrado un aumento significativo de episodios de acoso, interrupción de ceremonias religiosas, vandalismo de lugares religiosos e intimidación contra el clero y los fieles. No se trata de eventos aislados o accidentales: siguen un patrón que sugiere una hostilidad ideológica más que problemas espontáneos de orden público. Las víctimas son en su inmensa mayoría miembros de una minoría no violenta, pacífica, respetuosa de la ley, orientada al servicio y amistosa, cuyas instituciones históricamente han prestado servicio a personas de todos los credos sin discriminacion.
Lo que hace la situación particularmente grave es el hecho de que muchos de los presuntos responsables de estos actos se identifican abiertamente con grupos que se nutren ideológicamente de la más amplia familia política asociada al gobierno actual. Cuando esos individuos u organizaciones desmienten públicamente, con actos de agresión, las palabras de aprecio del primer ministro hacia los cristianos, no están simplemente atacando a una comunidad minoritaria: están desafiando directamente la autoridad del propio primer ministro.
Un líder fuerte respondería a semejante desafío con claridad moral. Como mínimo, cabría esperar una condena clara e inequívoca de la violencia, sobre todo cuando se dirige contra ciudadanos de un culto pacífico. Sin embargo, lo que más llama la atención es el persistente y ensordecedor silencio del primer ministro, que corre el riesgo de sepultar todos los esfuerzos que aparentemente realiza orientados a la inclusión. No se han dado instrucciones públicas directas para contener a los elementos violentos, no se han pronunciado palabras firmes de condena por los ataques a las iglesias, ni se ha ofrecido apoyo a una comunidad temerosa que espera la protección de la máxima autoridad constitucional.
El silencio se vuelve aún más inquietante si se considera la naturaleza de algunos de estos episodios. En un caso particularmente impactante, un agresor no sólo insultó a la Virgen, venerada por los cristianos así como por personas de otras religiones, sino que también interrogó obscenamente a una mujer sobre cómo se queda embarazada, ultrajando su pudor y su dignidad. Un lenguaje de este tipo no es simplemente ofensivo, refleja una profunda degradación moral y desprecio por las mujeres y por la religión. El hecho de que semejante comportamiento no haya recibido una fuerte censura de las autoridades envía un peligroso mensaje de tácita aprobación.
Es importante dejar claro que condenar esta violencia no constituye un acto de hostilidad hacia el gobierno o el primer ministro. Por el contrario, es un llamado a la responsabilidad constitucional. La Constitución de la India garantiza la libertad de religión y el derecho a practicar el culto sin temor. Cuando estas garantías se violan sistemáticamente y el Estado guarda silencio, la credibilidad de las autoridades queda erosionada.
Al mismo tiempo, es alentador constatar que las voces de la conciencia no han faltado del todo. Debemos agradecer sinceramente a todos aquellos líderes religiosos, miembros de la sociedad civil, periodistas, ciudadanos comunes e incluso algunas figuras políticas que han condenado valientemente los ataques contra los cristianos durante el periodo navideño. Su solidaridad confirma que el alma de la India sigue viva y que el valor moral no se ha extinguido.
Los cristianos en la India no buscan privilegios; piden ser tratados como ciudadanos legítimos e iguales de este país. No pretenden un trato especial; piden justicia y una aplicación equitativa de la ley. Sus instituciones continúan educando a millones de personas, curando a los enfermos y sirviendo a los más pobres entre los pobres, a menudo en regiones donde el propio Estado tiene dificultades para llegar. Someter a una comunidad así al miedo y a la humillación no solo es injusto, es contraproducente.
Como personas de fe, los cristianos no responden con la violencia sino con la oración. Rezamos por el primer ministro Narendra Modi, que parece cada vez más atrapado entre gestos públicos de armonía y un silencio privado ante la injusticia. Rezamos por su gobierno, para que encuentre el valor de defender la verdad incluso cuando esto signifique ir contra miembros de sus propias filas. Y rezamos para que el Señor Jesucristo conceda sabiduría, fuerza y claridad moral a todos aquellos investidos de autoridad, para que puedan oponerse con firmeza a la injusticia y a la violencia injustificada infligida a las minorías.
La India merece un liderazgo que no se limite a mostrar la inclusión ante las cámaras, sino que la haga respetar concretamente en su territorio. Llamar violencia a un acto de violencia no es un acto de enemistad, es un gesto de esperanza.
*Obispo auxiliar de Mumbai
(con la colaboración de Nirmala Carvalho)
23/12/2015
20/12/2017 14:06
